La historia y el periodismo

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Por Ariel Vittor
UCSE-DAR – arielvittor@protonmail.com
Las diferencias entre los quehaceres de la historia y los del periodismo están claras. La historia sigue lo humano a lo largo del tiempo; es “la ciencia de los hombres en el tiempo”, según la definición de Marc Bloch. El periodismo, en cambio, se inclina por la actualidad, la novedad y la masividad. Pero esta separación no puede ocultar los muchos vasos comunicantes que existen entre los dos campos.

Establecer una cesura tajante entre historia y periodismo, a partir del criterio de que aquella se ocupa del pasado y éste del presente, sólo es posible a condición de pensar que no existe continuidad alguna, ni turbulenta ni pacífica, entre el ayer y el hoy. En diferentes medidas, el presente contiene, dialécticamente, el pasado. Como escribiera Marc Bloch: “¿se osará decir (…) que para la comprensión justa del mundo actual no importa más comprender la Reforma protestante o la Reforma católica, separadas de nosotros por un espacio varias veces centenario, que comprender muchos otros movimientos de ideas o de sensibilidad que ciertamente se hallan más cerca de nosotros en el tiempo pero que son más efímeros?”[1]

Los cercos artificiales no arredraron a muchos historiadores que incursionaron en el periodismo, ni tampoco a muchos periodistas que se dedicaron a la historia. Eric Hobsbawm escribió notas sobre jazz en New Statesman. Osvaldo Bayer, autor de La Patagonia rebelde, desarrolló una extensa carrera periodística en Clarín, Página 12 y otros periódicos. Edward Carr, historiador y diplomático británico, autor de ¿Qué es la historia?, fue editor asistente de The Times. Robert Darnton, autor de La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, fue cronista de policiales en The New York Times. Moses Finley, destacado historiador del llamado Mundo Antiguo, escribió en periódicos y participó en programas radiales y televisivos.

Muchos historiadores argentinos también saltaron esos cercos. Durante la década de 1950, José L. Romero escribió columnas de política internacional en La Nación. Emilio Corbiére, historiador de la masonería en Argentina, escribió para las revistas El Porteño y Noticias, antes de fundar el sitio web periodístico Argenpress. Sergio Bagú, autor de Estructura social de la colonia, trabajó en radios, tanto en Argentina como en el exterior. También Rodolfo Puiggrós y Félix Luna combinaron la historia con el periodismo.

Es que los más destacados historiadores nunca fueron, estricta y profesionalmente hablando, sólo historiadores. Más bien se trataba de eruditos que frecuentaban todo cuanto tuviera que ver con las llamadas humanidades. Me refiero a historiadores como Victor Kiernan, que tradujo poetas hindúes; o Cyril James, que dejó numerosas críticas literarias; o Edward Thompson, que escribió y militó activamente contra el armamentismo nuclear. “Hombres de letras” sería quizá una definición más apropiada para describir la figura intelectual a la que acá se alude. Su producción historiográfica se originaba en su interés por captar todo lo vivo, cualidad que Marc Bloch consideraba la que mejor distinguía al historiador.[2] Fueron los artificiales tabiques levantados por las academias universitarias los que desdibujaron el perfil de esos admirables y completos hombres de letras, olvidando que, como dijera Josep Fontana, “los grandes historiadores nunca han sido académicos de universidad”.[3]

El tendido de puentes entre la historia y el periodismo requiere, sin duda, de algún esfuerzo para abatir prejuicios y entrenar nuevas miradas. Pero hacer ese esfuerzo sigue pareciendo más fructífero que sembrar cizaña entre los dos campos. Una primera aproximación debería considerar que tanto el periodismo como la historia comparten métodos y recursos de investigación. El manejo de documentos escritos es el más evidente de ellos, pero no deberíamos olvidar a la entrevista, herramienta que la historia ha sabido utilizar para aproximarse a la comprensión de los sectores populares.

