Ciencias realmente humanas

328
Por Roberto Rabello
Asociación Argentina de Profesionales del Coaching – foroambientalsgo@gmail.com

“La más bella y profunda emoción que nos es dado sentir es la sensación de lo místico. Ella es la que genera toda verdadera ciencia. El hombre que desconoce esa emoción, que es incapaz de maravillarse y sentir el encanto y el asombro, está prácticamente muerto. Saber que aquello que para nosotros es impenetrable realmente existe, que se manifiesta como la más alta sabiduría y la más radiante belleza, sobre la cual nuestras embotadas facultades sólo pueden comprender en sus formas más primitivas. Ese conocimiento, esa sensación, es la verdadera religión”.  Albert Einstein 
Hoy en alguna escuela primaria una maestra se está sintiendo acorralada por cuestionamientos que no parecen tener salida; las explicaciones de los libros que estudia y el gabinete psicopedagógico que la asesora jamás podrían prever los infinitos rumbos posibles de unas mentes infantiles descubriendo el universo.
Ante esta situación que se repite, los trabajadores de la comunicación tenemos dos caminos; uno es concluir en que se nos acabó la ciencia; el otro, revisar la noción de ciencia. 
Las discusiones acerca del desarrollo científico en el campo humano se han ido complicando tanto que terminaron construyendo una verdadera torre de Babel; ya nadie entiende el debate que intenta poner un rumbo a la investigación. La consecuencia de esta maraña dialéctica es que el aparente progreso científico termina poniendo en serio riesgo al planeta entero. Necesitamos un pensamiento unificado desde las ciencias sociales que oriente a todas las ciencias puras y aplicadas en el propósito del bien común. 
Pero aun circunscribiéndose al campo humano, la investigación tiende a construir pisos desconectados entre sí. Los distintos enfoques de la filosofía, psicología, sociología, etc. ya no están interconectando el fluir de distintas ideas sino separando competitivamente formas de pensar en esquemas que tienden a estancarse. Cada uno se sustenta en una serie limitada de razonamientos acerca del mismo material de estudio, que es cualquiera de nosotros. Luego, cuando un educador o un terapeuta se encuentran frente a una persona, la percibe ineludiblemente a través de la lente de la teoría que domina. Esta visión sesgada, paradójicamente, se contrapone a la premisa fundamental del método científico: razonar sobre el hecho real; no pretender ajustar la realidad a razonamientos previos. 
Incluso la observación directa necesita ser cuestionada. Y esto es lo más difícil, aceptar que la certeza es una ilusión. Pese a que la física cuántica nos mostró el engaño de creer que hay una realidad objetiva -independiente del observador- nos cuesta salir de la propuesta de Aristóteles; seguimos imaginando que existe una verdad absoluta, accesible a través del razonamiento (creencia reforzada por 2.500 años de arraigo en nuestra cultura). 
El sentir es el gran ausente de la tradición conceptual que nos definió como seres racionales. Quizás si Descartes hubiera postulado “siento, luego existo”, nos habría encaminado a una mejor comprensión de la correspondencia entre emoción y razón. 
En el ámbito pedagógico es donde la necesidad de un giro se hace más evidente. Hoy la educación de niños y adolescentes presenta aparentes dilemas: mientras la sociedad pide que en las aulas se traten grandes temas como la vida, la muerte o la sexualidad, la mayoría de los docentes no se sienten preparados para la tarea; reconocen que no saben cómo hacerlo. Y no lo estarán mientras creamos que estos son temas que se pueden estudiar de un libro. 
Resulta duro reconocerlo, pero el Estado está ordenando conversar en clase sobre cosas que la mayoría de los adultos no se anima a mencionar sin incomodarse hasta titubear, bajar la mirada -incluso bloquearse- o trivializar la cuestión. 
Tratemos de pararnos por un momento en el lugar de esa maestra frente a dos docenas de personas pequeñas -algunas con más ganas de aprender; otras, de hacer travesuras- que de repente se exaltan con un tema, se miran con mezcla de picardía e ingenuidad y preguntan torpemente acerca de cuestiones muy íntimas. 
No hay materia que enseñe a sortear el escollo. El desafío de tratar sobre lo que realmente nos importa (y especialmente cuando nos involucra o nos pasa) es enorme porque allí la disertación resulta inoperante. 
Afortunadamente, hay una posibilidad enriquecedora, y es la de convertir “el escollo” en materia de aprendizaje. El secreto es que el maestro logre una magistral humildad, reconociendo su total ignorancia acerca de lo que cada aprendiz verdaderamente necesita comprender, para desarrollar una vocación que ya no es la de enseñar (poner una enseña en la cabeza de otro ser) sino la de aprender a aprender juntos. 
Si la preparación docente es para hablar a la clase, no sirve. Se necesita preparación para conversar con la clase. Entonces, es hora de sustituir cursos de oratoria por prácticas de conversación ontológica, psicodrama y otras formas de entrenamiento interactivo que coloquen el acento más en la escucha reflexiva que en el habla. 
Elevar la capacidad de diálogo en todos los niveles del ámbito educativo es el desafío. Si se toma como premisa enriquecer el arte y la ciencia de la conversación, el aprendizaje será mucho más que un aumento de contenidos; lo que aumentará será la capacidad fáctica de compartirlos con sabiduría y felicidad.