El tiempo de provincia interrogado

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Por Alberto Tasso
Sociólogo Conicet – yleret@gmail.com

Resumen

Las provincias han desempeñado un importante papel en la formación de la Argentina llamada ‘moderna’. La vinculación entre sí, y con la naciente república, se fundó en raíces históricas comunes, a las que se sumaron alianzas políticas, economías complementarias, y objetivos más o menos compartidos, según los momentos.

Tras la retórica integracionista que todo discurso más o menos imperialista suele sustentar, ha sido una relación plena de tensiones, agresiones, guerras, y acaso orgullos enfrentados. Parece haber más espinas que rosas en el extraño vínculo de Provincia y Nación, que pareciendo ser de complementación, basada en la necesidad que el todo tiene de la parte y viceversa, ha sido también una relación competitiva, en la cual el todo ha sido demasiado envolvente, a menudo soberbio, por lo menos teniendo en cuenta el discurso histórico de alguna de las partes que he escuchado.

A examinar esa tensión, a buscar algunos antecedentes históricos de estos sentimientos jurisdiccionales, tal como son vividos en nuestro país, está dedicado este texto. También a sostener que debemos avanzar hacia un nuevo pacto entre Nación y Provincia, que no pase sólo por la coparticipación y las cuentas fiscales sino también, por los derechos, el territorio, el ambiente y la cultura.

Partiendo del desafío que suponen el presente, y una fase global extendida, hace falta una mirada nueva, que analice la circunstancia y sus actores. La Nación y la Provincia pueden coincidir, y también por cierto discrepar, en su mirada hacia el futuro, hacia las cosas que parece necesario hacer.

Presento al tiempo de provincia como una dimensión tangible de la experiencia colectiva acumulada en el pasado, y propongo tenerlo en cuenta en todo análisis de futuro. Resalto entonces el potencial de la provincia y sus limitaciones en términos de la gestión del tiempo futuro; la diferencia entre ambas es una medida de la tarea que nos cabe para proseguir una tarea inconclusa: restituir a la provincia el derecho pleno a la producción de las identidades de sus sujetos colectivos.

1.

¿Qué será el tiempo de provincia? ¿Una metáfora, una nostalgia, una construcción conceptual? Quizá todo ello, y algo más, o algo menos.

En provincia uno percibe un vivir ritualizado, parsimonioso, un tanto precavido, a veces lento para la mirada del forastero. Es, por de pronto, un tiempo que transcurre en consonancia con el ritmo cíclico del mundo natural, que al mismo tiempo se expresa en la esfera de las creencias, y aún de la religiosidad.

Al proponer esta expresión como tema de este texto, quise destacar específicamente dos formas de pensar el tiempo:

a. El tiempo del vivir cotidiano

Me refiero al modo de producción de la cotidianeidad en provincia. Esto es, el tiempo y modo de hacer, hablar, esperar. El tiempo de la fiesta, el tiempo de no hacer. Ritmos de saludo y habla. Un tiempo de duración objetiva, y un tiempo íntimo y subjetivo.

b. El tiempo del vivir secular

Es el tiempo acumulado de la vivencia histórica, esa larga maduración que dio rostros, pieles, habla, sensibilidad y arte expresivo a los tipos humanos característicos de la provincia. Es historia densa y prieta entre los cerros y el monte. Es acontecimiento puesto piedra sobre piedra o fósil bajo tierra.

Pues bien, imagino a ese tiempo interrogado. ¿Interrogado por quién? El encuestador o la encuestadora, por ejemplo:

-Dígame, señor Tiempo de Provincia, ¿desde dónde y desde cuándo viene usted?

Tras los encuestadores vendrán los estudiantes de historia y sociología, monografiantes y tesísticos. Vendrán los lingüistas que exploran las palabras y sus orígenes, los arqueólogos que juntan herramientas, cacharros y cráneos. Vendrá la Cámara de Comercio, que regula el horario de atención al público según el de la siesta. Vendrá la joven etóloga experta en especies en riesgo de extinción:

-¿Cómo podemos hacer para preservar su especie unos siglos más?

Lo cierto es que un tiempo sólo puede ser interrogado por otro tiempo. Es el presente quien pregunta, y si hubiera un tiempo global (cosa de la que algunos no dudan), podría preguntarle al tiempo de provincia:

-¿Cómo lo logró? Algunos dicen que con usted vivían mejor.

Porque ahí está el problema. Ya sea visto como una promesa o una amenaza, un tiempo distinto avanza sobre el tiempo de provincia. Ya conviven, ya pugnan, ya se oponen, ya se ignoran, se mezclan, se desean, hablando al modo de Oliverio Girondo, pero aún no pueden entenderse cabalmente. Pero lo cierto es que los dos tiempos están ahí.

Este ensayo describe las cosas que me ocurrieron cuando comencé a percibir esta confrontación entre dos tiempos, uno legendario y mítico y ritual que resistía los asedios de otro. Piedra, madera, arcilla, hilado en uno; sincronizadas piezas de plástico y metal combinadas con acierto de Golem en el otro.

