Río+20: ¿El futuro que queremos?

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Por Alejo Etchart
Asesor independiente de Stakeholder Forum – alejoetc@gmail.com

No ha sido tarea fácil el decidir el orden en el cual exponer las razones por las que el documento El Futuro que Queremos, principal resultado de Río+20, me ha defraudado profundamente. En resumen, postula lo contrario de lo que su título propone. Voy a analizar primero algunos aspectos positivos y negativos, para después exponer el fundamento del despropósito: las dieciséis referencias de ese documento al “crecimiento económico sostenido” como una necesidad para alcanzar el desarrollo sostenible. Vaya por delante la conclusión de este escrito: que no se puede esperar más de los grandes acuerdos entre gobiernos; y que las comunidades, verdadera unidad de desarrollo sostenible, van a tener que tirar del carro sin contar con el apoyo de los políticos que, visto lo acordado en Río+20, seguirán aplicando las recetas de siempre para resolver los problemas que esas mismas recetas han causado.

 

Detalles en ‘El Futuro que Queremos’

En la Declaración de Río+20 ‘El Futuro que Queremos’ hay algunas cosas buenas, especialmente las dos primeras de las que siguen:

– Se refuerza y realza la posición del PNUMA en el organigrama de la ONU, estableciendo la participación universal en él y dotándolo de más fondos.

– Se abre un proceso para el establecimiento de unos Objetivos de Desarrollo Sostenible como sustitutivos de los Objetivos de Desarrollo del Milenio cuando estos venzan –con muchos incumplimientos—en 2015.

– Un párrafo de la declaración “anima a las empresas, especialmente a las que cotizan en bolsa, a que consideren integrar la información sobre sostenibilidad en sus informes periódicos”.

– Se confirma la voluntad de eliminación de subsidios que incentivan la sobreexplotación e ilegalidad en la pesca, así como al consumo derrochador y a las ineficiencias en el comercio internacional.

También hay decepciones:

– El lenguaje usado para los derechos al agua y a la sanidad es vago y evasivo, reafirmando compromisos anteriormente alcanzados más que confirmando el derecho propiamente.

– Ha desaparecido de los borradores un texto sobre derecho a la reproducción salubre, por presión de algunos grupos –a saber: el Vaticano.

– Es muy grave que, tras 20 años de dar vueltas a la eliminación a los subsidios perjudiciales para el cambio climático  –especialmente los ligados a los combustibles fósiles—, no se acuerda un plan para su eliminación. Simplemente, por enésima vez, se vuelve a  reafirmar el compromiso para su eliminación.

– Los párrafos relativos a la ‘economía verde en el contexto del desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza’ no definen qué es ésta, y dan pautas de bajo perfil sobre qué características deberían tener. Toda acción se deja en manos de los países para su libre elección, desbaratando cualquier aproximación a una cesión de soberanía en asuntos relacionados con la economía verde.

 

El gran fiasco

Pero el gran error del el documento es la repetida llamada al “crecimiento económico sostenido”. Cualquier economista que piense con libertad sabe que el crecimiento económico sostenido requiere unas condiciones que no se dan. El fallo de la economía parte de la lección más básica en la materia: que ésta nace para resolver el problema de la escasez de recursos. Al no ser la economía capaz de internalizar la escasez del recurso medio ambiente –cosa que ni siquiera parcialmente ha procurado hacer hasta el Protocolo de Kioto, que además ha fallado estrepitosamente—, ni ser escaso el trabajo –sino precisamente su contraparte: el empleo—, la economía queda al servicio del capital y de la tierra –los otros dos recursos considerados por la economía de mercado—; y de entre los dos, evidencias como la especulación inmobiliaria o la compra masiva de territorio africano por China dejan claro cuál predomina. Cuando un sistema falla en una parte, falla en su conjunto; y por lo tanto esta economía no sirve para su fin: la asignación de recursos; no digo óptima, sino ni siquiera tolerable por el sistema global al que pertenece: la biosfera. Siendo los intereses la remuneración del capital, éste necesita del endeudamiento, que a su vez necesita un crecimiento económico tal que en un futuro nos permita pagar lo que entonces gastemos más lo que hoy no podemos pagar. El problema está en que en ese futuro el capital seguirá necesitando endeudamiento, y por lo tanto más crecimiento. El crecimiento continuo no es viable en un mundo con recursos limitados que la economía –decía—no sabe considerar. Cuanto mayor sea el crecimiento, más es a costa de los recursos que no considera: el medio ambiente y el trabajo. Sobre el primero, al no amortizar la base de recursos físicos que va desgastando, el crecimiento económico lo va consumiendo hasta su destrucción. Y sobre el empleo, a no ser que una normativa como la reducción sustancial de las horas de trabajo disponibles –de tan inverosímil aplicación— haga que el trabajo vuelva a ser un recurso escaso, el crecimiento será en detrimento de la masa salarial; en otras palabras: generará más desempleo o salarios más bajos. Por tanto, una reflexión sobre la propia teoría económica deja claro que el crecimiento económico sostenido no sólo es imposible en la práctica, sino que, dado el actual (des)equilibrio de recursos, se orienta sistemáticamente a servir al capital en detrimento de los recursos que no considera: medio ambiente y trabajo.

