Por Ernesto Picco

La obra de Omar Acha, condensada en una decena de libros publicados desde 2000 a la fecha, revive un interrogante clave para la historiografía contemporánea: ¿podemos interpretar la historia mediante las fuentes y las evidencias empíricas sin conocer la dimensión inconsciente de la identidad de los sujetos sociales históricos? Él no se conformará con decirnos que hay allí un límite para la historiografía, en el cual las categorías analíticas del psicoanálisis serán clave para desentrañar las causas profundas de los procesos históricos, sino que además las pondrá en juego para pensar cuestiones fundamentales del pasado y el presente argentino.

Algunos de sus últimos libros son “Los muchachos peronistas” (Planeta, 2011), “Inconsciente e historia después de Freud” (Prometeo, 2010) y “La nueva generación intelectual” (Herramienta, 2008). Acha concedió una entrevista a la Revista Trazos vía Skype desde San Diego, California, para compartir algunas de sus reflexiones más iluminadoras en torno a temas de nuestra historia reciente, como la construcción de la identidad política de la juventud en los 50, los 70 y los 2000, y la recuperación del debate por las ideas en la Argentina que – dirá – se había apagado entre 1983 y 2001, y hoy parece haber cobrado vuelo nuevamente.

¿Cuáles son los puntos posibles de contacto entre la historia y el psicoanálisis?

 Creo que el punto de pasaje entre historia y psicoanálisis se vincula básicamente con la noción de lo inconsciente y la producción de síntomas, que nosotros podemos observar, que podemos conocer a través de sus manifestaciones, pero cuyas causas siempre nos van a parecer demasiado lejanas, incluso imperceptibles a la simple observación o a la investigación empírica. Y ahí hay un problema epistemológico porque la historia, la historiografía, trabaja básicamente con fuentes, con evidencias de acontecimientos, de procesos, de hechos. Y lo que acontece entonces con el síntoma es que nosotros tenemos las manifestaciones de lo que son los resultados de un conflicto, emocional o psíquico, pero no podemos observar cuáles son sus causas profundas. Ahí tenemos un ámbito de la investigación que la historiografía no puede investigar, no puede pensar, no puede demostrar científicamente, pero que sin embargo tiene una eficacia en los acontecimientos históricos.

Te doy un ejemplo de esto. En el análisis de la formación de una identidad política puede haber muchas dimensiones de la lógica de lo inconsciente, que nosotros podemos analizar a partir de cuáles son sus dimensiones manifiestas. Cómo aparece en el discurso histórico, como surge en la práctica misma. ¿Pero cuáles son aquellas tramitaciones inconscientes que están detrás de esos acontecimientos? Eso es algo que no podemos analizar fácticamente, pero que sin embargo son fundamentales a mi juicio para cualquier tipo de edificación de la subjetividad política. Toda subjetividad política, y de otro tipo, tiene una dimensión inconsciente, donde circulan deseos, pulsiones. Sin embargo, para la historiografía estamos condenados a analizarlo a partir de sus dimensiones manifiestas. Entonces no queda todavía en la bruma lo esencial de la construcción de lo político.

¿Y cómo juega desde este enfoque la tensión entre lo individual y lo colectivo?

Bueno, justamente una diferencia del enfoque que Freud nos viene a proponer respecto de la psicología, que trabaja a partir de conceptos como “yo”, como “personalidad”, es que lo inconsciente es por definición una dimensión social e histórica. Es decir que tiene una dimensión mucho más extensa que el recorrido individual. Por eso como Freud intenta dar cuenta de las dimensiones colectivas de la construcción social, en textos como “Tótem y tabú”, o “Psicología de las masas y análisis del Yo”, o “Moisés y la religión monoteísta”, es que se lanza a tratar de dar cuenta de fenómenos colectivos de masa, que recorren todo el conjunto de la historia humana. Entonces, por ejemplo, vuelve para entender a la neurosis, a los orígenes de la cultura, y se remonta a hipótesis darwinianas, e intenta recorrer historias de la formación de las religiones. Lo que Freud está de decir es que aquello que se nos aparece como una aventura específicamente singular, irrepetible, intransferible, que es la individual, en realidad pertenece a una trama, que incluye a la especie humana y al conjunto de los colectivos sociales. El psicoanálisis está especialmente munido para poder introducirse en preguntas que vayan más allá de lo individual y que lanzan las problemáticas de lo colectivo a la historia.

