En torno a la memoria y la Megacausa de Derechos Humanos en Santiago del Estero

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Por Paulo Margaria

Becario CONICET/INDES/UNSE. Licenciado en Ciencias Políticas por la UCSE – oulapmarga@gmail.com

El avecinamiento del comienzo de lo que se conoce como “Megacausa” nos convoca como sociedad santiagueña a un debate necesario y fundamental para la construcción y fortalecimiento de la democracia, y el ejercicio ciudadano de la memoria.
La “Megacausa” o “Causa Madre”, que comienza en la primera quincena de Mayo -si es que los artilugios judiciales, administrativos y “burocráticos”(1) permiten hacer honor a los avances(2) de la Justicia-, está dividida en 4 grupos: Grupo 1 (desaparecidos, 14 casos) y Grupo 2 (detenidos, 45 casos) que abarcan casos anteriores al Golpe de Estado del 76 cuando Carlos Juárez era Gobernador Constitucional de la Provincia; Grupo 3 (desaparecidos, 17 casos) y Grupo 4 (detenidos, 40 casos), que son los casos posteriores al golpe(3)
En este contexto el sentido de trabajar la memoria está vinculado con el pasado, con el presente y con el futuro de nuestra sociedad. La dictadura quiso imponer el olvido, no solo para preservarse de los delitos cometidos sino también para romper con los valores básicos de la condición humana pretendiendo de este modo perpetuar el olvido y la impunidad. .
Las estrategias utilizadas por la dictadura militar con el objetivo de producir olvidos fueron varias, sin embargo presentaremos aquí una que en nuestra opinión es la más importante por la fuerza de su arraigo y su naturalización en cierta parte de la sociedad. La producción de la figura del desaparecido.
En los años setenta, en el contexto de efervescencia colectiva (4) y en el seno de una espiral de violencia radicalmente confrontativa, la dictadura militar desplegó una feroz represión que arrojó como resultado una de las tragedias colectivas más severas de nuestro país. “Las figuras inusitadas del “desaparecido” y del niño “des-identificado” condensaron el espanto del terrorismo de Estado y el omnipotente deseo de aniquilamiento de toda memoria de las víctimas, de todo nombre, de toda identidad. Por eso entre nosotros, como efectos extraordinariamente perversos del terrorismo de Estado, son la desaparición y desidentificación de personas las que concentran el mayor desafío ético e intelectual” (5)
Como sostiene Crenzel “La desaparición de personas se ha caracterizado por ser una de las más perversas prácticas de tortura sobre familiares y amigos. Esto porque el desaparecido, oficialmente, no está preso, ni tiene tumba, es la construcción perversa de un ser “en suspenso” en el tiempo y en el espacio, abriendo una herida siempre alimentada por la esperanza, por el “no-nombre” y por toda la situación que significa el no saber” (6).
Entonces en una sociedad con desaparecidos, con prácticas sistemáticas de violación de los más elementales derechos, están presentes no solamente los daños causados directamente a los aludidos y sus familiares. También al mismo tiempo se producen prácticas de complicidad, sumisión, miedo, omisión y principalmente olvido. La producción masiva de las desapariciones involucró tareas y momentos diversos dentro de una vasta y compleja operación clandestina, tanto en la formulación y conducción estratégica como en su desenvolvimiento. “Determinar que la única relación posible sería la negación radical del otro, seleccionarla como la modalidad en que se concretaría la decisión de exterminio, clasificar e identificar los cuerpos a desaparecer, secuestrar a miles de personas, (…) establecer cientos de espacios clandestinos de encierro, (…) producir el exterminio masivo de personas, ocultar los cadáveres procurando borrar toda huella de los crímenes, construir la red social de encubrimientos y ejercer el terror y construir un sentido común dominante que conviviera aterrorizado con las desapariciones, las aceptara o las justificara” (7) desgarrando el tejido social imponiendo el silencio, el “como si nada”, el “de eso no sehabla”, el “algo habrán hecho”, el “no son inocentes”, es decir, la estigmatización que justificaba y racionalizaba el silencio dictado por el miedo, todo esto nos advierte acerca de la densidad y complejidad social y política que asumió su materialización.
En un pasaje de su libro “De utopías, catástrofes y esperanzas”, Oscar Terán sostiene que “Los desaparecidos son los que no aparecen; los niños (hoy adultos) son los que no se saben a sí mismos en relación a sus ancestros. Esa negatividad, ese no, esa privación es la condición de posibilidad de que aquello que sucedió siga sucediendo, porque en rigor es un ocurrir que no tiene reconocimiento.” (8)
