Sujeto, hegemonía y antagonismo. Pueblo, democracia y buitres

354
Por Alejandro Auat
Doctor en Filosofía. Docente e investigador UCSE/UNSE – buhoster@gmail.com

La democracia no es un sólo un régimen de gobierno. Es la política misma. Sin democracia no hay política, hay orden policial, hay gestión administrativa, hay gobernanza económica. Pero no política. Sólo la democracia es acción política.

Por otra parte, no hay democracia sin pueblo. La democracia como política supone un sujeto que no se identifica con una clase social, ni con un grupo, mayoritario o minoritario, sino con un sujeto que es un modo de relación. Es un sujeto que opta, que elige dónde estar ubicado frente a los antagonismos principales, es un sujeto que se plantea siempre de qué lado está.

Porque el sujeto de la democracia supone un antagonismo, un enfrentamiento de posiciones. Es un sujeto que se posiciona frente a quienes niegan la igualdad de todos para decidir, quienes niegan la soberanía popular como principio definitorio de la democracia. Por eso se ha dicho también que la democracia es un litigio por la igualdad. Es una lucha permanente por definir dónde se juega la igualdad, y en esa lucha, definir de qué lado se está: los que están realmente -no de palabra- a favor de la igualdad, son pueblo. Los que están realmente en contra de la igualdad -y por ende, en favor de los privilegios y desigualdades- son antipueblo. Así de simple. Es la toma de posición frente a la igualdad. No se trata de clases sociales, ni de riqueza o pobreza -aunque estas condiciones inclinen hacia un lado u otro, pero no con necesidad lógica, sino como opciones contingentes. Por eso se ha podido hablar del “partido de los pobres” refiriéndose a quienes postulan la igualdad como su único capital para entrar a tomar parte en las decisiones; frente al “partido de los ricos”, quienes se sostienen en otros capitales para entrar en la cuenta.

El antagonismo no se resuelve teóricamente, en un debate académico, o en una mesa de negociaciones o en un ámbito deliberativo que busque consensos. No se puede negociar la igualdad, no se puede consensuar la desigualdad. Ese antagonismo fundamental -habrá otros que sí se pueden aclarar, negociar o consensuar, no éste- se resuelve en una relación de poder. De votos, de voluntades. La democracia se sostiene, pues, con la hegemonía del pueblo frente al antipueblo. Y hegemonía implica articulación de luchas, no homogeneidad, sino prácticas articulatorias y prácticas de traducción entre identidades plurales y diversas que se estructuran alrededor de demandas particulares, pero que están sobredeterminadas en su sentido particular y exceden hacia un horizonte de plenitud o felicidad, siempre ausente pero siempre presente como sueño que motiva la indignación donde nace la lucha. Sueño que obliga a la articulación con otros indignados en lucha. Sueño que obliga a la mutua traducción de las demandas y de las modalidades de lucha.

La pluralidad de luchas muestra una pluralidad de enemigos, o de frentes. Por eso la necesidad de articulación y de traducción. Porque detrás de esos muchos y particulares frentes de lucha, hay un enemigo metamorfoseado con mil rostros, no siempre identificable en sujetos de carne y hueso, a veces diluido en anónimos sistemas globales, ocultos detrás de eufemismos o juegos del lenguaje, metidos en las entrañas institucioales de nuestros propios logros en el estado de derecho.

Pero la complejidad de la construcción de hegemonismos y de la identificación del enemigo no puede hacernos perder de vista la simplicidad de la opción en juego: siempre y en cada caso se trata de decidir de qué lado estamos.

