¿El episcopado argentino es fundamentalista?

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Por Ramón Antonio Reyes
Docente UCSE en las áreas de epistemología y filosofía – ranreyes@gmail.com
El presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación Argentina refutó a la cúpula eclesiástica, luego de que el episcopado criticara las reformas al Código Civil (Cfr. “El Código Civil y nuestro estilo de vida”, 22/08/2012) afirmando que “los impulsores de la reforma de los Códigos Civil y Comercial no van a guiarse por opiniones de fundamentalistas” (27/08/2012).
El término “fundamentalismo” se aplicó, originalmente, a una determinada corriente del protestantismo norteamericano que quería volver a los “fundamentos” bíblicos de la fe cristiana (fundamentos que se interpretaban de manera muy caprichosa) ante la acomodación de la Iglesia al modernismo y liberalismo. En los últimos años se aplicó el concepto “fundamentalismo” a corrientes reaccionarias dentro del Islam y el Judaísmo, y en una embestida contra los cristianos católicos el abogado y doctor en ciencias jurídicas y sociales Ricardo Lorenzetti alertó que el Episcopado “representa una visión legítima” pero “el Derecho debe comprender a todos”. Razones suficientes para distinguir sin separar, unir sin confundir acerca de qué es el fundamentalismo y a quiénes se denomina fundamentalistas.
Al abordar este tema, se hace necesario poner de manifiesto, de entrada, que losfundamentos son presupuestos válidos para la vida de todo ser humano ¿Qué sería de nosotros sin los padres, maestros, profesores y demás profesionales? ¿Cuál sería el rumbo de nuestras comunidades sin las instituciones civiles, políticas y jurídicas que nos orientan? Para poder desarrollar creativamente nuestras capacidades físicas, intelectuales y emocionales necesitamos “fundamentos” en el amor, cuidado y confianza.
A continuación se analizarán tres posiciones análogas (fundamentalismo, dogmatismo y fanatismo) cuyas características básicas con matices acentuados en alguna de ellas son:
a) Coherencia de vida, tanto en la construcción de una creencia como en las acciones que de ella se deriven;
b) Sencillez en la manera de presentar las formas de pensar, actitudes y sistema de ideas;
c) Claridad en las interpretaciones y construcciones doctrinarias.
Estas tres actitudes tiene un común denominador que las personas experimentan sus convicciones, metas y su fe de una manera total e incontestable, no aceptan en lo más mínimo otras convicciones y actitudes junto a las suyas, se exacerba de manera impredecible su punto de vista si disponen de los correspondientes medios de poder (técnicos, científicos, estrategias publicitarias, demagogia, recursos informáticos, etc.) ya que se consideran los “elegidos” como si fueran los depositarios de una misión de carácter mesiánico.
De acuerdo al lugar que se habita en el pueblo se escucha el tañido de la campana de maneras diferentes.
El fundamentalismo es una actitud ante un valor o idea fundamental a la que hay que conservar cueste lo que cueste. Se caracteriza por el firme arraigo a sus creencias, la identificación acrítica con la doctrina que se profesa, el perfeccionismo obsesivo, percepción de impotencia incapaz de confesarse a sí misma lo que es, se aparece como una fuerza protectora que garantiza integridad a sus seguidores y la simplicidad lingüística en la transmisión de su cosmovisión.
El dogmatismo se construye a partir del deslinde exacto entre otros ámbitos de valores y pensamientos; se distingue por su claridad expositiva, la plasmación normativa de las acciones, el reconocimiento de rígidas jerarquías y el afianzamiento de su identidad en la sociedad. Se diferencia del tradicionalismo, que ignora la presencia de la pluralidad y la exclusión de toda crítica, o del conservadurismo, que mantiene una especie de distancia con relación a los “otros” y lo que pueda ser reflexión sistemática; y, en ambas posturas una idolatría del pasado por el pasado mismo.
El fanatismo es una intensidad anormal en la concreción e implementación agresiva de una y sólo una actitud o “idea sobrevalorada”; se caracteriza por la incapacidad para la autocrítica y la hexocrítica, la defensa acérrima contra todas las opiniones opuestas, y la autoconfirmación de su fe “como la mejor de todas”.
Los impactos sociales de estas actitudes son muy variadas. Es sabido que hay configuraciones de dichos posicionamientos que en la vida cotidiana tienen un sentido personal de oposición y no constituyen una amenaza ni comportamientos abiertamente hostiles a determinados grupos, pero, cuando el marco de las acciones rebasan la propia persona e impactan sobre el sistema social y sus grupos nos enfrentamos ante un serio problema.
¿Qué actitud tomar ante los fundamentalismos? Se considera que se pueden resumir básicamente en cuatro: a) Promover el respeto por la libertad, el pluralismo y la apertura hacia los demás; b) Crear espacios para la auto y hexo crítica permanente; c) Resistir contra el autoritarismo de los dogmáticos, el positivismo jurídico de los fanáticos y el tradicionalismo de los fundamentalistas; d) con todo y a pesar de todo buscar denodadamente el diálogo con los fundamentalistas y la colaboración con ellos en todas las dimensiones de la vida social.
