Las voces de Gerónima

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Por Susana Alonso
UNSE-UCSE – susyrita@yahoo.com.ar
En el libro Cultura y región (1991) se narra el esfuerzo desplegado en las III Jornadas Culturales del Valle Calchaquí que se efectúan con para contribuir a un desarrollo integral e integrado del Valle.  Las que se realizaron en el año 1983, y que se publicaron en el boletín de las III Jornadas contaron con la presencia de Artesanos del Valle Calchaquí, miembros del  Centro de Estudios Regionales, y concurrentes a la Peña cultural El Cardón[1].

La pregunta que incita al grupo de estudiosos e investigadores es ¿Por qué estamos aquí? Es notable ver como la búsqueda de cada uno se une o se pliega a la búsqueda de los otros. Por ese entonces las Jornadas de los Valles Calchaquí había  alcanzado ya la 4º manifestación. Confiesa el autor que se siente interpelado por los vallistos, los que sin proponérselo le hablan desde su “ahí-no más-estar”, desde su interioridad, la mayoría ausente, desde sus silencios apenas se animaban a intervenir en las deliberaciones de las Jornadas.

En esta ocasión se escuchó el relato de es  Gerónima Sequeira, reconocida cantora calchaquí, se  representa a sí misma como criada en los cerros, en los cerros muy altos, partes muy frescas y muy sanas, sin temblores. En cuanto a su identidad étnica, dice que su madre era india de Tafí y su padre era belenisto, dice que cuando le pregunta que raza es ella no lo puede decir, ni explicar. Es interesante ver como la voz de Jerónima nos invita a repensar el lugar de la subalternidad a la luz de nuestro tiempo.

Su madre se había criado entre cerros  con su abuelo que era muy malo y “hacia trabajar negramente a las hijas mujeres”. Esto refleja la dominación del padre. Por ello cuando eran chicas apenas sabían de la mamita porque se pasaba todo el día en el campo, y ella con sus hermanas encerradas en una cocinita de barro, solas. Por eso, dice con pesar, ella y sus hermanas  no han podido ir a la escuela. La madre de Gerónima también cantaba siempre muy lindo (las mismas coplas que cantaba ella). Allá en el cerro se canta para tranquilizar las soledades, para despedir las penas. Pero cantar ahí es para ella un desperdicio porque son lugares alejados de la gente que puede escuchar su canto.

A los once años ella sola quiere ir al cerro para ser bautizada e ir a la escuela. ¡Porque no conocía nada de nada!” He visto venir u auto y yo he dicho que es esto, para cuchi es muy grande, con tal que el cuchi me ha atropellao y todo, todavía tengo la marca aquí· (Risco Fernández, 1991: 239) Vive en la casa de mi dicho-padre (viejo, borracho y peleador). Un día nomas he estado en la escuela porque enseguida su papa el apuñalado a una mujer y al comisario y a ella le ha dado tanto miedo que enseguida he vuelto al cerro con mi madre. “Me he vuelto enseguida al cerro, mi madre” (Risco Fernández, 1991: 239). Así ha pasado hasta la edad de veinte años.

Gerónima dice haber vivido con su madre, sus hermanas y luego con Don Antonio  Marcial. Ya a los 12 la vida ha sido diferente. Empezó a cuidar la hacienda de don Marcial, y a los trece ya convive como mujer con él. “Yo he sido muchacha de él para cuidarle la hacienda  y la casa, pa`lavandera, pa´cocinera, y él es el padre (o el dicho- tata como se dice) como se dice de mis hijos (Risco Fernández, 1991: 239). El cantaba y tocaba la guitarra porque había conseguido el método y sabía leer. Como era varón nunca le ha faltado plata en el bolsillo. Él había negado  la paternidad a sus dos hijos, y la tenía trabajando desde los tres años. Ella los veía siempre tristes y llorositos. En la casa de Don Marcial Gerónima se sintió abusada y también despreciada por la hermana de Marcial, que no admitía la relación con  su hermano, puesto que para ella su hermano había de tener vida con una mujer más instruida es decir una maestra. Pensamos que por esta causa Gerónima siente sobre sí el peso de ser analfabeta y eso la ubica en el lugar de la muda resignación.