“El término desaparecido expresa un indicador, en el plano del lenguaje, de la voluntad de encubrir el destino del secuestrado y la identidad de los perpetradores de la desaparición. Su complemento discursivo fue la utilización de una serie de metáforas encubridoras: “los intentos de fuga”, “los enfrentamientos”, “la oposición de resistencia a la autoridad”, “los suicidios” y “los accidentes” que procuraban explicar, desde el relato oficial, los excepcionales casos en que los cadáveres aparecían a la luz pública” (9)
¿Cómo evitar la repetición de un proceso social que aun no sabemos con plenitud cómo pudo suceder? Pensar y analizar su génesis y desenvolvimiento debe constituirse en una de las formas de enfrentar ese camino posible.
Entonces creemos que la pregunta fundamental es ¿para qué recordar? Lo que se intenta plantear es la memoria en términos de “estrategia cultural”. En el fondo esto se pone de manifiesto en la demanda de “recordar el pasado para no repetirlo”, es decir, transformar esos testimonios en algo más que un mero registro de una situación por la que no hemos tenido la ocasión de pasar, sino más bien en una fuente de acción en el presente. Al entender de esta manera el “deber” de la memoria, como una exigencia de acción más que una de simplemente recordar, permite sobrellevar la sensación abrumadora que nos producen los testimonios de los sobrevivientes. Como sostiene Belvedresi “Hay un dolor que se recrea cada vez en quien emite el testimonio y en quien lo recibe. Se trata de que ese dolor nos ponga en acción, más que paralizarnos. (…) Se trata de aceptar que así como el presente resulta ser una composición en tensión de múltiples proyectos y orientaciones hacia el futuro; así también, el pasado reciente nos confronta desde una pluralidad de voces.” (10)
Además creemos que es necesario pensar el relato de lo que sucedió en la Argentina no ya como patrimonio de los afectados directos sino como un conocimiento compartido por generaciones sucesivas. Necesitamos hablar para que haya justicia, como reparación social: la impunidad es un escándalo que también impide la palabra, prolonga el silencio reduciendo la palabra a grito y a impotencia. Reconocer que esta apuesta está cargada de memoria significa también que hay conquistas a defender. Esto nos conduce a considerar la democracia, no como una simple norma de procedimiento, sino sobre todo como una conquista histórica.
Necesitamos hablar porque en el dialogo dinámico con los diferentes actores sociales, la memoria es una herramienta fundamental para modificar el presente. Para generar un sistema de valores que ayude a comprender acciones y actitudes. Para permitir discernir acerca de las condiciones que lo hicieron posible no sólo en las practicas estatales y en la condiciones económico sociales sino también en las formas de pensar y actuar de los individuos y los ciudadanos. La memoria debe impactar sobre las subjetividades, debe transformar a los sujetos. La memoria debe interpelar a la responsabilidad. La memoria sin un compromiso ético que actúe como limite a las conductas se vuelve vacía, mera retórica, la memoria demanda compromiso, acción, lucha política.
“La herencia de este siglo de barbarie –dice Enzo Traverso- está hecha de millones de víctimas sin nombre y sin rostro, victimas que ‘cavaron su tumba en el aire’, como los judíos eliminados en los crematorios de Auschwitz, o en el océano, como los desaparecidos de la dictadura argentina: una ‘alianza tacita’ nos une con este mundo perdido. Estos recuerdos son de una importancia vital, ya que el humo de los crematorios y el agua del océano era, en los objetivos de los verdugos, borrar las huellas del crimen, desaparecerlo, asesinar su memoria. En otras palabras, el crimen perfecto, el asesinato sin pruebas ni existencia” (11)
Para terminar, la pregunta acerca de cómo pudieron sucederse las desapariciones y qué reclamaciones y responsabilidades asumieron las diversas fracciones o grupos de la sociedad civil en Argentina con este proceso, reproduce la emergencia de una pregunta recurrente: ¿Cómo fue posible el horror? La persistencia de este interrogante habla de la insuficiencia del conocimiento acumulado hasta ahora para darle una respuesta, para precisar la génesis de estos procesos sociales y la deuda de la investigación histórica y de las Ciencias Sociales para con la construcción de un conocimiento acerca del pasado reciente (12)
Este interrogante no es de fácil constitución. Involucra la decisión de una sociedad o parte de ella por pensarse a sí misma y a su pasado, a enfrentarse a sus divisiones y desgarramientos, a reconocerse en el horror producido, de recuperar la socialidad, y con ella, nuestra condición humana plena. Porque el silencio y la indiferencia son las peores de las posibilidades.