El Informe Brundtland de 1987 no sólo da la definición de desarrollo sostenible (DS)  (aquél “que nos permite satisfacer nuestras necesidades sin perjudicar las posibilidades de las siguientes generaciones para satisfacer las suyas propias”), sino que, en el segundo capítulo, dedica más de 20 páginas a aclarar el concepto. Además de otros apuntes interesantes, lo ahora relevante es el párrafo que dice: “[…] el desarrollo sostenible claramente requiere el crecimiento económico en los lugares donde las necesidades esenciales no están satisfechas. En otros lugares puede ser compatible con el crecimiento económico siempre que éste refleje los principios generales de sostenibilidad y la no explotación de los demás”. El crecimiento económico no es por tanto imperativo en los países desarrollados, donde las necesidades esenciales están por lo general satisfechas. El Informe sugiere también que un mínimo de crecimiento económico, como requieren las instituciones financieras, puede ser medioambientalmente sostenible sólo si los países industrializados cambian su crecimiento hacia una menor intensidad en uso de materiales y energía.

Hay dos argumentos que podrían hacer el crecimiento económico compatible con el desarrollo sostenible en los países ricos: la desmaterialización del crecimiento y el avance tecnológico. Pero, como voy a exponer, ambos son demasiado débiles para confiar en ellos.

Daly y Townsend dicen que tal desmaterialización es en realidad un concepto inalcanzable, puesto que un crecimiento que pretende satisfacer las necesidades de los pobres debe basarse en cosas que éstos necesitan, que no son precisamente servicios de la información, sino cosas materiales como comida, ropa y alojamiento. Para dejar espacio para la polución y uso de recursos que la fabricación de estos productos para los países pobres genera, es evidente que los países ricos debemos reducir la polución en una cuantía al menos equivalente, lo que tendrá implicaciones contrarias a nuestro crecimiento económico, por las razones que siguen. Si el crecimiento económico no se produjese a base de uso de recursos, no habría problema. Muchos (especialmente el Banco Mundial) han defendido en décadas pasadas la existencia de una Curva Ambiental de Kuznets, que a largo plazo invertiría la vinculación entre el crecimiento económico y la degradación del medio ambiente a través de una desmaterialización de la economía, pero esta teoría ha sido largamente rebatida y negada por la teoría y la experiencia. Se han hecho infinidad de llamadas al desacoplamiento de la economía respecto al uso de recursos, pero éstos siguen tomándose prestados del futuro de forma creciente. Es fundamental distinguir entre desacoplamientos relativo y absoluto. Hay miles de casos de disminución de intensidad en el uso de recursos por unidad de producto o monetaria (desacoplamiento relativo), pero los aumentos en la escala de actividad económica global acaban por invalidar esas mejoras relativas. Jackson estima que para estabilizar el clima en un mundo con 9.000 millones de habitantes con unos ingresos como los de la UE en 2008, los desacoplamientos relativos tendrían que producirse a una velocidad 16 veces superior a la ocurrida hasta ahora.

En cuanto al argumento de que las tecnología podría salvarnos del cambio climático, la identidad IPAT prueba la alta inverosimilitud de este argumento cuando no se tiene en cuenta no sólo la tecnología, sino también los aumentos de población y de afluencia o poder de compras. Las implicaciones de esta teoría llevan a que para alcanzar una concentración de CO2 de 450 ppm (que muchos consideran muy dañina) para 2050, con un crecimiento económico o del 2-3% en el mundo desarrollado y de un 5-10% en los países en desarrollo, se necesitarían eficiencias energéticas 11 veces superiores a las actuales.

