Olga Tokarczuk, huésped de Cervantes

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Por Lucas Cosci
UCSE- Editor Revista Trazos Universitarios – lucosci@yahoo.com.ar
La literatura polaca ha dejado su marca en los lectores argentinos, sobre todo por los veintitrés años de permanencia de Witold Gombrowicz como un exiliado perdido entre nosotros. Sin embargo, los nombres más representativos de esta tradición no son tan conocidos en nuestra lengua, como sí lo son representantes de las literaturas francesa, inglesa, alemana y obviamente española, entre otras. Bruno Schulz, Czesław Miłosz, Wisława Szymborska, son nombres que no tienen la suerte de Gombrowicz, devenido argentino a fuerza de provocación. Tradición de lengua inhóspita, fugitiva, poco amigable con nuestras raíces latinas, la literatura polaca se nos presenta como una travesía hermética, ruptural, reflexiva, conceptuosa. Es justo decir que se trata de una tradición literaria demasiado intensa para un idioma hablado por una porción tan reducida del mundo.

El 10 de octubre cuando me enteré que habían entregado el premio Nobel de literatura a una escritora polaca, cuyo nombre era Olga Tokarczuk, mi primera reacción –como la de muchos lectores en español– fue averiguar quién era y en mérito a qué obra le otorgaban el galardón. Admito no haberla conocido antes, ni por sus libros ni por referencias indirectas. Nunca tuve noticias, a pesar de frecuentar la pasión de alguna literatura polaca, en especial del siglo XX. Fui a las librerías. Busqué sus libros. Sorpresa: la premio nobel de literatura no figuraba en las listas. Las librerías argentinas no tienen libros de Olga Tokarczuk. Las librerías argentinas no tienen en sus estanterías ninguna tapa de la premio Nobel polaca. ¿Un Nobel que no se encuentra en librerías? Raro. Un Nobel dividido, distante, nórdico, intocable, del que nadie o casi nadie puede jactarse de haber leído, al menos en el vecindario de esta lengua. Tanto es así que en las últimas horas empezarían a aparecer como confesión de experiencia algunos artículos en periódicos que relatan las perplejidades de algún “yo la leí”, hazaña de unos pocos elegidos que se separan de la manada. No he tenido ese privilegio.

Me pregunto, ¿Quién es Olga Tokarczuk para los lectores en español?

Algunos datos.

Olga Tokarczuk ha publicado tan solo dos novelas en nuestro idioma: “Sobre los huesos de los muertos”, traducida al español por Abel Murcia  y “Un lugar llamado antaño”, en versión de Ester Rabasco Macías.

Hay una tercera novela, “Los errantes”, que se publicaría en estos días, en cuestión de horas quizás, para poner algo de suspenso en estas líneas. Por Anagrama, con traducción de Agata Orzeszek Sujak

Olga Tokarczuk tiene publicados dieciocho libros en su lengua natal. Pero no tiene hasta ahora residencia fija en el idioma de Cervantes. Los lectores en lengua española estamos aún lejos de conocer su obra.

Es psicóloga. Es militante ecologista. Ha recibido premios importantes como el Man Booker International Award 2018, entre otros. Pero no tiene hasta hoy hospedaje en el idioma de Cervantes.

Olga Tokarczuk, además, es el sexto Premio Nobel que se entrega a escritores de lengua polaca.

También hay que decir que el galardón le corresponde por el año 2018, que había quedado pendiente por una situación escandalosa de carácter extraliterario, que es preferible no recordar. El 2019 se le entregó al escritor austriaco Peter Handke, de quien por ahora no voy a hablar.

Es suficiente. Sus libros prometen una travesía cuando menos desconcertante.

Si la traducción, como quiere Ricoeur, resulta hospitalidad lingüística, los lectores en español, habremos de ser entonces hospitalarios. Invitarla. Hacerle sitio en nuestras voces. Alojarla en nuestros sueños. Que los traductores afilen el lápiz. Nuestras palabras se abren a su voz.

Una traducción es un hospedaje para extranjeros que encuentran calor de hogar en una lengua desconocida. La escritora Nobel ha tenido un recorrido muy acotado en nuestra lengua, con solo dos o tres posadas eventuales. La importancia de este galardón está dada, entre otras cosas, en que el interés editorial podrá llevar a la apertura de nuevos hospedajes en idiomas lejanos, entre ellos, la lengua de Cervantes.

Hay en el mundo aproximadamente quinientos ochenta millones de potenciales lectores de habla hispana que, solícitos y hospitalarios, darán albergue a sus mitos y obsesiones, a sus búsquedas e incertidumbres.

Como Gombrowicz, Olga Tokarczuk podrá entonces aventurarse en unas “peregrinaciones argentinas”. Vagar por España, por México, incluso por Santiago del Estero, tierra en la que resuena el eco de aquel año 1958, cuando el autor de Ferdydurke frecuentaba las calles y ponientes santiagueños.

Digo entonces, estaría bueno que Olga Tokarczuk prepare su equipaje. En la casa de Cervantes la estamos esperando.