Notas a pie

1) Para hacernos una idea tomemos datos concretos. A más del 50% de imputados en este causa -es decir a quienes se los debería citar a declarar para luego de si se confirman las sospechas sobre la autoría del delito se pasaría a una segunda etapa que sería el procesamiento- todavía ni siquiera le tomaron declaración. Otro ejemplo de este “tiempo de la justicia” es la demora que se tuvo en la sustancialización de la Megacausa que paso casi un año con el correspondiente pedido de elevación. Parece ser que existen momentos en los que “la justicia se convierte en una pesada maquinaria de cuyos laberintos vericuetos asoma nuevamente la amenaza de impunidad para con algunos de los imputados”. Ver la nota editorial del número 24 del Periódico institucional del Instituto Espacio de la Memoria: “Presentes”.
http://www.iemsantiago.org/images/Periodicos-PDF/Presentes24.pdf
2) O mejor dicho al correcto funcionamiento que debería tener la justicia en nuestro país, es más el correcto funcionamiento que nosotros como sociedad deberíamos exigir a la institución en el que depositamos nada más y nada menos el deber de impartir justicia.
3)Para un informe completo sobre la conformación de la Megacausa verhttp://www.iemsantiago.org/images/Periodicos-PDF/Num3.pdf
4) Coincidimos con Donatello que este concepto, de raigambre en la teoría sociológica clásica, permite pensar con mayor complejidad y precisión el proceso de transformación de las décadas del sesenta y setenta, que conceptos como radicalización, ruptura o revolución. (2010: 48). desgarrando el tejido social imponiendo el silencio, el “como si nada”, el “de eso no se
5) Terán, Oscar, (2006) “De utopías, catástrofes y esperanzas: Un camino intelectual, Siglo XXI: Buenos Aires, p. 187.
6) Crenzel, Emilio, “Pensar el mal”, Revista Puentes, Nº 13, Noviembre, 2004.
7) Ídem.
8) Terán, Oscar, (2006) op. cit., p. 187.
9) Crenzel, Emilio, op. cit.
10) Belvedresi, Rosa, “Memorias en pugna y el pasado reciente”, en Mudrovcic, María (ed) Pasados en conflicto. Representación, mito y memoria, Prometeo: Buenos Aires, 2009, p. 153.
11) Traverso, Enzo, “El ‘uso público’ de la historia”, en Revista Puentes, Nº 4, Octubre, 2001.
12) Vuelvo sobre la propuesta de Crenzel, op cit.


Bibliografía y revistas consultadas:
Belvedresi, Rosa, (2009) “Memorias en pugna y el pasado reciente”, en Mudrovcic, María (ed), Pasados en conflicto. Representación, mito y memoria, Prometeo: Buenos Aires.
Crenzel, Emilio, “Pensar el mal”, Revista Puentes, Nº 13, Noviembre, 2004.
Donatello, Luís (2010), Catolicismo y Montoneros: religión, política y desencanto.Manantial. Buenos Aires.
Revista Presentes, todos los números se los puede descargar o consultar online:
http://www.iemsantiago.org/descargas.html
Terán, Oscar, (2006) De utopías, catástrofes y esperanzas: Un camino intelectual, Siglo XXI: Buenos Aires.
Traverso, Enzo, “El ‘uso público’ de la historia”, en Revista Puentes, Nº 4, Octubre, 2001.