¿Se trataba de una batalla más entre la modernidad y el subdesarrollo, como tantas veces se me había dicho, o de un conflicto cultural entre estilos de vida y, por tanto, valores?

No quería quedarme atrapado entre los garfios de una dicotomía. Tal vez del encuentro entre estos dos tiempos estaba ya surgiendo un tercero. En cualquier caso, el problema valía la pena. ¿Cómo no intervenir en este encuentro, aún si fuese un choque? Percibía las tensiones de las fuerzas en pugna, y quería examinarlas desde el único lugar que podía: una provincia.

Ese había sido el centro de interés en muchos de mis trabajos, desde que elegí vivir entre los del norte. Desde allí había percibido donde estaban los centros de gravedad del recóndito mapa cultural de Argentina. Sabía que la Provincia valía la pena, porque sin ella no existía país. Y justo esa noche, tuve un sueño raro.

2.

Mi sueño comenzaba, como tantas novelas, en el momento de despertar. Ese día abrí los ojos, y supe que la Nación ya no existía.

Así como suena. Sí, había desaparecido, o se había desactivado, lo que llamamos el Estado Nacional, la República. Cómo había sucedido, no me lo pregunten. Los sueños son así. Es que en la actualidad, como en mi sueño, las cosas suceden muy rápidamente.

¿Hay efectivamente una aceleración del ritmo histórico (y en tal caso, cómo medirlo?) o se trata de una mera percepción del que vive en el huayramuyoj[1] de la información?

Pero de pronto la historia de Argentina pertenecía al pasado. Este era un hecho tan inquietante que no atinaba a medir las consecuencias que implicaba. Así como alguien preguntó “¿Quién se ha robado mi queso?”, yo pensé: ¿quién se ha robado mi Argentina?

Traté de razonar como Watson: “Un hecho es sólo un hecho. Dos hechos que señalan en una dirección, son una coincidencia. Pero si son tres, ya es una evidencia”. La semana anterior a mi sueño había caído el Palacio de Naipes de las finanzas y los seguros en la calle del muro. Hacía diez años, las Torres Gemelas. En 1989 el Muro de Berlín. ¿Cuándo había muerto Dios, antes de su última resurrección?

Era claro. Ahora le tocaba a la Argentina. En los sueños, las cosas más irrazonables pueden parecer lógicas. Lo cierto era que, de un momento para otro, me había quedado sin país.

3.

La situación, mientras duró el sueño, me provocó algo de zozobra, algo de nostalgia, y algo de alegría: al fin había una causa desafiante. Debíamos construir un nuevo país. Sentí con claridad en mi interior cómo la bronca, esa reacción tan humana, se convertía en pura energía animal. Nuestra bandada había sido dispersada en vuelo. Ahumado el enjambre. Un verdadero día triste que merecía un tango, y seguramente una novela. Pero en situaciones límite el ingenio se agudiza, y aparece el realismo inapelable del niño:

-Me han robado la Nación. Pero me queda la Provincia.

Aún como un barco escorado, o medio hundido, la vida y el tiempo de Provincia sobrevivían.

Ese era nuestro territorio. Y así como una vez la Argentina había nacido desde una especie que brotó en Santiago del Estero, desde aquí comenzaríamos la recuperación de Argentina.

Era una gesta digna de Tolkien. Si lograba hacer una novela… en fin. Pero el vértigo del sueño no me dejaba pensar eso, ya que en ese sueño no era escritor sino sólo un personaje de Oesterheld al que le tocó vivir en el país de la selva.

Había que actuar rápido. Y lo primero consistía en afirmar la provincianidad. Definir y defender el territorio es un sentimiento elemental que caracteriza la vida social de homínidos, mamíferos, invertebrados, coleópteros y hasta los hongos. También las especies espinosas que caracterizan a la región.

4.

Me preocupaban todos los límites. Como se sabe, Santiago del Estero es un paraíso terrenal, y por ello ha sido invadido y saqueado en numerosas oportunidades a lo largo de toda la prehistoria.

Cuando estaba disponiendo mentalmente que partiese la caballería[2] a patrullar las fronteras más riesgosas (y todas lo son en estos tiempos) me di cuenta que estaba abordando el problema de una manera algo arcaica.

¿Qué, íbamos a pelearnos con los lules y los sanavirones como lo habíamos hecho a lo largo de toda la historia, y parece que aún antes?

Aunque defenderíamos cada palmo de nuestro territorio, no lo haríamos a mera punta de armas. Teníamos palabra, memoria y ganas de vivir. La mejor flecha no superaría el filo de nuestra voluntad de amistad.

5.

Pues si teníamos que armar un nuevo país, era de todo punto conveniente no cometer los errores del pasado. Y la historia de la Argentina mostraba un país bárbaro y civilizado a un tiempo, donde la barbarie también significaba cultura y donde la civilización pudo ser bien salvaje.

