Figuritas de un mundo escondido. Anotaciones sobre el libro “Figuritas quichuas” de Héctor Andreani

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Por Lucas Cosci
Licenciado en Filosofía. Profesor Asociado en la cátedra de Filosofía Contemporánea de la carrera de Licenciatura en Psicología, Facultad de Ciencias de la Educación

En los felices días de la infancia, allá por los cinco o seis años, me he anticipado al mundo a través de “figuritas”. El ancho mundo, ese que abría sus rumbos detrás de la puerta de mi casa, me ha sido revelado por un álbum de figuritas coleccionables  Se llamaba “El mundo en que vivimos”, año setenta y cuatro, más o menos.  El álbum presentaba ciudades lejanas y países exóticos, animales y plantas de enorme extrañeza y otras curiosidades por el estilo, que he aprendido a través de esas pequeñas “ventanas” a lo desconocido.

Hoy tengo en mis manos un álbum que me revela otro mundo, no menos desconocido, no menos maravilloso. Se trata del libro Figuritas quichuas, de Héctor Andreani.  Pequeñas ventanas, también, el mundo que nos presentan estas figuritas es el quichua, ese mundo que murmura entre silencios de barro y sueño. Un mundo escondido entre los pliegues de la vida cotidiana de cientos de miles de santiagueños que hablan y sueñan en esta lengua.

Exquisitos, frescos, fugaces  textos que relatan situaciones de habla en sujetos de condición bilingüe. Personajes que entran y salen del mundo quichua, según reglas implícitas. Rostro Jano que gira de un lado a otro, con sabia habilidad. Situaciones en que el quichua es el nudo de la trama, que se dobla y se desdobla en peripecias del hablar y el escribir.

Los textos de Andreani hacen pie en la hipótesis de Canal Feijoo, acerca de que “el uso de la lengua quichua no es arbitrario ni caprichoso; corresponde siempre a una intención o a una situación muy precisa”. Justamente las figuritas quichuas son el relato de esas situaciones en que el Santiagueño es sorprendido en la necesidad de oscilar entre lenguas, en la exigencia de hablar o escribir quichua, en la frustración de ser hablado desde el español.  Incluso más allá del propio Canal: no son solo aquellas situaciones en que se expresa ese algo que “no se puede decir” en español, sino también otras en las que el español desplaza a la quichua a los empujones, o la quichua se filtra inesperadamente entre el rugido de la voz de la conquista.

Situaciones en que las lenguas mandan.

Pero también están los dobleces en los juegos entre el habla y la escritura, las incertidumbres en torno a la fijación en un texto de un habla que no se escribe, que sus hablantes desconocen su fijación escrituraria.

Héctor Andreani ha sabido capturar en sus escuchas el fluir de una sabiduría popular que subyace entre sedimentos históricos de nuestro pueblo.  Sabiduría que –como quiere Gaspar Risco- mantiene secretas pero intensas reservas de crítica, que sabe esperar, que sabe encontrar el momento para cada gesto, para cada palabra, para cada lengua.

Figuritas. Estampas de lo más hondo de Santiago; territorio de capas superpuestas, en que la quichua está ahí, escondida y latente, pero está y se escucha cuando la ocasión la llama. Emerge en estas figuritas la vida de nuestros quichuistas, que navegan entre lenguas. La incertidumbre y el miedo, la melancolía y la vergüenza, la picardía y el fiasco, dan lugar a la aventura de ser y de estar entre mundos: la quichua y la Castilla.

Dos conceptos destacan los textos:

El primero es el que la quichua es una lengua hablada y mucho en los días que corren.  Las figuritas quichuas muestran una lengua que remueve la lápida con la que muchos la entierran en calidad de lengua del pasado. Una lengua que está viva en  hablantes invisibles. Hay que saber escucharla (el hablante quichua es un invisible).

El segundo, la quichua es un territorio de fuegos cruzados.  Por la vivacidad que la anima esa lengua es un territorio de conflictos, hegemonías y manipulaciones de poder.

También hay que destacar que estos textos proponen un ejercicio de la memoria. Memoria política de sujetos anónimos que desde lo cotidiano hacen una historia sin registros, como también memoria de hombres y mujeres, cuya relación con la quichua ha abierto caminos de reconocimiento, como el caso de Mario Tebes,  Domingo Bravo, Sixto Palavecino y otros.  No se trata de una memoria ingenua y obsecuente, tributaria del bronce, sino del ejercicio de una memoria crítica, política, instruida por la reflexión sociolingüística y el conocimiento de la historia.

Desde el punto de vista del género, se trata de textos que entrecruzan lo microficcional con lo ensayístico. Hay narrativa, porque son ante todo relatos, tienen una urdimbre, una intriga que genera tensión en el texto. Pero también hay ensayística, porque el autor toma posición, ensaya conceptos, propone interpretaciones y lecturas de una realidad  multifacética y cambiante.  Hay trabajo de campo. Hay compilación. Pero también está la reelaboración de lo compilado desde el canon de la ficción.  Hay un círculo de ida y vuelta entre el etnógrafo y el narrador, entre el compilador y el poeta, entre el narrador oral quichua y el lingüista.  Porque se da un interesante cruce de miradas que atraviesan todos los textos.  El etnógrafo compila las historias, el narrador las pone en intriga, el poeta las celebra, en un proceso interpretativo circular, que pasa por el quichuista y vuelve al intérprete, todo alrededor de una misma voz.

En lo estilístico, los textos recuperan un habla local en sus variaciones y singularidades más precisas. En su fuerza coloquial, que retoma, plena de vida,  los más genuinos modos de expresión de nuestro pueblo, en una prosa transparente. 

Finalmente, queda decir que en aquellos álbumes de figuritas que coleccionábamos de chicos, siempre estaba “la difícil”, una figurita que “no salía” o que salía pocas veces. Había que tener mucha suerte.  Una figurita cuyo valor de cambio era superior por lejos a las otras. Me cabe ahora preguntar ¿cuál es “la difícil” en este álbum?

Quizás cada lector tenga que descubrirla. Yo creo tener alguna.