El discurso sobre la desmaterialización del crecimiento o el avance tecnológico como formas de hacer compatible el desarrollo sostenible con el crecimiento económico es demasiado débil como para confiar en que permitan superar el fallo esencial de la economía. Como dice Chandran Nair,“los políticos deben reconocer que el crecimiento económico ha encontrado su némesis [alter ego, enemigo mortal] en el cambio climático, y no deberían dejarse seducir por los soluciones rápidas del mercado”.

Esto no es nada nuevo entre los economistas. Cuando K. Boulding afirmaba que “alguien que cree que el crecimiento económico infinito es posible o está loco o es un economista”, debía de referirse sólo a economistas miopes, pues son muchos los economistas que han clamado contra el paradigma del crecimiento económico. H.E. Daly (1977) proponía sustituir el ‘cuanto más, mejor’ por el más sabio axioma del ‘lo suficiente es lo mejor’. Mucho antes, J.K. Galbraith (1956) advirtió que más pronto que tarde nuestra preocupación por el crecimiento en la cantidad de bienes producidos –la tasa de crecimiento del PNB—tendría que dejar paso a la cuestión más importante de la calidad de vida que proporcionan. J.S. Mill (1848) declaraba un siglo antes que el aumento de la riqueza no puede ser ilimitado. J.M.Keynes (1935) llamaba a considerar valores más importantes que la acumulación. Decía que la dificultad para el cambio no radica en las nuevas ideas, sino en escapar de las viejas, que han crecido con nosotros ramificándose hasta invadir cada uno de los rincones de nuestra mente, yclamaba contra los economistas ortodoxos, cuya lógica deficiente desembocó en la desastrosa Gran Depresión –lógica que guarda paralelismo con la que nos ha llevado a la crisis actual, sustentada por la codicia de la especulación. E.F. Schumacher (1989) certifica que una forma de vida que se basa en el crecimiento ilimitado no puede durar mucho tiempo. Jacksonrefleja el gran problema de nuestros días: el crecimiento económico es necesario para que nuestra economía no colapse, en un mundo que no puede soportar ese crecimiento sin colapsar –por razones tanto medioambientales como sociales, como se deduce de lo antedicho. De aquí a concluir que el crecimiento de una economía equivocada no sólo no es la solución, sino que es precisamente la causa de la crisis hay muy poco. El análisis seguido por otras vías por Azkarraga y otros, que abarca distintos aspectos sistema como las crisis de valores, poblacional y social, llega a igual conclusión y ofrece valiosas referencias.

Nos encontramos, pues, con un caso que refleja perfectamente lo que Einstein aseveró: “no se pueden resolver los problemas utilizando la misma forma de pensar que cuando los causamos”. Y es que, como dice Steve Bass, “el crecimiento económico se considera más como un principio inviolableque como una solución para los derechos de las personas, su bienestar o la degradación medioambiental.

 

Conclusión

Por todo lo antedicho, se puede afirmar que El Futuro que Queremos, al decir “reconocemos la necesidad de […] aprovechar y crear oportunidades para alcanzar el desarrollo sostenible a través del crecimiento económico […]” comete un gravísimo error, pues su influencia en las políticas nacionales puede hacer que éstas refuercen la tendencia que apuntaba el Secretario General de la ONU Ban Ki Moon: “vamos hacia el abismo con el pie pegado al acelerador”. Esta referencia al crecimiento económico y otras tres, no se incluyen en las 16 que hablan de crecimiento económico; no ‘sostenible’ –que sería al menos un condicionante— sino ‘sostenido’: un verdadero oxímoron.

Puesto que los países pobres necesitan el crecimiento económico para salir de la pobreza y los ricos no han renunciado a él, las perspectivas de un mundo conducido por estos acuerdos políticos son desoladoras. Siendo la entrega a las siguientes generaciones un imperativo categórico (un objetivo que debe perseguirse sin condicionantes), las riendas del desarrollo no pueden dejarse al arbitrio de gobernantes impelidos por presiones que no son capaces de superar.

