La Santidad familiar en la experiencia del trabajo

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Por María Rosa Barbarán
Decana de la Facultad de Ciencias de la Educación
lolyscarano@ucse.edu.ar

Ante todo damos gracias a Dios y a la organización de este Encuentro Mundial por la invitación recibida, que es para nosotros, un regalo del cielo, seguramente inmerecido.

Deseamos humildemente representar a las familias católicas argentinas que son testimonio vivo y sacrificado del Amor de Dios en las realidades más difíciles de pobreza material. Familias amenazadas hoy por un proyecto de reforma del Código Civil, promovido desde el gobierno nacional, que en muchos de sus artículos, contradice la naturaleza y el sentido de la familia.

Quisiéramos también compartir nuestra solidaridad y preocupación por la situación de las familias de muchos países europeos a los que nos unen estrechos vínculos afectivos como España, Grecia e Italia.

Las noticias de los suicidios provocados en este último año por la crisis económica, muestran un costado terrible de los efectos económicos que golpea a muchas familias con el fantasma de la desocupación o la modificación traumática de su modelo de vida. 

Frente a ello, renovamos la certeza, que la propia historia de la Iglesia nos muestra, de que no hay nada más fuerte  que una Familia Unida en el amor de Dios que pueda atravesar este tiempo atormentado y paradójico, salvando la integridad de las personas.

La Familia como un tiempo y lugar de Dios

Pensar en esta intervención nos llevó a compartir como matrimonio un discernimiento de nuestras miradas sobre lo cotidiano, que con mucha alegría y esfuerzo, compartimos como familia con nuestros hijos, padres,  hermanos y sobrinos.

Encontramos en ese discernimiento, la gratitud  de vivir esta experiencia de Familia como un tiempo privilegiado de Dios.

Como dimensión del ser, todo tiempo es de Dios, pero el tiempo de la familia donde la vida se camina desde la gratuidad y se contempla desde la fiesta, es donde el amoroso designio de Dios se muestra más diáfano y luminoso.

Dios, que nos amó desde siempre, nos llamó a vivir la plenitud de su amor en el Sacramento del Matrimonio, para el cual nos preparó misteriosamente a través de un noviazgo en el que estuvimos mucho tiempo separados por las actividades apostólicas de cada uno, tiempo en el que Dios trabajó nuestro corazón para la entrega a la que nos invitaría en la Familia.

La celebración del Sacramento de nuestro matrimonio fue un momento cumbre de esta experiencia de Dios, cuya memoria nos sigue fortaleciendo en nuestra alianza de amor en Dios. La fidelidad de su amor renueva diariamente en nuestro hogar la esperanza para enfrentar las adversidades y los peligros de la vida diaria.

El trabajo como tiempo de Dios

Un lugar privilegiado de la Esperanza es, para nosotros, el trabajo, el cual vivimos no sólo como medio para sostener la economía familiar, sino como una oportunidad providencial que Dios nos brinda para el desarrollo pleno de nuestra vocación de servicio.

La dimensión del trabajo es también un tiempo de Dios, pero ahora desde el lugar de la proyección de los valores familiares a la Sociedad. Es el tiempo  donde se pone a prueba, se expone,  se verifica qué tan sólidos y verdaderos son los valores que cultivamos en el hogar.

Comprometer nuestras aptitudes profesionales en la vocación fundamental del servicio a través del trabajo, nos permite experimentar el Bien y practicar el Amor. El trabajo resulta entonces la oportunidad y el lugar para el encuentro y el trato con Dios.

En las prácticas cotidianas queremos mantenernos fieles al camino de Dios, levantando la mirada cada día para ver qué es lo que Dios nos pide hacer con los demás y con nosotros mismos.

Coherencia de valores Familia-Trabajo

No es fácil substraerse, en nuestro entorno,  a la escisión moral entre la vida familiar y laboral, que induce a muchas personas a circunscribir su generosidad y honestidad al entorno familiar, observando en su vida laboral una conducta  contradictoria. A veces la propia familia se convierte en la excusa para transgredir valores en el ámbito público.  Por ejemplo, obtener indebidamente beneficios económicos en nombre del bienestar de la familia. Constatamos penosamente que de este modo se mal forma la conciencia de los hijos en relación al trabajo como ámbito de la realización humana, que, en su plenitud, es la Propia  Santidad.

Aquí encontramos un primer desafío para la santidad: la coherencia entre lo que se predica en la casa y la que se vive en el trabajo. Esta coherencia, tiene a veces una consecuencia: la postergación material o laboral.