A continuación, es preciso considerar la colaboración que los medios de comunicación pueden ofrecer a la difusión de la historia. El libro es, desde luego, el medio por antonomasia para ese cometido, y poca cosa nueva puede agregarse acerca de la más noble herramienta de comunicación creada por el ser humano. Si en cambio nos concentramos en los periódicos y las revistas, conviene señalar su flexibilidad para adaptar producciones escritas. Convertir una ponencia en un artículo periodístico es menos complicado que adaptar un libro para una película. A condición de que escape de las efemérides acartonadas y se oriente, de preferencia, hacia los ensayos de divulgación, la historia puede hallar en los medios gráficos un atractivo espacio para presentar al público su siempre renovada oferta de intereses. Es lo que ha sabido hacer, por caso, el historiador Felipe Pigna desde su sección en Clarín.

La televisión exhibe para el historiador el encanto de su llegada a un público masivo, aunque como contrapartida tiene el siempre latente riesgo de la superficialidad de sus enfoques y lo acelerado de su ritmo. En los años setenta y ochenta del siglo XX la cuestión ya se debatía entre algunos historiadores europeos. Por entonces, el medievalista francés Georges Duby, argumentando que no debía desperdiciarse el alcance y la penetración social de la televisión, se convirtió en uno de los pioneros en la realización de programas televisivos que abordaban temas de historia. Más adelante, en Argentina, series televisivas como Algo habrán hecho[4] contribuyeron, en alguna medida, a la renovación del interés por la historia del país.

La vinculación de la radio con la difusión de la historia se hace evidente tan pronto se repara en que se basa en el recurso narrativo más antiguo: la voz. Con ella, y sin necesidad de decorados ni producciones costosas, es posible captar la atención, motivar el interés y causar intriga en una narración. La radio puede proporcionar entonces excelentes condiciones para la difusión de la historia. En muchas estaciones del interior argentino es habitual escuchar micros radiales dedicados a rescatar historias del pasado lugareño. Esas experiencias pueden eventualmente convertirse en modelos para abrirle a la historia nuevas puertas en la radiofonía.

Sea a través del medio que fuese, el periodismo puede proporcionar cabida a los numerosos objetos de estudio que la historia ha sabido construir. Superada la era en que estaba consagrada a cronologías de reyes y batallas, la historia se ocupa ahora de cuestiones que van desde las fiestas populares hasta los esoterismos, la tecnología, la alimentación, la vestimenta, los ritos religiosos y los jóvenes, por nombrar sólo algunos sub-campos. Como sugiriera Josep Fontana, “la historia es un pozo sin fondo donde hay de todo”.[5] Ante ello, lo mejor que la historia y el periodismo pueden hacer es cooperar para seguir hurgando en ese pozo y compartir sus hallazgos con el público masivo.

La historia, por su parte, puede tomar del periodismo su orientación hacia un público masivo, o por lo menos más amplio que el que puede acudir a un congreso especializado o dispone de entrenamiento en la lectura disciplinar. El ejercicio del periodismo obliga a la concisión, la economía de palabras, la precisión en las definiciones y la calibración constante del público destinatario. Estas prácticas pueden permitir la escritura de una historia menos acartonada y más amable para con el ciudadano de pie, que es precisamente quien más necesita empaparse de historia. Josep Fontana, a quien ya hemos citado acá, siempre consideró un gran aprendizaje el hecho de que uno de sus primeros empleos fuera el de redactor de definiciones de un diccionario, porque, según decía, eso le ayudó a depurar su prosa de tecnicismos y florituras ajenas a un público masivo.

Periodistas e historiadores comparten además la función de conservar y salvaguardar el material informativo que en el futuro se necesitará para nuevas investigaciones. Una alianza entre unos y otros se vuelve crucial para el diseño de las estrategias que permitan conservar archivos periodísticos, tanto sea en soporte digital como en papel.

El periodismo merece también que se le reconozca su condición de primer filtro en el abordaje de la realidad social. Lo que escribió Rogelio García Lupo en Mercenarios y monopolios en la Argentina, de Onganía a Lanusse es fundamental para entender los cambios en la composición de las clases dominantes argentinas durante la década de 1960. Del mismo modo, lo que escribió Horacio Verbistsky en Robo para la corona es insoslayable para una comprensión más acabada del menemismo argentino. Historiadores y periodistas ejecutan similares tareas al momento de seleccionar qué hechos y procesos sociales merecen ser investigados, y con qué fuentes conviene hacerlo.