Hace un momento hablabas acerca de la construcción de identidad política y eso me permite llevarte a tu último trabajo que, es “Los muchachos peronistas”. Ese trabajo tiene un punto de partida provocativo, que es la puesta en cuestión acerca de los verdaderos orígenes de la Juventud Peronista.

Sí, a mí lo que me llamó la atención es que investigando sobre otros temas respecto del primer peronismo, que va de 1945 a 1955, encontraba en las fuentes referencias desperdigadas a organizaciones llamadas Juventud Peronista, y al mismo tiempo conocía lo que era hasta ese momento la historia tradicional y la narrativa de la Juventud Peronista, que comenzaba básicamente hacia 1957. Allí nacía un grupo de algunos jóvenes activistas, que se reunían en algunas esquinas, sobre todo de la ciudad de Buenos Aires, para reivindicar a Perón y luchar contra lo que ellos llamaban los comandos civiles antiperonistas. Entonces la épica de la Juventud Peronista comenzaba ahí, a finales de los cincuenta su recorrido que llegaba hasta los años setenta. Pero allí había una divergencia.¿Qué era aquella Juventud Peronista que aparecía en otras fuentes? Entonces comencé ahí a hacer un trabajo más detallado de rastreo de la Juventud Peronista, y me encontré, también para mi sorpresa, que desde el inicio mismo del peronismo habían surgido agrupaciones que se denominaban Juventud Peronista, y que hacia el año 1952, en que el Partido Peronista había emprendido su organización a nivel nacional, la Juventud Peronista era la organización dentro del movimiento peronista que tenía mayor dinamismo, y que estaba empezando a ser visto como una posible cuarta rama. El peronismo tenía tres ramas, los dos partidos peronistas, el masculino y el femenino, y el movimiento obrero que era la CGT. Y ya en el 55 comenzaba a ser vista la emergencia de una cuarta rama.

Al respecto, la pregunta era ¿por qué se había olvidado ese tema? Sobre todo porque, después de haber hecho todo trabajo mucho más detallado, uno encontraba que hubo un proceso de trasmisión de saberes y de prácticas entre esta primera Juventud Peronista de los 50 y de la que va a ser la Juventud Peronista clásica, mítica después del 57. Hubo contactos, hubo trasmisión por ejemplo de discursos nacionalistas, de maneras de organizarse. Y sin embargo se produjo ahí un proceso de olvido. Un poco vinculado a esta lógica que señalaba el ensayista francés Ernest Renan, que en el siglo XIX decía que para construir una nacionalidad, un pueblo debe recordar, pero también debe olvidar. Debe olvidar aquello que le impide ser, que le impide devenir una identidad. Y en este caso ocurría algo similar. Olvidar a la primera Juventud Peronista era fundamental para la segunda Juventud Peronista. Esto para reivindicar su originalidad, su novedad absoluta, y la promesa de que esa Juventud sí iba a ser leal a Perón, e iba a lograr que retornara al país. Y este punto es donde creo que quizás también la problemática psicoanalítica tiene una relevancia. Porque muestra de qué modo los sujetos son construidos en dinámicas colectivas donde son objetos esos sujetos de estas construcciones.

El tema de la construcción de organizaciones políticas de la juventud es muy actual, y hoy parece ser central para los partidos políticos, que nos muestran expresiones tan diversas como La Cámpora, la Solano Lima, o ahora con la Juan Domingo y hasta la Néstor Kirchner. ¿Qué lectura te permite hacer del presente las indagaciones que has podido hacer respecto de la construcción de las organizaciones y las identidades políticas de la juventud?