Estos postulados, que debemos desplegar y fundamentar en cada una de sus afirmaciones, se encuentran actualmente inmersos en una maraña de confusiones teóricas y no menos dificultades prácticas. No es fácil distinguir dónde se juega el antagonismo político definitorio, ni quién es quién de cada lado de las fronteras. Es éste el principal desafío teórico-práctico al que nos enfrentamos. Las teorías críticas del siglo XX se quedan cortas en esta tarea: acostumbradas a identificar al enemigo en el Estado moderno, no nos ofrecen respuestas a los desafíos que surgen de la experiencia de los pueblos latinoamericanos en los últimos 15 años que, poniendo al Estado de su lado, enfrentan a nuevos -o viejos- enemigos de la democracia asentados sobre poderes extra o supraestatales. Enfrentar al Estado como sede del poder sigue siendo un reflejo de paleoizquierdas europeizantes.

La política como democracia

Aristóteles, en el Libro I de su Política, hace la distinción entre el mandato político (como el gobierno entre iguales) de todos los otros tipos de mando, y en el Libro III define al ciudadano como “el que toma parte en el hecho de gobernar y en el hecho de ser gobernado”(Aristóteles 2005). Todo lo relacionado con la política se encuentra contenido en esta relación específica, este tomar parte que debe ser indagado tanto en su significado como en sus condiciones de posibilidad. En esta definición aristotélica existe un nombre dado al sujeto (politès) que es definido por una toma de parte (metexis) en una forma de acción (archein – gobierno) y en la experiencia que corresponde a esta acción (archestai – ser gobernado). “Si existe algo ‘propio’ de la política -comenta Rancière-, consiste por completo en esta relación, que no es una relación entre sujetos, sino una [relación] entre dos términos contradictorios a través de los cuales es definido un sujeto”(Ranciere 2006).

Frente a las calificaciones platónicas para distinguir a quiénes corresponde gobernar y a quiénes ser gobernados, en virtud de diferencias “naturales”, Aristóteles rompe con esa lógica de lugares pre-establecidos, por nacimiento, por riqueza, o por saber, como condiciones para el mando. Esta ruptura, junto con la re-definición de los demos introducida por las reformas de Clístenes, que constituyó cada tribu con la suma de tres territorios separados -ciudad, campo y costa-, con lo que rompía la “natural” sujeción a las aristocracias locales, instauran por primera vez el espacio de la política como tal. El demos, o el pueblo, no es una parte pre-determinada de la población, sino aquellos que no poseían las cualidades “naturales” para el mando -nacimiento, riqueza, conocimiento- sino sólo su libertad, condición que los habilita para identificarse con el todo de la comunidad, y para exigir tomar parte entre los que cuentan. De allí que la instauración misma de la política se identifique con la constitución de un sujeto, el pueblo, y con el litigio o lucha por la igualdad de condiciones para el mando, a partir de la común cualidad de la libertad. Democracia -gobierno del demos- es, pues, el nombre mismo de la política. Y política es el nombre de la constitución de un sujeto como una relación: el pueblo como la irrupción litigiosa en la toma de decisiones para la vida en común.

El antagonismo y la hegemonía

La constitución del sujeto pueblo como condición de la política no es, entonces, el resultado de un pacífico acuerdo en condiciones de igualdad y reciprocidad, como lo describen las ficciones argumentativas del contractualismo. El pueblo se constituye en la lucha por la igualdad: la igualdad no es una condición pre-establecida, es una conquista frente a quienes, de hecho, la niegan. Aunque es verdad también decir que esa lucha por la igualdad se efectiviza a partir de la afirmación por parte de los excluidos de ese principio negado en los hechos. Esto es, la igualdad se pelea en los hechos, pero porque se cuenta con ella como supuesto de toda argumentación política. De allí que los mismos que la niegan en los hechos, terminen entrampados en sus discursos liberales, cuando éstos no son cínicos.