No está de más recordar que el propósito original del periodismo fue contar historias. Como sostuvo Tomás Eloy Martínez, en una conferencia: “La gran respuesta del periodismo escrito contemporáneo al desafío de los medios audiovisuales es descubrir, donde antes había sólo un hecho, al ser humano que está detrás de ese hecho, a la persona de carne y hueso afectada por los vientos de la realidad. (…) Las noticias mejor contadas son aquellas que revelan, a través de la experiencia de una sola persona, todo lo que hace falta saber (…) El periodismo nació para contar historias, y parte de ese impulso inicial que era su razón de ser y su fundamento se ha perdido ahora”.[6]

Escribir historia se ha vuelto más necesario a medida que las redes sociales y los sistemas de mensajerías digitales han sembrado el mundo de fake news, una expresión que se ha popularizado para referirse a lo que siempre se conoció como patrañas o bulos. El filósofo italiano Umberto Eco no dudó en afirmar que las redes sociales confirieron el derecho de difundir sus opiniones a “legiones de idiotas”.[7] Además, las redes sociales digitales atestadas de frases y selfies superfluas construyen menos sociabilidad que muchas historias humanas cuyas honduras no captan aquellas frases e imágenes.

La difusión de la historia se ha tornado más difícil conforme los seres humanos hemos ido perdiendo la capacidad de atención que requiere sumergirnos en nuestro pasado. La vertiginosa y abrumadora circulación de informaciones superficiales que distingue a la cultura audiovisual atenta contra la narración histórica. En una cultura que privilegia la velocidad por sobre la reflexión, y en donde los medios están acicateados por una desaforada búsqueda del rating, los formatos comunicacionales más perecederos y de consumo menos esforzado parecen llevar la delantera. Ante semejante panorama, sería saludable que el periodismo intentara salirse del vértigo informativo y se dedicara a investigar procesos sociales desde una temporalidad más amplia que la que delimitan los sucesos de la última hora. Los historiadores, por su parte, pueden colaborar aportando inteligibilidad a los asuntos de actualidad. Al respecto, vale citar nuevamente a Bloch: “considerando algunos historiadores que los hechos más cercanos a nosotros son por ello mismo rebeldes a todo estudio sereno, sólo desean evitar a la casta Clío contactos demasiado ardientes”.[8]

En cualquier caso, escribir tanto historia como periodismo exige siempre alguna clase de compromiso político de parte de quien escribe. Sólo así puede construirse una mirada de simpatía hacia quienes fueron las víctimas de los procesos históricos y de escepticismo hacia la visión de los vencedores, tal como la que reclamaba Barrington Moore[9].

Referencias

[1] Bloch, Marc: Introducción a la historia. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 36.

[2] Bloch, Marc: Op. cit., p. 38.

[3] Arrascaeta, Liliana de: “Entrevista con Josep Fontana”. En Todo es historia, núm. 377, Buenos Aires, 1998.

[4] Eyeworks Cuatro Cabezas, Argentina, 2005-2008.

[5] Arroyo, Francesc: “El historiador debe ayudar a la gente a pensar”, entrevista a Josep Fontana. En revista digital Mientras tanto, núm. 152, España, diciembre de 2016.

[6] Martínez, Tomás: “Periodismo y narración”, conferencia ante la Sociedad Interamericana de Prensa, México, 1997.

[7] S/a.: “Umberto Eco arremete contra las redes sociales porque dan voz a `una legión de idiotas´”. En ABC, España, 17 de junio de 2015.

[8] Bloch, Marc: Op. cit., p. 33.

[9] Belissa, Marc: “Entretien avec l’historien américain Marcus Rediker, à propos de son ouvrage, The Slave Ship: A Human History”. En Société des études Robespierristes, en línea, 14 de diciembre de 2011. Trad. de Ariel Vittor.