 

Alternativas

El debate actual sobre economía verde gira en torno a los principios que la caracterizan, más que en torno a su definición. Un documento deStakeholder Forum presenta quince de estos principios: distribución equitativa de la riqueza; equidad y justicia económicas; equidad intergeneracional; enfoque de precaución; derecho al desarrollo; internacionalización de externalidades; cooperación internacional; responsabilidad internacional; información, participación y rendición de cuentas; consumo y producción sostenible; planificación estratégica, coordinada e integrada; equidad de género; y salvaguarda de la biodiversidad y prevención de cualquier polución al medio ambiente.

Faltando de la lista anterior el beneficio financiero, se deduce que estos principios constituyen los perfiles social y medioambiental que se busca añadir a la economía. Si la economía fuese capaz de internalizar toda la serie citada de externalidades positivas y negativas, medioambientales y sociales, entonces la búsqueda del beneficio económico  conllevaría retornos no sólo financieros, sino también sociales y medioambientales; pero, ¿es esto creíble ahora? Mucho me temo que nadie en su sano juicio diría que sí. Mientras que esta internalización no ocurra ampliamente, los principios expuestos se referirán sólo a los negocios sociales.

Según el Profesor Yunus, un negocio social es “una compañía creada para afrontar un problema social sin pérdidas ni dividendos”. Sin embargo, aunque la definición que da la Iniciativa de Negocios Sociales de la UE es acorde con la de Yunus, parece que restringe su aplicación de negocios sociales a favorecer a grupos vulnerables y en riesgo de exclusión, cuando en realidad un negocio social puede afectar positivamente a los grupos sociales completos.

En estos momentos en que la UE está perdiendo fuerza en los mercados globales de forma acelerada, precisamente debido en buena parte a esa falta de internalización de externalidades en la economía, un reposicionamiento estratégico de la UE más allá de los retornos financieros le podría proporcionar una ventaja considerable en la tendencia hacia una nueva economía verde, sin la necesidad imperiosa de depender de grandes acuerdos globales. El mismo sería el caso de Sudamérica y el Caribe, regiones habituadas a responder a crisis sociales, económicas y climáticas con grandes dosis de ayuda entre conciudadanos; y de otras regiones del mundo a las que la historia les ha llevado a tener fuertes sentimientos de comunidad de los que hoy en día Europa Occidental carece, y que van a ser vitales para afrontar los grandes retos que plantea nuestro futuro en común.

Los movimientos de las Transition Towns o las Post Carbon Cities, además de muchos otros no asociados, pueden ser el amanecer de una nueva generación de negocios sociales puestos en marcha por ciudadanos responsables que se comprometen con formas alternativas de desarrollo movidos por motivaciones como la responsabilidad, la justicia, la equidad o la búsqueda de seguridades alimenticias, de agua o climáticas, más que por el apoyo institucional. Estas iniciativas socialmente innovadoras están proponiendo formas diferentes de pensar para resolver los problemas causados por paradigmas prevalentes de obsesión por el crecimiento económico, energía barata, identificación entre éxito y acumulación, e individualismo. Toman como base los activos que existen en las personas y el territorio, y los reorientan a la construcción de resiliencia y al servicio del bien común, a la vez que cumplen los principios básicos del desarrollo sostenible. Estos enfoques se están implementando en comunidades por todo el mundo guiados por fuerza de abajo hacia arriba, aunque, para que se adopten de forma más generalizada deberían recibir incentivos de arriba hacia abajo. Tales incentivos no sólo contribuirían a extender su aplicación, sino también, de forma crítica, deberían orientarse a construir la viabilidad económica de estos enfoques deseables social y medioambientalmente –completando así los tres pilares de la sostenibilidad y reorientando su equilibrio. Se trata de promover la innovación hacia modelos negocio (social) que, mediante la creación de resiliencia, se orienten hacia el bienestar; en vez de, mediante el crecimiento económico, hacia la acumulación. Buscar el crecimiento económico es seguir con el pie pegado al acelerador conduciendo hacia el abismo.

Peter Senge, otrora gurú del desarrollo organizacional, lo dice claramente: “Si alguna esperanza existe para la humanidad, reside en regenerar la vida en comunidad, recuperando de nuestro ADN la característica de animales sociales”. La innovación necesaria no es tecnológica: es social, es sistémica.