Las condiciones reales de la constitución del pueblo como sujeto de la política implica, pues, el antagonismo. Un enfrentamiento real con quienes los excluyen de la cuenta de los que cuentan en las decisiones sobre lo común. El conflicto es, pues, inherente a la política. Claro que no es su única dimensión, pero sí es ineliminable: donde hay política hay conflicto, hay antagonismo, hay amigos y enemigos, aunque las formas de enfrentamiento y de resolución son radicalmente diferentes a las de la guerra. Y lo decisivo en esto es discernir por dónde pasa la frontera demarcatoria de los dos campos en conflicto y de los dos modos de afrontarlo: democráticamente con debate y votos, o violentamente con imposición intolerante y medios de fuerza.

Hay momentos históricos en los que parece concentrarse en un punto nodal la determinación del enemigo y por consiguiente, de los amigos. Otras veces, es más difuso. Es más: la característica principal de ese antagonismo es su irrepresentabilidad conceptual plena. Nuestros conceptos no cierran completamente la representación de los bandos en disputa. Conscientes de esa apertura, la demarcación de campos se desliza hacia una tarea de construcción y no a un mera constatación o descripción. De lo que se trata es de construir el campo del pueblo y de construir el enemigo. No como inventos o ficciones, sino como la atribución de significados preeminentes a determinadas articulaciones de demandas con sus respectivas oposiciones. Y esto no es una tarea de puro voluntarismo: la condensación de significados en torno a un significante, tanto en un campo como en otro, dependen de muchos factores contingentes. Pero entre ellos está, ciertamente, nuestra capacidad de nominación, de potenciar un punto nodal que exprese con la mayor claridad posible la agrupación en un campo u otro del antagonismo (Laclau 2005) . Nominación que puede recaer en el nombre de un líder o en el nombre de una lucha particular. En esto consiste la construcción de hegemonía: la determinación de puntos nodales que concentren la tensión articulatoria de demandas plurales en torno de sus sentidos más universales que posibiliten la identificación de un enemigo común.

Hegemonía no es homogeneidad. Hablamos de articulación y de traducción mutua de prácticas y de luchas diversas (Santos 2010). Esto supone un esfuerzo político complejo, que supone dejar de lado diferencias menores en función de enfrentar a enemigos mayores. Y al mismo tiempo, no renunciar a las diferencias de luchas e identidades que son las que hacen posible la flexibilidad de fines del conjunto y la deliberación activa en las escalas particulares de participación. Construcción de hegemonía política es así un trabajo de inteligencia y tolerancia, manteniendo la tensión entre el polo de la unidad y el de las particularidades.

Pero la hegemonía consiste asimismo en el registro de esas articulaciones en dispositivos discursivo-institucionales que aseguren su permanencia en el largo plazo y su inscripción en un nuevo sentido común. No alcanza con ganar el gobierno. No alcanza con la sanción de leyes por parte de mayorías populares representadas en el Congreso. Hay que generar un nuevo sentido común emancipador (Santos 2000), en torno a valores de igualdad, solidaridad y liberación. No como valores enunciados en el aire de las ilusiones, sino descubiertos y señalada su ausencia o presencia en prácticas e instituciones concretas. Y para ello no nos faltan convicciones ni razones: la desigualdad, el egoísmo y la dependencia no pueden defenderse si no es con mentiras, disfraces o engaños. Por eso hay que enfrentar las chicanas con argumentos, las dichos con hechos, las mentiras con verdades. El nuevo sentido común hegemónico tendrá que abrirse camino con esas armas -argumentos, hechos, verdades-, de lo contrario no será nuevo ni emancipador. Pero lo hará ocupando espacios institucionales, amplificando las voces desoídas, visibilizando a los invisibilizados. No alcanza con ganar elecciones: hay que construir hegemonía.