Creo que hay algo muy significativo con la problemática de la juventud, en la medida en que plantea una dificultad o una apertura esencial que es la de la continuidad: la de la reproducción a lo largo de las generaciones. Es la perspectiva de que un proyecto político no va a concluir con la generación que tiene el comando del proyecto, sino que va a perdurar, que se va a extender, y que por lo tanto tiene una proyección hegemónica en el largo plazo. Pero al mismo tiempo, le plantea el mismo problema que había atorado a Perón en los años 70, que es la trasmisión generacional del poder. Cuando uno constituye una juventud política, lo que esa juventud reclama, justamente porque es política, es poder. Entonces comienza a terciar el tablero estratégico de cualquier partido o movimiento y ahí produce afecciones.

Uno puede ver por ejemplo, que buena parte de los problemas que hoy tiene la organización La Cámpora – y me refiero a ella como me podría referir también a cualquier otro sector juvenil de un  partido o movimiento – es que está reclamando poder como organización. Y eso causa dificultades. Por ejemplo dentro del propio movimiento peronista hoy hay una tensión del movimiento obrero, que también pide su cuota de poder. Esto es parecido a lo que pasaba en los 70. Uno puede decir que el enfrentamiento entre la derecha y la izquierda peronista, que era básicamente la juventud, también se vincula con eso.

Construir una juventud política es la perspectiva de construir una proyección a mediano plazo, pero al mismo tiempo es un problema y una dificultad, porque introduce este problema de una puja por el poder, que es característico de una organización política.

Has hablado de la juventud del presente, que tiene algunas similitudes con la problemática de la juventud en los 70, pero en el medio, en los 80 y los 90 parece haber una especie de vacío. Vos planteas en uno de tus libros, “La nueva generación intelectual”, que esto se da no solo en el campo político sino también en el campo intelectual. ¿Cómo se explica este vacío o esa ausencia de la juventud en ese interregno?

Bueno hay una suerte de principio de escasez en lo político y en lo intelectual. No todos los grupos y los sectores pueden compartir equitativamente o la riqueza o el poder o lo que fuera. Ese es un principio de conflictividad esencial en cualquier dimensión de la práctica social. En el caso de la juventud creo que sucede también de esa manera. Para hablar específicamente de la Juventud Peronista: ellos siempre tuvieron un lugar marginal, y tuvo que luchar y pelear por una posición. La Juventud Peronista fue una cuarta rama solo durante dos años en la historia del peronismo, entre 1972 y 1974, que fue en el momento de eclosión de la JP, pero que Perón la expulsó, decidió que dejara de ser porque desafió su propio poder. 

Entonces uno puede ver ahí en el caso de la Juventud Peronista cuán difícil es para un sector juvenil hacerse un lugar y una legitimidad. Y eso también se refracta y tiene sus versiones en otros aspectos de la vida social. Creo que por ejemplo en el caso de la vida intelectual sucede de la misma manera. Uno tiene una especie de establishment, que son los que están legitimados en las posiciones de intelectuales, o académicos o culturales, que existen de una manera legítima, porque han construido una carrera, porque han acumulado producción… o no, depende. Pero en todo caso, están ahí. Es gente que tiene más edad, justamente porque tienen un proceso de inscripción y de legitimación mucho más extenso. ¿Qué pasa cuando vienen las nuevas camadas, los jóvenes que vienen a ocupar un lugar? Eso uno lo puede ver en el ámbito académico en los puestos, en las cátedras, que también hay una presión, que también hay un establishment que reclama su propia legitimidad. Ahí hay una tensión constitutiva. Y en el ámbito intelectual, en la puja por las ideas, esto también está presente.

También en ese mismo trabajo planteas que hasta antes de 2001 no había una tradición de lucha de ideas, o de debate intelectual más amplio y que esto recién se viene a plantear luego de la crisis. ¿Por qué no existía esa lucha antes? ¿Y qué característica tiene esa lucha de ideas ahora? ¿O qué características debería tener? Porque tus textos también tienen un carácter prescriptivo en algún punto.