Cuando el fundamentalismo político impone a los grandes sistemas sociales sus propios valores normativos, sus ideas y aquello de lo que tienen necesidad para perpetuarse en el poder puede desembocar en una auténtica falta de libertad de quienes piensan de otra manera. Si consiguen que sus “pretensiones de derecho al dominio absoluto” concretadas en la imposición de valores finales, pueden conducir a la exclusión real de la diferencia -en nombre de la pluralidad-, y la consiguiente eliminación de los más débiles del sistema socio-cultural.
Así las cosas parecería que el fundamentalismo y el fanatismo son problemas de personas y/o grupos claramente deslindados. La explicación: “es la maldad que hay en todo el mundo”. Con una afirmación así se zafa de la responsabilidad personal y social que tenemos ante estas actitudes. Nosotros mismos también somos sujetos-partes de este problema. Debemos aprender a percibir con nitidez y aceptar hasta qué punto ocultamos dentro nuestro tendencias e intereses fundamentalistas que darían lugar al “genuino simpatizante” en el más acérrimo fanático que ostenta con gozo su dogmatismo en cualquiera de sus formas.
Ernst Kretschmer, en su libro “Personas geniales” (1951) describió de manera elocuente cómo debemos imaginarnos la retroalimentación entre esas personalidades anormales y la sociedad: “Si la temperatura espiritual de una época es equilibrada y el organismo social está sano, entonces los anormales pululan impotentes y débiles en sus efectos en medio de la masa de las personas sanas. Pero si en alguna parte aparece un punto herido, si la atmósfera es demasiado agobiante o tensa, si algo va mal o es frágil, entonces los bacilos se hacen enseguida virulentos, capaces de atacar, penetran en todas partes y producen inflamación y fermentación en toda la masa sana del pueblo… Los grandes fanáticos, los profetas y exaltados, lo mismo que los pequeños granujas y los delincuentes, están siempre allí; el aire está lleno de ellos. Pero tan sólo cuando el espíritu de una época tiene fiebre, ellos son capaces de provocar guerras, revoluciones y movimientos espirituales de masas. Podríamos afirmar con razón: los psicópatas existen siempre. Pero tan sólo cuando el tiempo es fresco, dictaminamos sobre ellos; cuando los tiempos son calientes, esa gente nos domina”.
Con la frase marcada en negrita se puede caracterizar la actual circunstancia de descontento, insatisfacción, malestar, sensaciones de “incertidumbre y desarraigo” (A. Koyré), incomodidad, inconformismo o indignación ante lo existente; estados de ánimo lo que probablemente Kuhn identificaría como la fase previa y necesaria para que surjan nuevas teorías y sea un momento de transición que haga progresar a la ciencia por medio de revoluciones. Ante esta situación de crisis “lo probable es la desintegración. Lo improbable, aunque posible, la metamorfosis” (Morin).
Existen grupos dominantes que de ser asilo de la libertad para los que no tenían derechos políticos-jurídicos reconocidos pasaron rápidamente a convertirse en fortalezas autoritarias de poder sostenidas por las “guardianas del saber” (universidades) y la “corte de los aplaudidores” de turno. De esto se desprende que todo esfuerzo por alcanzar leyes justas tiene que hacerse sobre un postulado básico: una visión “antropológica” compartida, porque el centro y fin de toda actividad siempre es el sujeto humano, el hombre.
Si el “Derecho” –que debe comprender a todos, según Lorenzetti- se lo entiende como la “convivencia justa”, nunca habrá convivencia justa entre personas, grupos y comunidades si los que creen que poseen en exclusiva los “fundamentos” niegan de manera a priori el derecho a la existencia, o si los no fundamentalistas –con arrogancia intelectual- hacen todo lo posible por excluir a los fundamentalistas. Sin voluntad de entendimiento mutuo, no habrá respeto ni paz, ni se llegará a la convivencia justa tan anhelada.
¿Qué habrá que hacer –y esta cuestión es insoslayable- cuando el fundamentalismo y el fanatismo se asocian al poder político-jurídico? La respuesta filosófica es y será siempre oponer tenaz resistencia exterior e interior. El fundamentalismo es un reto para las ciencias de la educación, la filosofía del derecho, la filosofía política, las ciencias sociales, el derecho, las ciencias de la tierra, la matemática aplicada, la teología y la doctrina del magisterio católico. Es un desafío para todas las iglesias y grandes religiones, del que ya no puede hacerse caso omiso sino que es menester afrontar con seriedad intelectual y compromiso solidario al llamado dos veces milenario “que todos sean uno” en el respeto irrestricto por la diversidad.-