A un año de Río+20: el imperativo social y el momento político

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Por Alejo Etchart
Analista Medioambiental, Stakeholder Forum for a Sustainable Future
alejoetc@gmail.com

Dentro de un año, del 4 al 6 de junio 2012, los líderes mundiales se reunirán en Brasil para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible (UNCSD)- ampliamente conocido como ‘Río +20’, veinte años después de la Cumbre de Río de 1992. La conferencia versará sobre dos temas:
– La economía verde en el contexto de la erradicación de la pobreza y el desarrollo sostenible

– La reforma institucional para gobernabilidad del desarrollo sostenible.
La participación de los países hasta ahora ha sido, en general, escasa y lenta. Ningún líder mundial ha presentado hasta la fecha una visión poderosa de la cumbre, y la atención de la prensa no ha sido abundante. La razón puede ser que el impulso político es más fructífero ante eventos cercanos, aunque ciertamente un compromiso temprano reportaría un posicionamiento de liderazgo.

Sin embargo, la aparente falta de ambición de cara a Río+20 puede tener unas raíces más profundas y preocupantes. Hay un malestar general en relación con los procesos multilaterales. La falta de acuerdo en un acuerdo global sobre cambio climático en Copenhague 2009, y las aparentemente innegociables posiciones de partida de las distintas regiones mundiales apuntan hacia una crisis en la comunidad internacional. El fracaso de la Comisión de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible (CSD) en conseguir un resultado en su reunión de mayo de 2011 es una prueba más de la desconfianza y falta de voluntad para cooperar en los problemas globales más urgentes de nuestro tiempo. Muchos países en desarrollo tienen un resentimiento, tan profundo como comprensible, debido a que el Norte ha incumplido sistemáticamente los compromisos adquiridos internacionalmente, y a su percepción de que los países desarrollados están constantemente cambiando los temas de los debates multilaterales.

El tema de la ‘economía verde’ refleja esta tensión. Muchos países en desarrollo sospechan de este nuevo programa, que perciben como esencialmente dictado por los países del Norte tratando de desviar la atención respecto de sus incumplimientos. También les preocupa que el creciente entusiasmo por la economía verde pretenda en el fondo reescribir el discurso del desarrollo sostenible basado en los pilares económico, medioambiental y social, restándose énfasis del pilar social.

Aunque las negociaciones medioambientales multilaterales puedan estar sufriendo un periodo a la baja, y aunque los países desarrollados, sin duda, se han quedado lejos de las expectativas en muchos ámbitos, el escepticismo generalizado y la falta de compromiso con Río +20 no son respuestas adecuadas. Al contrario, una cumbre sobre un reto tan ampliamente definido como el desarrollo sostenible representa una oportunidad sin precedentes, en un momento crítico para la posibilidad de evitar crisis mayores e irreversibles. Esta oportunidad se refleja en varios hechos: En primer lugar, Río +20 ofrece la ocasión de ir más allá del estrecho enfoque centrado sólo en cambio climático y emisiones de carbono. El cambio climático se ha convertido en gran medida en el indicador del desarrollo sostenible. Quienes se comprometieron en su día con la CSD han centrado su atención en las negociaciones sobre cambio climático.

El logro de un acuerdo global sobre la reducción de las emisiones de carbono es sin duda fundamental, pero el cumplimiento de este objetivo no implicaría automáticamente que se haya encauzado el desarrollo hacia la sostenibilidad. La Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático es muy buena en determinar el ‘qué’, pero su mandato es insuficiente para determinar el ‘cómo’. Río +20, que ha recibido de la ONU un mandato más amplio, abre un espacio para discusiones más amplias sobre energía, agricultura, agua, pobreza y desigualdad –aspectos también fundamentales para el desarrollo sostenible, y no siempre ligados al cambio climático. En segundo lugar el tema de la ‘economía verde’ ofrece la oportunidad progresar en el debate sobre desarrollo sostenible, en lugar de apropiarse de él y socavar sus principios. El desarrollo sostenible es un proceso de mejora de la prosperidad dentro de los límites ecológicos del planeta, y la economía verde es un vehículo para lograrlo. Con excesiva frecuencia se ha percibido el desarrollo sostenible como contrario a los intereses económicos, lo que ha dificultado más aún la consecución de sus objetivos. El debate sobre economía es un debate sobre cómo las economías pueden prosperar sin aumentar la polución y la degradación medioambiental. Sería un error suponer que el debate se centrará únicamente en los intereses de los ‘negocios verdes’. Muy al contrario, las tesis emergentes sobre economía verde están plagadas de referencias a nuevos indicadores de bienestar y de consecución de objetivos sociales y ambientales al mismo tiempo. Se cuestiona ampliamente el limitado enfoque hacia el PIB y el crecimiento. Hace tiempo que este debate se debería haber abordado en la ONU.

Por último, aunque los resultados de Río+20 no serán jurídicamente vinculantes, la cumbre podrá acelerar la acción por ‘vías suaves’. No existiendo mecanismos jurídicos para obligar al cumplimiento en el plano mundial, las medidas jurídicamente vinculantes tampoco garantizarían el cumplimiento. Así las cosas, Río +20 ofrece la oportunidad de identificar marcos alternativos de cumplimiento y rendición de cuentas, de forma que los estados se vean forzados a cumplir sus compromisos. Un marco alternativo marcaría los plazos, objetivos específicos e indicadores de desarrollo sostenible, que permitirían a la sociedad civil evaluar a los gobiernos. Así ha ocurrido con los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Es importante destacar que los objetivos de desarrollo sostenible no sólo deben centrarse en lo que debe suceder, sino también en lo que debe desaparecer –en particular, los subsidios a los combustibles fósiles y el consumo excesivo en los países desarrollados.

La forma en que la humanidad responda a los retos interrelacionados del cambio climático, la pobreza y la creciente escasez de recursos naturales en la próxima década, determinará el destino de las generaciones futuras. Ante una perspectiva de tal calibre, Río +20 ofrece la oportunidad de abordar los desafíos del desarrollo sostenible, revitalizando el multilateralismo en un marco abierto e integrador.