Entre el 83 y el 2001 hubo una suerte de consenso democrático, por razones que uno puede entender perfectamente. Se venía de una dictadura militar sangrienta y de la crisis de los proyectos de transformación social de los años 70. Esto se daba además en el marco más general de un mundo donde parecía que las alternativas al capitalismo y a la democracia liberal devenían cada vez más inviables, porque estaba claro que el proyecto de la Unión Soviética no había logrado construir una alternativa deseable al capitalismo. Y en ese marco es que en el marco internacional y nacional se construye una suerte de consenso democrático, para articular una sociedad políticamente liberal, matizada siempre dando cuenta de las peculiaridades nacionales, y una sociedad capitalista con una cierta distribución del ingresoEse era el ideal intelectual. Y dentro de ese marco se discutía. El debate podía versar sobre cuál era el poder del peronismo ahí, o del populismo. Si había que ser más o menos populista, o republicano, etcétera. Pero el horizonte estaba marcado por esa cuestión.

Lo que acontece con el 2001 no es la emergencia de una alternativa clara ni una perspectiva que pudiese concitar otra mirada más clara, sino más bien la crisis del carácter indiscutible que tenían esos valores democráticos que habían prevalecido después del 83. Y esto lo que crea es la posibilidad de replantearse las ideas, y abre la alternativa de una nueva generación intelectual.

Lo que pasa que una nueva generación intelectual no refiere específicamente a la gente joven, sino a las nuevas ideas. Y las nuevas ideas tienen que ser creadas, tienen que serdebatidas, tienen que ser articuladas intelectualmente. Con lo cual se plantea un problema mucho más grave que el de ser joven. Porque el ser joven se resuelve, por así decirlo, a través de la sucesión de las generaciones biológicas. Pero las generaciones intelectuales son diferentes, y requieren construir nuevas ideas y nuevas perspectivas, y creo que sigue vigente.

¿Y cómo ves el panorama con respecto a esa aparición de nuevas ideas y de una nueva generación intelectual?

Está en camino. Justamente lo que el 2001 mostró o conmovió es que aquellas respuestas que aparecían inevitables en el 83, que la política se podía reducir a circular en el ámbito de la democracia liberal, y que la vida social debía ser articulada en término de las relaciones sociales capitalistas, ya no eran cuestiones autoevidentes. Entonces en 2001 y 2002 apareció el reclamo de otras formas de democracia, donde la política diera cuenta de una manera más precisa o más sensible de una participación popular, que ya no estuviese reducida a elites o grupos restringidos que se sucedían en el poder, sino que hubiese una participación popular y que la política diera cuenta de las demandas populares. Y por otro lado también se reveló que la economía capitalista no era la que daba las respuestas a una vida social más justa, más plena. Entonces se conmovieron esos dos grandes pilares de la economía y la política que eran intocables, y esto justamente es lo que impulsó nuevos pensamientos, nuevas inquietudes. Y creo que hay una fragua allí, otra manera de pensar y de sentir que a mi juicio todavía está vigente. Y creo que es una promesa que es mucho más que mera imaginación y que se puede rastrear en muchas producciones culturales, artísticas, y sociales, pero que requiere todavía nuevos pasos y nuevas expresiones.


Omar Acha en Trazos

Historiador y ensayista. Doctorado en la Universidad de Buenos Aires y en la École des Hautes Études en Sciences Sociales. Es investigador del CONICET y docente en el Departamento de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Ha publicado los libros El sexo de la historia (2000), Carta abierta a Mariano Grondona: interpretación de una crisis argentina (2003), La trama profunda (2005), La nación futura (2006), Freud y el problema de la historia (2007), La nueva generación intelectual (2008), Las huelgas bancarias, de Perón a Frondizi (2008), Historia crítica de la historiografía argentina, vol. 1, Las izquierdas en el siglo XX (2009), Los muchachos peronistas (2011). Integra los colectivos editores de las revistas Herramienta. Revista de Crítica y Debate Marxista y Nuevo Topo. Revista de Historia y Pensamiento Crítico.