Entre La belleza del mundo y el último resplandor de la hoguera. A tres años de la muerte de Héctor Tizón

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Por Lucas Cosci
Doctor en filosofía. Editor Revista Trazos. Docente-investigador UCSE/UNSE Editor de la Revista Trazos – lucosci@yahoo.com.ar

Y aspiro a permanecer aquí hasta que las sombras del atardecer

 se oscurezcan y el resplandor de la hoguera se extinga.

Hector Tizón, Yala, 2008

Tres años atrás, un treinta de julio de 2012, fallecía el escritor jujeño Héctor tizón. El resplandor de la hoguera se había extinguido al fin. ¿Tal vez un viaje, uno más de los muchos a los que un destino de exilios y regresos lo arrastrara? Quizás, pero no esta vez a la región del exilio y el regreso, sino a la otra orilla del Aqueronte.

Tizón ha escrito una obra de preeminencia narrativa, fecunda, exuberante, y a la vez de refinamiento y estilo sin precedentes. Con mas de una veintena de libros, Tizón ha escrito unas once novelas, algunos libros de cuentos y relatos, como también ensayos y memorias. Quizás sea el narrador más destacable del fin de siglo.

Quisiera recordarlo con La Belleza del Mundo, su última novela, publicada en el año 2004, y que rearticula en una nueva síntesis los problemas que emergen en los relatos precedentes. Después vendrían memorias, ese género propenso a florecer a la hora del ocaso.

Enunciación soberbia y pretenciosa, La belleza del mundo es desde el principio hasta el fin el mismo libro que Tizón ha escrito desde siempre, con distintos nombres. A un costado de los rieles, El hombre que llegó a un pueblo, Extraño y pálido fulgor, son algunos. Pero siempre el mismo. Aquel viaje, siempre. Un ir en busca de ser otro y un volver sin nunca llegar del todo. Siempre aquel Ulises que no encuentra su Itaca. Porque –como lo dice en esa hermosa autobiografía que esEl resplandor de la hoguera–  “nuestra vida tiende a localizarse. Nunca se es de todos los sitios, sino de algunos, y ese lugar que nos vio nacer es también el que nos verá desaparecer cuando el hechizo de vivir se eclipse. De él venimos y hacia él marchamos, como Ulises al cabo de sus periplos…”. La narrativa de Héctor Tizón – y acaso la de todo escritor –  no es sino un solo y mismo viaje de quien, huyendo de sí, vuelve hacia sí mismo y no se encuentra. Y esa dis-locación entre el lugar dejado y el lugar reencontrado es lo que él ha llamado “la cicatriz de Ulises”. En el prólogo a la reedición de A un costado de los rieles, su primer libro, nos dice que “en el primero de los trabajos … ,está, creo, el corazón de casi toda mi obra posterior, que trata del tiempo, del viaje, del exilio y del regreso. Mi cicatriz de Ulises”. El “viaje” es el escape de sí para borrar la escoria de una herida que no cierra. El abandono del lugar adonde habitan los símbolos que dan sentido a la existencia es una alegoría de la búsqueda de otro sentido u otro sí mismo, ya que lo que lo que el personaje quiere es ser otro. Este es un tema recurrente en la narrativa de Tizón. Sus personajes se dejan sorprender por una identidad ajena, a partir de una carta inesperada  en Extraño y pálido fulgor o a partir de una confusión fortuita en El hombre que llegó a un pueblo. Pero en todo caso el viaje se consuma como una migración desde el lugar del sí mismo hacia el lugar de El Otro. Es, acaso, sin forzar ningún sentido, la identidad narrativa de Sí mismo como otro, de Ricoeur, lo que en el texto se menciona como “la aporía de ser otro”. Y es una aporía porque se resuelve negativamente, como toda aporía. Nunca se llega de un modo definitivo e irreversible a ese lugar. Por eso la experiencia será vivida como exilio, primero, y después como regreso. Pero la Itaca de Ulises ya no será recobrada, ese lugar que no tiene sitio y desde el cual nos constituimos. El saldo del regreso es el despojo. El descubrirnos con las manos vacías.

Entonces solo queda una cicatriz, la cicatriz luego del viaje, del exilio y del regreso. Y esa es la única belleza.

La belleza del mundo es la cicatriz de Ulises.

La belleza del mundo es también la memoria de Héctor Tizón. Un escritor del interior, del Norte argentino. Alguien que, como Orestes Di Lullo, sabe que nuestra única belleza es ese regreso malogrado, después de vagar un destino de paria por el mundo.