¿Para qué investigar?

323
Por Marta Gerez Ambertín
diotima@rcc.com.ar
“Nuestras construcciones no resisten el tiempo. Mientras las ciencias duras han levantado un edificio cada vez más alto y completo, nosotros hacemos chozas frágiles que el viento de cada época tira abajo y… vuelta a empezar”.

 

Cuando los que practican ciencias sociales y humanas tienen que hablar de “investigación” y, para qué decir cuando tienen que hacerlo en el mismo lugar que los que practican las llamadas “ciencias duras”, generalmente se sienten o disminuidos o, para enfrentar esa sensanción, adoptan una jerga incomprensible que, merced a dejar en ascuas al auditorio, cree sortear el “mal momento”. El mensaje, pese a lo nebuloso, es claro: nada tenemos que ver con Udes., “lo nuestro es otra cosa”. Hemos comprado la imagen del investigador como sujeto rodeado de tubos de ensayo y/o pizarrones repletos de fórmulas. Algunas disciplinas, o líneas dentro de ellas, dado que sus análisis incorporan una gran dosis de matemáticas, creen hallarse a mitad de camino entre lo que consideran es la verdadera investigación (la de las ciencias duras) y el charlatanismo que se nos imputa a los demás. Sin embargo la investigación en nuestras áreas no es distinta –en cuanto a lo formal– a la investigación en ciencias duras. Diferenciarnos en los instrumentos, en los materiales, en los objetos de investigación no implica ignorar que unos y otros consultamos textos, elaboramos informes, enunciamos hipótesis, describimos el estado actual de la cuestión y el problema o situación problemática, el método a emplear, el marco teórico del que partimos, arribamos a conclusiones, hacemos sugerencias, etcétera.

Pero ningún practicante de las ciencias físico-matemáticas, de biología o química se pregunta, como nosotros, ¿qué es lo nuestro? Y sí, ¿qué es? Paradojicamente es tremendamente complicado, pero bastante sencillo: somos los continuadores de aquellos que, en las cavernas oscuras o en las fracturas geológicas dejaron las huellas de sus zozobras y esperanzas mientras otros experimentaban con el fuego o la resistencia de las piedras. Obvio decir que ambos grupos resultaron vitales para el desarrollo humano. Si la biología, la química, la física, la matemática y todas las combinaciones entre ellas han aliviado a este ser frágil que somos del miedo a los truenos, la enfermedad o el hambre, nuestras disciplinas, en cambio, jamás le han dado respuesta definitiva alguna. Sin embargo… cuando un sujeto siente su alma estremecida por el desamor, la soledad o la angustia no se dirige a la Teoría Especial de la Relatividad sino a alguno de los textos que nuestras disciplinas producen. Pero ¿qué son nuestras disciplinas sino una práctica continuada –desde aquel origen prehistórico al que aludí– de disolver al hombre, de hacer estallar la praxis totalizante y recoger sus fragmentos a los que el esfuerzo epistémico de cada época recompondrá conforme a otro plan? Decía Georges Bataille que una filosofía (y, admitámoslo: todas nuestras disciplinas son hijas de la filosofía) no es nunca una casa, sino una obra en construcción. Pero su inacabamiento no es el de la ciencia. La ciencia elabora una multitud de partes acabadas y sólo su conjunto presenta vacíos. No es nuestro caso. Nuestro “inacabamiento” no está limitado a ciertas partes, en cada parte hay la imposibilidad del estado último. Nuestras construcciones no resisten el tiempo. Mientras las ciencias duras han levantado un edificio cada vez más alto y completo, nosotros hacemos chozas frágiles que el viento de cada época tira abajo y… vuelta a empezar. Y no somos neutrales. La ciencia puede ser neutral y en eso consiste su esplendor y, también su limitación. La ciencia no puede decirnos cómo se implantó la barbarie en la moderna condición humana, la barbarie que produjo los campos de concentración en Alemania, Argentina o Chile, la barbarie que metódicamente destruye el planeta o hace estallar una bomba en un mercado de alimentos. No puede enseñarnos a salvar las cosas que nos importan por más que haya contribuido a ponerlas en peligro. Un gran descubrimiento en física o química puede ser neutral. Nuestros humildes hallazgos no pueden serlo. ¿Dónde situar la diferencia radical entre las ciencias – llamémosles duras para abreviar- y nuestros saberes siempre inconclusos? Si la física, la matemática o la química poseen un lenguaje internacional y constituyen códigos de designación pura nosotros trabajamos con el lenguaje… en realidad somos trabajados por el lenguaje. Y esta no es una proposición psicoanalítica. 300 años antes que Freud Leibniz adelantaba la idea de que el lenguaje no es el vehículo del pensamiento sino el medio que lo determina y condiciona. Nuestra aprehensión de la realidad es a través de la horma del lenguaje. He aquí la radical diferencia entre nuestros saberes y la ciencia. Pero esta diferencia no tiene que llevarnos a la tontería hollywodiana de los científicos locos y malos y los humanistas cuerdos y buenos. La ciencia es neutral, pero los científicos no lo son. No lo es el que trabaja perfeccionando el glifosato que contamina nuestras tierras y aguas; no lo es el que desarrolla armas bacteriológicas; no lo es el que desarrolla vacunas que sólo podrán pagar los países ricos mientras en Africa, por ejemplo, el 30% de la población tiene SIDA. Y nosotros, humanistas, practicantes de estos saberes en cuyo centro planea esa “inquietud de sí” –como la llamó Foucault– que constituye su esencia, su sentido último, tampoco hemos podido evitar ese paulatino predominio de la barbarie cuyo cenit paroxístico fueron los campos de muerte. ¿Para qué y por qué “investigamos” –sea lo que fuere eso– en nuestras áreas? Para y porque –como decía Albert Camus– seguimos creyendo que este mundo no tiene un sentido superior; pero sabemos que algo en él tiene sentido y ese algo es el hombre, porque él es el único ser que exige tenerlo.