Los sueños y el enemigo

La hegemonía de un nuevo sentido común emancipador es una contrahegemonía respecto del sentido común vigente, estructurado en torno a la naturalización de las desigualdades, la fetichización del interés propio, la resignación ante la dominación.
Si algo caracteriza al momento político actual es la continuada vigencia de una racionalidad global que podemos caracterizar como neoliberalismo (Laval 2013). No se trata de una mera ideología, ni de una política económica, ni de un aggiornamiento de las clásicas y venerables verdades del liberalismo de antaño. Se trata de una nueva razón del mundo, de una racionalidad asentada en prácticas, dispositivos, discursos, que determinan un modo de gobierno, la acción de los gobernantes y la conducta de los propios gobernados, cuya característica principal -según Laval y Dardot, que en eso siguen a Foucault- es la generalización del principio de competitividad como norma de conducta y de la empresa como modelo de subjetivación.

Desde nuestra experiencia latinoamericana y argentina podemos especificar otras notas en las que se manifestaron esas características de la competitividad y del modelo empresarial de sujeto: la primacía de la economía por sobre la política, entendida como la aceptación de un orden natural que hay que conocer y no distorsionar con decisiones que responden a ideologías o caprichos particulares; de allí la vigencia de la figura del “economista”, del “consultor” o del “técnico”, quienes saben cómo funciona ese orden natural y cómo hay que adaptarse a él, frente a la desprestigiada figura del “político” que sólo sabe de clientelismo y corrupción; la reducción de las funciones del Estado al manejo de los perdedores e inadaptados del sistema mediante mecanismos de seguridad; la reducción de las instancias de solidaridad a eventos extraordinarios mediante mecanismos de limosna neutrales y espectacularizados; la promoción de un modelo de capitalismo financiero no vinculado a la producción sino a timbas y burbujas que, en nuestro país, se potencia con el modelo porteñocéntrico de un país de shoppings y viajes al exterior, cada vez más alejado de ese otro país amorfo y oscuro que llaman el “interior”.
El sentido común neoliberal se encarna en personas y en prácticas de mentalidad colonial, funcionales a intereses antinacionales, ubicados claramente en el campo del antipueblo. Un sentido común elaborado y alimentado por usinas mediáticas que no dudan en entronizar a modelos de lo que desde las épocas de la independencia se llama “cipayos”, o que Toynbee designó como élites herodianas. Un nuevo significante viene a precisar aún más este tipo humano colonizado: “buitres”. Bicho feo si los hay, podemos ver sus rostros transfigurados cuando huelen reales o supuestas crisis económicas y políticas. Y no siempre por intereses concretos, sino también por cierto cholulismo de mediopelo que ha reemplazado el pensamiento propio por slogans televisivos. Otros, simplemente por pereza mental. Lo que contribuye a precisar la versión local de los buitres en la figura más pequeña del “carancho”. La diferencia de los buitres humanos con los otros es que no se limitan a esperar la muerte de sus víctimas, sino que hacen todo lo posible para provocarla. Parafraseando a Lenin, podríamos decir que el buitre es la fase superior del cipayo.
Pese a la gravedad de encontrarnos conviviendo, a veces muy cercanamente, con quienes expresan la visión buitresca (la ‘buitridad’, diríamos los filósofos), lo positivo de este momento histórico es la nitidez con la que se presentan los puntos nodales de concentración de significados para la construcción de hegemonías y contrahegemonías. Así como en el enfrentamiento con los poderes agromediáticos en el 2008, también hoy las opciones son claras. O se está con la patria o se está con los buitres. O se está con el pueblo o se está con el anti pueblo. O se está con la democracia o se está con la antipolítica.


Bibliografía utilizada

Aristóteles (2005). Políitca (ed. bilingüe). Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.
Laclau, E. (2005). La Razon Populista Fondo de Cultura Economica USA.
Laval, C. y. D., Pierre (2013). La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal. Barcelona, Gedisa.
Ranciere, J. (2006). Diez tesis sobre política. Política, policía, democracia. LOM. Santiago del Chile: 59-79.
Santos, B. d. S. (2000). Crítica de la razón indolente: contra el desperdicio de la experiencia. Bilbao, Desclée.
Santos, B. d. S. (2010). Refundacio´n del Estado en Ame´rica Latina. Buenos Aires 2010, EA.