La complejidad en las relaciones humanas (Parte II)

409
Por Alicia Asfora
Licenciada en Psicología. Especializada en Terapia de Sistemas. Especializada en Comunicación Humana. Profesora Adjunta a cargo de la Cátedra de Psicoterapia Sistémica. Carrera de Psicología de la Facultad de Ciencias de la Educación de la UCSE
aliasfora@hotmail.com

La complejidad de los sistemas vivientes

Cada ser humano es un sistema u organización viviente y, como tal, comparte las características dinámicas de toda organización. Esto es: posee autonomía y sus descripciones de los fenómenos que observa son autorreferenciales.

1. La autonomía de un sistema se caracteriza por una organización cerrada y recurrente de modo tal que, por ejemplo, aquello percibido no está determinado por el medio externo, sino que es el producto del sistema nervioso interno. El orden más alto de recurrencia o bucle de realimentación de un sistema define, genera y mantiene su autonomía. Generar pensamientos, y más pensamientos, tiene que ver con bucles de realimentación de refuerzo, pero, ese proceso es autónomo de cualquier estímulo externo en tanto se generan dentro de un sistema cerrado, por lo que es muy difícil predecir qué está pensando alguien ni cómo va a reaccionar en la interacción con otra persona, a causa de lo que pensó o está pensando.

2. La cibernética de la cibernética, llamada también “cibernética de segundo orden”, sitúa al observador en el seno de lo observado, por lo que toda descripción es autorreferencial. Admitir el nexo necesario entre el observador y lo observado nos conduce a examinar cómo participa el observador en lo observado y nos dice tanto (o más) sobre el observador como sobre el suceso que describe. Esto significa: a) que las observaciones no son absolutas sino relativas al punto de vista de quien las realiza, y b) que las observaciones afectan lo observado, de modo tal que anulan toda esperanza de predicción que abrigue el observador.

3. Al decir que el todo “es más y menos que la suma de las partes”, estamos admitiendo que como todo, un sistema u organización es más que la suma de las partes, porque tiene propiedades distintas de las partes que lo componen. A tales propiedades se las conoce con el nombre de “propiedades emergentes”, porque “emergen” del sistema mientras está en acción y retroactúan sobre esta organización misma. Así, la conciencia es una propiedad emergente -en tanto “surge” de billones de interconexiones del cerebro humano- que retroactúa sobre el ser mismo de cada individuo y le permite, a ese individuo, que tenga conciencia de sí mismo.

Además, estamos admitiendo que, como todo, un sistema u organización es menos que la suma de las partes, por las limitaciones que impone a las partes, que no pueden expresar todas sus potencialidades. Así, un recuerdo específico, precisa para su emergencia de algunas interconexiones y no de todas. Lo mismo ocurre en las relaciones interpersonales: si nos reunimos para trabajar juntos, por ejemplo, es probable que intercambiemos conductas para generar “compañeros de trabajo” y no otras (como por ejemplo: “amigos bailando” o “amantes”) que quedan “potenciadas” para expresarse en la ocasión que así lo requiera.

4. Por otro lado, el individuo humano como auto-organización viviente, cuanto más autónomo, más depende de su entorno o ecosistema. Así, por ejemplo, el desarrollo de su autonomía intelectual, necesita de un entorno cultural y depende de su educación.

5. Al mismo tiempo, el ciclo de las generaciones (o evolución de la especie) y las características fenotípicas humanas (esto es, si se trata del fenotipo masculino o del fenotipo femenino), influyen en el comportamiento de cada persona en tanto la auto-organización viviente se presenta siempre bajo estos dos aspectos inseparables: uno es el ciclo de las generaciones; el otro, el individuo fenoménico. La biología reconoce estos dos aspectos al distinguir “genotipo” y “fenotipo”.

6. Debemos, también, tener en cuenta que nuestro organismo se reconstruye permanentemente. No sólo nuestras células y moléculas van cambiando sino, también, nuestras ideas y creencias. Es decir, vamos regenerándonos y reorganizándonos en forma permanente.

7. A esto, todavía hay que añadir tres términos: “esta máquina es informacional, puesto que funciona a partir de una memoria informacional que son los genes; es computacional, puesto que trata de informaciones interiores y exteriores para auto-organizarse y autorreproducirse; y, por último, es comunicacional, no sólo porque se comunica con su entorno, sino también, porque su organización interna se funda en la comunicación o interrelación entre sus elementos constitutivos”.

Esta descripción nos muestra la complejidad que nos constituye como sistemas vivientes, al tiempo que se abre el campo de lo incierto y lo contradictorio.
La complejidad nos invita a convivir con la incertidumbre y la contradicción en tanto podamos aceptar que el entendimiento no puede encerrar todas las respuestas, menos, en los asuntos humanos.
En las relaciones humanas, nunca hay una sola explicación de cómo nos conducimos, por lo que recordar la complejidad que nos constituye puede ser un camino que nos ayude a comprender que en el momento en que se quiere construir una explicación que dé cuenta de una conducta en particular, o de una relación en particular, con alguien, es preciso reunir todos los aspectos que conforman nuestra compleja organización.

Bibliografía consultada

1.- Ludwig von Bertalanffy, “Teoría General de los Sistemas”. Fondo de Cultura Económica, México, 1984
2.- Joseph O’Connor y Ian McDermott, “Introducción al Pensamiento Sistémico”. Ediciones Urano, S. A., Barcelona, España, 1998
3.- Gregory Bateson, “Pasos hacia una ecología de la mente”. Editorial Planeta Argentina, Bs. As., 1991
4.- Bradford P. Keeney, “Estética del Cambio”. Editorial Paidós, Bs. As., 1987
5.- Paul Watzlawick, Janet H. Beavin y Don D. Jackson, “Teoría de la Comunicación Humana”. Editorial Herder, Barcelona, España, 1983
6.- Edgar Morin, “Por un paradigma de complejidad”, en “Ciencia con consciencia”. Anthropos, Barcelona, España, 1984