Era un país de arrolladora juventud y algo soberbio, que rechazaba el pasado y pudo establecer su originalidad en la copia. Y era también un país algo hipócrita, que predicaba la fraternidad mediante brazos abiertos a todos los hombres del mundo, al mismo tiempo que marginaba o asesinaba a los argentinos de la frontera interna.

6.

No, ya no quería copias apresuradas y trasplantes de gajo (Canal Feijóo). No confiaría en lo nuevo y extraño sin antes cribarlo en lo arcaico y lo propio. Apenas escribí esto, me asusté. ¿Es que me había vuelto conservador?

7.

Si iba a elegir la Provincia como eje de una concepción simbólica del mundo, debía verla en su territorio y su cartografía. Recordé a Juan B. Terán, que escribió: “Unos grados más o menos de latitud, unos metros más o menos sobre el nivel del mar, una dirección de los vientos, pueden cambiar el curso de la historia”.Me acosté ante un Aleph que había en mi sueño. Vi subregiones y biomas, fronteras móviles, el país de la selva y el país de la sal, batallas, procesiones, fiestas, éxodos y revueltas.

Vi muchos siglos de prehistoria, aún antes de Averías, Mercedes y Sunchituyoj. Presencié la conquista del desierto y el desierto de la conquista. La supremacía de la técnica puesta al servicio de la espada y la cruz. Vi brujas y brujos perseguidos y juzgados y sometidos a la abjuración para salvarse, como Galileo. Los que no lo hacían, fueron quemados (Ramírez de Velasco, Carta al Rey, 1572), torturados y muertos/as en prisión (Pancha y Lorenza, 1762). Vi escenas heroicas, domésticas, de trabajo; también vi iniquidades, traiciones y explotación social en términos de trabajo enajenado y plusvalía arrebatada a punta de máuser o con leyes oportunas.

8.

Pensar en términos de Provincia supone desafiar la idea de lugar subalterno y remoto que la historia de Argentina les asignó. No olvidemos que alguien habló de las 14 provincias llamándolas “esos 13 ranchos”.[3]

La Provincia debe hacerse cargo de la centralidad de su historia, porque de otro modo sólo vivirá en historia subalterna, como sucedió en el período colonial y en el independiente.

La Nación vio en las provincias recursos humanos jurisdicciones y sociedades en las cuales apoyarse para el control del territorio. Pero no (siempre) vio el tiempo acumulado en la Provincia, un tiempo que no parece formar parte de la “historia”, sino como residual, pretérito, imperfecto. Sin embargo, las provincias estaban ahí.

9.

Las provincias son unidades ambientales y sociales cuyo valor no está siendo dimensionado sino en términos del estricto interés de hoy. Postulo para el tiempo de Provincia una intensidad tal que aún no posee en este momento. Es tiempo denso en historia y naturaleza. Un tiempo que requiere una conciencia de sí mismo, y habrá que analizar los obstáculos para lograrlo. Muchos de ellos son internos:

* Elites nuevas cabalgando sobre modas viejas;
* ambiente en riesgo;
* derechos ancestrales vulnerados.

Es necesario anotar también las fortalezas de este tiempo, y las alianzas necesarias para protegerlo:

* Conciencia ambiental;
* conciencia de patrimonio;
* movimientos de memoria.

10.

Antes preguntaba ¿qué cultura requiere el desarrollo? Ahora pregunto: ¿qué desarrollo requiere la cultura?

En otros tiempos, las naciones fueron productoras de identidad. Para hacerlo, escucharon historias, las escribieron y las comenzaron a hacer circular por la prensa, las aulas y las iglesias. Algunos críticos de las historias nacionales dicen que inventaron un poco, también. Esa historia ya no es posible hoy, en tiempos de diversidad cultural y biológica asumidas como derechos colectivos.

Hoy deberíamos ver a los Estados como garantes del derecho a la búsqueda de identidades de sus habitantes. Es lo menos que puede hacer un país de tradición inmigratoria que ya no quiere crecer forzando la integración social, ni negando la historia anterior. Ese es el desafío que enfrenta el tiempo de Provincia.

El clima de derrumbe en el siglo XXI seguramente gravitó en mi sueño. La esperanza, que se reconoce en todos los tiempos, también.

1- Huayramuyoj significa viento circular o remolino en lengua quichua. También es el nombre de una danza santiagueña.

2- Había que olvidarse del transporte automotor, pues los únicos vehículos que se fabrican en Santiago del Estero son hornos móviles, zorras y carrilines

3- Cit. por Luna, Félix: Buenos Aires y el país, Sudamericana, 1982.

*Este trabajo fue expuesto como una charla en el Congreso Provincial de Cultura “Cultura Entre Todos”, Casa de la Cultura, Sala Juan Carlos Dávalos, Salta, lunes 22 y martes 23 de septiembre de 2008.