Entonces, huye, se va al Norte a trabajar en el Ingenio La Esperanza. No me ha cuadrado más estar con él y le he dado el changuito más chico a mi mamá en el rancho y con el más grande me he ido a trabajar al Ingenio La Esperanza (.Risco Fernández, 1991:240)La experiencia de explotación y alienación en el ingenio mina para siempre la salud de Gerónima. Ella lo sabe y lo enfatiza con dolor y sabiduría cuando dice que  allí en La esperanza  son unos “chupa pulmones” que la han  enfermado hasta no servir más. Cortando caña todo el día y viviendo en condiciones de hacinamiento junto a otras familias zafreros.

Piensa que aquel que sabe leer es como si pudiera ver más por eso se va a Amacha dice cuando cuenta que  los ha puesto a los changuitos en la escuela Mientras se coloca cama adentro en la casa de Don Justo Segura, hombre bueno que le paga por su trabajo en la casa. Cuando limpia de noche ella canta y don Chicho, yerno de Segura la escucha y la lleva a  canta en el Carnaval de Jujuy. Por esos caminos Leda Valladares y León Gieco la descubren y la llevan a cantar a Buenos Aires, y este viaje ha sido lo mejor ha habido para ella en el mundo. Canta en la ruinas de Quilmes y dice que se le va la enfermedad.

La voz Gerónima Sequeira, cantora se presenta a lo largo del  relato en diferentes planos de sentido superpuestos. En el primer plano ella se reconoce a sí misma como criada en los cerros, cerros muy altos. Momento feliz, sin enfermedad, si con sacrificio y trabajo,  con su madre india de Tafí.

Luego viene el plano del sufrimiento del trabajo que hereda de su madre que había sido sometida por su padre (el abuelo de Gerónima) a trabajar duramente en las faena de los hombres. En este punto se presenta sumisa, resignada al mandato del varón, pero crítica ante la situación de su crianza. Se recuerda siempre  encerrada mientras la madre trabajaba motivo al que atribuye no haber podido tener escuela. A ello se incorpora siempre el canto. Ella manifiesta que siempre cantó en los cerros, pero que la lejanía  y el aislamiento, que advierte como una situación derivada de su condición de vallista, le impide tener “roces con gente” que pueda llevarla a la ciudad a grabar sus canciones. Usa la palabra “desperdicio” para referirse a esos lugares donde ella se crió muy lejos de la gente creemos y en este plano se asume como  una enunciadora crítica.

Otro es el plano de la Gerónima jovencita que se analiza en dos momentos:

  • Primer momento es el que va a la casa de su padre y ante el hombre violento vuelve a vivir con su madre. Vemos aquí una inherencia plena de ella con el espacio, porque ante el desencanto dice “Me he vuelto enseguida al cerro, mi madre” (Risco Fernández, 1991: 239).
  • A los doce años comienza a cuidar la hacienda de Don Antonio Marcial, y a los trece empieza a convivir con él, con quien tiene dos hijos. Sufre malos tratos y sus hijos, no reconocidos por Marcial, sufren constantemente. Hasta que no aguanta más y huye con sus dos hijos, sola y pobre se va al norte.

El plano más trágico es cuando deja a su hijo más pequeño con su mamá y se va a trabajar al Ingenio La Esperanza. Allí en su discurso se torna nuevamente  en enunciadora crítica y cuenta que estuvo solo seis meses pero que la explotación en el trabajo la dejan enferma para toda su vida. Expresa que la gente del ingenio era “chupapulmones”, que los hacían trabajar cortando caña todo el día y a la noche también si había “luna linda” y aún más los sometían a condiciones de hacinamiento forzado.[2] Todo esto que es la vida en el ingenio dicho por ella misma la ha mermao tan tempranamente.

El plano final es cuando emplea en casa de familia, y allí comienza a percibir un sueldo y puede como en un gesto operativo de ruptura con su propia fatalidad histórica poner a los changuitos en la escuela. Es aquí cuando la descubren como cantora [3]y siente que cantar puede ser un medio de vida también.

Luego vendrá su gira por Buenos Aires. Ella reconoce esta etapa de su vida como lo mejor del mundo porque la han tratado muy bien y además la han llevado (por un pedido suyo) a conocer la tumba de Evita y del General Perón. Allí resalta que Eva Perón logró la dignificación de las mujeres, colectivo en el que se siente incluida plenamente. Baste observar que gracias a Evita ella se enrola, y dice que a partir de esto los hombres han dejado de ser tan malos.