En algún caso, la otra consecuencia es el cuestionamiento de nuestros propios hijos. Este momento resulta una oportunidad privilegiada para compartir con ellos el sentido profundo de nuestro proyecto de vida y los valores espirituales que lo sostienen.

Sabemos, igualmente ,que tales  razones no convencerían a nuestros hijos,  si ellos no percibieran también, la profunda felicidad que nos produce vivir la experiencia del trabajo como un llamado de Dios para la redención de los ambientes,  como una oportunidad para el apostolado social, como un ámbito que nos perfecciona, nos realiza y desde el cual somos parte de una comunión universal de esfuerzos  empeñados en redimir el mundo, contribuyendo en lo particular al bien común de nuestra sociedad.

Testimonio de la Esperanza

Nuestro ambiente empapado de  utilitarismo no concibe  el trabajo que no produzca un beneficio material directamente proporcional al esfuerzo y resulta imposible ser totalmente ajeno a esta mentalidad marcada por los valores de la competencia sin reglas, el éxito a cualquier costo y la rentabilidad inmediata como criterio supremo.

En ese ambiente intentamos sostener opciones coherentes con el espíritu de las bienaventuranzas. Sentimos en esta lucha la presencia del Padre misericordioso  que nos asiste en cada paso. La sentimos fundamentalmente través de la palabra y de la presencia de los amigos con los que comulgamos en la fe.

Entendemos que el aporte más importante que podemos hacer en nuestros ámbitos laborales es ser portadores de esperanza para los que nos rodean, desde una serena y cordial alegría.

Más que por nuestras claridades conceptuales o nuestras opciones ejemplares, creemos que el testimonio más importante en ambientes resentidos por la competencia, derrotados por la injusticia en la valoración de las personas y hasta aplastados por la falta de horizontes, es iluminar la vida cotidiana desde la experiencia de una alegría profunda, sincera y comprometida con los hermanos que comparten diariamente la realidad del trabajo

Vivir e irradiar el espíritu de las Bienaventuranzas en nuestro trabajo es una parte fundamental de nuestra experiencia de la santidad en el trabajo.

La experiencia de “Amistad en Cristo” en el trabajo

Queremos terminar compartiendo que un elemento fundamental de la Santidad en el Trabajo, es la experiencia de la profunda amistad en Cristo que nace de compartir sentidos profundos en la tarea laboral.

La amistad en el trabajo nos enriquece como compañeros, fortaleciendo el  sentido de pertenencia y la solidaridad entre quienes compartimos un tiempo prolongado de nuestra vida, todos los días.

Así como la Gracia supone la naturaleza, el sentido trascedente del trabajo y de cada persona y su familia en el trabajo estuvo, en nuestra experiencia, cimentado en una comunidad laboral madurada en el afecto, florecida en vínculos sinceros, que permitieron a cada hombre y mujer, saberse reconocidos, aceptados y queridos.

No todos llegamos a ser amigos, no todos quieren ser nuestros amigos, pero es importante que nosotros estemos abiertos a recibirlos como tales.  Entendemos que no es posible consagrar el trabajo sin santificar primero la “comunidad del trabajo”.

Constatamos que iluminar cada una de nuestras realidades con una mirada realista y esperanzada, va generando en nuestro ambiente un clima de alegría profunda, de felicidad de reencontrarnos diariamente entre los compañeros de trabajo.

Muchos de estos compañeros son amigos entrañables que visitan nuestra casa y comparten con nuestros hijos, los tiempos de esparcimiento y fiesta. Somos testigos que la amistad en Cristo, plenifica nuestra vida,  santifica nuestro trabajo y lo orienta hacia el bien común de nuestra sociedad.

De este modo queremos seguir santificando nuestra familia, desde la experiencia socializadora y humanizadora del trabajo, que nuestros hijos pueden percibir desde nuestro testimonio personal de compromiso y felicidad en el trabajo y el de los amigos que comparten este camino.

Para ello encomendamos nuestra familia a la Virgen Madre del Redentor, pidiéndole que nos ayude a hacer de nuestra casa una escuela de silencio y escucha, donde nuestros hijos puedan aprender a gustar de la vida espiritual y  de los sentidos profundos de lo cotidiano. Nos encomendamos también a su Esposo San José, para que nos ayude a hacer de nuestro trabajo una oportunidad de servir a Dios, defendiendo la vida en peligro,  transformando la realidad según el amoroso designio de Dios, al servicio del hombre de nuestro tiempo y de las generaciones  por venir.

Gracias.