En suma Gerónima es en parte sumisa al sistema en el que desde muy niña estuvo inserta, pero creemos que este dolor y por momentos resignación han producido en ella el lugar de una enunciadora que lee su pasado y su  presente de una forma  profundamente crítica. Y siente que ser cantora ha sido un efecto de liberación. Gerónima dice que su madre era india de Tafí y por ese motivo cuando Leda Valladares y León Gieco[4] la llevan a cantar en las ruinas de Quilmes se acordaba bien del cerro y de su mama, recordando que allá han vivido los indios abuelos. El recuerdo de su identidad calchaquí la cura le hace prodigiosamente salir el canto clarito.

Gaspar Risco Fernández hablará de la permanente franja ecológica-cultural[5] que surge en el discurso de Gerónima. Se produce un intercambio de bienes, y actitudes que facilita la inversión temporal de un orden de carencias en el contexto de referencia. Para el él a la luz de la identidad diaguita calchaquí, los relatos de Gerónima Sequeira cobran lucidez, intensidad y coherencia, “y se torna para nosotros, transparente interpelación liberadora.”(Risco Fernández, 1991: 248)

La voluntad de Gerónima de escuela y bautizo, hace que ella vea en el que  usa el universo de la lectura y la escritura la posibilidad de incorporarse al mundo de esos otros que no tuvo por qué serle negado. El bautismo, ser bautizada  significaba para ella poseer derechos, dignidades y obligaciones. Será su una fuente de trabajo digno que le permite superar el complejo de analfabeta que arrastra su propia desvalorización desde que la comparan con la figura femenina de maestra. Es en la dualidad desmenuzamiento-fortalecimiento de sus experiencias en  se ha tramado identitariamente la vida de Gerónima. Y la sabiduría de su canto es un acto deliberado de resistencia.


Bibliografía y referencias

García Canclini, Néstor (1997)  Ideología, cultura y poder .Buenos Aires -UBA

Kaliman, Ricardo j. (2001) Sociología y cultura. Propuestas conceptuales para el estudio del discurso y la reproducción cultural. Proyecto del CIUNT: “Identidad y Reproducción cultural en los Andes Centromeridionales” IPHA (Instituto de Historia y Pensamiento Argentinos). Facultad de filosofía y Letras UNT.

Kaliman, Ricardo J. (2004): Las artes olvidadas, capítulo I de  Alhajita es tu canto. El capital simbólico de Atahualpa Yupanqui. Córdoba. Comunicación-Arte.

Kaliman, Ricardo J. (compilador) (2013) Sociología de las identidades. Conceptos para el estudio de la reproducción y la transformación cultural. Argentina: Eduvim.

Kusch, Rodolfo (1978) Esbozo de antropología filosófica americana. Buenos Aires. Castañeda.

Orquera, Fabiola, (2006) Gerónima Sequieda: intervención en el imaginario de lo “argentino” desde el canto de la tierra, en Cuerpo(s) de mujer. Representación simbólica y crítica cultural .Córdoba Ferreira

Risco Fernández, Gaspar (1991) Cultura y región. Tucumán. Centro de Estudios Regionales.

Spivak, Gayatri (1998) ¿Puede hablar el subalterno? Traducción de José Amícola Universidad Nacional de La Plata  Memoria Académica.

[1] El Cardón, tradicional peña y espacio cultural de Tucumán, es parte del patrimonio de los tucumanos. Se trata de una casona construida hacia mediados del siglo XVIII por don Francisco Javier de Ávila y Godoy, quién se casa en 1809 con doña Ceferina Aráoz, prima del General Gregorio Aráoz de Lamadrid.
La casa de “Los Ávila” era la más lujosa del Tucumán de comienzos del siglo XIX, centro obligado de las principales reuniones sociales. Por razones circunstanciales, no tuvo la “gloria” de ser elegida sede del Congreso de 1816. La casa fue adquirida por la Peña Cultural “El Cardón” a la señora Polo Elena Roughs de Barba glía en el año 1972.

[2] Vivian muchas familias en un solo rancho, con un grifo que usaban treinta personas.

[3] Considera que  los otros han empezado a valorizar su canto.

[4] León Gieco junto a Leda Valladares grabaron en el cementerio de Maimará, en las ruinas de los indios Quilmes y en el anfiteatro del Cadillal en Tucumán. Leda recopiló un montón de bagualas, algunas de más de 400 años de antigüedad que han ido pasando de generación a generación. También, en una casa de adobe de Amaicha, grabó a la gran bagualera del norte argentino Gerónima Sequeida.

[5] La figura de verticalidad ecológico-cultural es válida, sobre todo, en nuestra zona de los Valles de Yocavil.