¿Instituciones psicoanalíticas o séquitos de vana idolatría? La cosmética analítica espectacular.

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Por Juan Leopoldo Ramos
Universidad Católica de Santiago del Estero – juanllramos@hotmail.com

El psicoanálisis fue definido por Freud a partir de sus tres aristas, como la articulación de una teoría acerca de ciertos objetos de conocimiento, un método para explorar esos objetos teóricos y una técnica para operar transformaciones para la cura.

Sin embargo, estos tres elementos funcionan indefectiblemente asentados sobre un cuarto elemento que no fue demasiado atendido por Freud: la institución. De ella depende lo que se haga o se deshaga con el trípode freudiano.

El psicoanálisis funciona como una institución más y esto no es una buena noticia. Es que justamente los manejos políticos mediatizados por las instituciones psicoanalíticas han constituido históricamente el marco en el cual se ha producido la infiltración del psicoanálisis capitalista, con esa psicología del sujeto autónomo que justamente la revolución freudiana vino a desterrar; y fue por ahí por donde se asignaron metas pedagógicas y adaptativas extrañas a su espíritu.

Los mismos psicoanalistas fueron quienes favorecieron, facilitaron, coadyuvaron esta inframorfosis del psicoanálisis, movidos por un ardiente deseo de reconocimiento por parte del establishment (norteamericano, pero también francés o argentino). Recordemos que llegaban desde Europa desarraigados pero también desconocidos.

La institución psicoanalítica tuvo que definir su jurisdicción, conseguir y sostener su legitimidad, delimitar el territorio de sujetos y objetos que serán regulados, determinar los estándares de admisión y reproducción de sus candidatos; es decir, conducirse como la institución psiquiátrica y su política clasificatoria, idénticamente, en un movimiento que no puede dejar tranquilos a quien se llamen analistas. (2)

Desde este ángulo, el psicoanálisis constituye un aparato ideológico del Amo tanto como la psicología y la psiquiatría. Funciona como otro dispositivo más para el control de la subjetividad primero, y en lo posible, su abolición después. Se articula con el mandato capitalista de la adaptación. Puede y debe integrarse a la malla política que le interpela para la regulación de su estatuto, sus procedimientos de producción y reproducción, sus canales de transmisión, su economía simbólica misma.

Por ello encontramos en Braunstein un aforismo estridente: “Institución psicoanalítica es una expresión contradictoria, cargada de una antinomia lindante con el escándalo. La institución es la muerte del psicoanálisis. El psicoanálisis es la muerte de la institución. Puede que sólo la marginalidad, esa marginalidad en la que se originó, convenga al descubrimiento freudiano. O una institucionalización inestable, expuesta siempre a la disolución, opuesta siempre a la centralización y el dogmatismo, ataúdes del deseo.” (3)

El psicoanálisis está condenado a muerte, condenado a lo que Roudinesco gusta llamar la “esclerosis”, si se queda enganchado al funcionamiento de la institución. El psicoanálisis no va bien con la centralización y el dogmatismo, características supremas de una institución.

La vía del psicoanálisis está tendida sobre los carriles de la crítica permanente, de la exposición al cuestionamiento. De lo que se trata es de cuestionar todo lo que podría embolsarse como “blasones”. Esa materialización superfetatoria de tono, timbre y tema imaginarios que se vehiculizan por los rangos y los cursos, las influencias y las asistencias, los maquillajes y las antigüedades, no funcionan sino como el apresto inútil de la cadaverización analítica que, no obstante, ya estaba lanzada en el proyecto fundacional, en tanto institución misma.

Sandor Ferenczi dio una buena apreciación de la dinámica intrínseca a una institución: “Conozco bien la patología de las asociaciones, y sé hasta qué punto, en los agrupamientos políticos, sociales y científicos, suelen reinar la megalomanía pueril, la vanidad, el respeto a fórmulas huecas, la obediencia ciega, el interés personal, en lugar de un trabajo concienzudo consagrado al bien común.” (4)

Del panorama presentado por Ferenczi al momento de inaugurar la IPA en 1910, podemos extraer idénticas características para la institución psicoanalítica, un siglo después.

La megalomanía pueril se destapa como encabritada cada vez que Lacan retorna pero bajo la caricaturesca forma de una máscara barata reconocible en la solemnidad estrambótica del/la analista enajenado/a en su speech. De repente, la performance, nos parece dar la sensación de asistir al nacimiento de un nuevo maestro de psicoanálisis. Sin embargo, terminamos dándonos contra una función más próxima al Macanudo de Liniers que a un Seminaire lacanien.

La vanidad presenta una afinidad que nos empuja a motejarla de inédita para una pretendida convocatoria al pensamiento. Se produce un desplazamiento que nos desliza desde una cogitación ardua hasta una dialéctica del pavoneo. Erotización de las presencias y derogación de las ponencias.

Rímel, alisado, trajecitos y mucha pose analítica (¿Cuál sería?) producen una enajenación en cuanto juegan a la comprensión cosmética del cuerpo pleno, tiranizados y tiranizadas por las miradas otritas, ni siquiera por la mirada del Otro, en clave exclusiva de pose. En psicoanálisis sabemos que “estar en” algo o alguien, en analista por ejemplo, en maestra de escuela por ejemplo, en excelentísima asistente primera de la maestra, por ejemplo, ronda la cuestión de la infatuación, de las vestiduras de la impostura, del regodeo casi, a Dios gracias, sin fondo del empalagamiento imaginario. Que quede claro: esto no es inscribir prácticas analíticas, esto es reunión social de cosmética analítica.

El respeto a fórmulas huecas nos parece presentificar el candidato tipo a la función analítica. La enseñanza psicoanalítica toma la forma del estribillo psicótico (5) para organizar un banquete de señas donde las relaciones de comprensión jaspersianas pululan inopinadas por donde se toque.

“El deseo es el deseo del Otro”, “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, “hay que atravesar el fantasma”, son algunos ejemplos absorbidos por las relaciones de comprensión funcionando en el seno mismo de la transmisión y las conversaciones entre candidatos y analistas.

La esterilidad aprontada en la lógica que Foucault nombraba como percibir-recordar-repetir para los oficiales de salud (6), es desempolvada sin pruritos para los grupos psicoanalíticos en términos de una casuística que amenaza con volverse dato estructural. La ubicua práctica de la fórmula hueca repercute en la amenaza incesante del psicoanálisis como “tierra baldía”, tomando el nombre del célebre poema de T. S. Eliot.

La fórmula jamás debe ser hueca ni debe tener respeto. ¿Desde cuándo el respeto se volvió categoría epistemológica? ¿Cuándo el respeto contribuyó al movimiento, sea cual fuere? Lo único que de epistemológico que tiene el respeto, es que es un obstáculo epistemológico. El respeto merece un lugar en el principio del placer, en las arcas del conformismo porque, en realidad, es la insolencia en el momento de interrogar un trabajo de pensar, la actitud, la posición subjetiva que merece, como ir más allá de lo que hay codificado, lo que debe ser apuntado, con más peso aun en el movimiento psicoanalítico. Puesto que es aquí donde se ha deslindado en lo real aquello que son los registros de la experiencia humana, y los polos que la satirizan. ¿Cómo el analista, las analistas, van a jugar al des-conocimiento de esto mismo?

La obediencia ciega a los jefes fundadores o iniciadores nos parece más cercana a un Woody Allen bufonesco (7) que a un Anthony Hopkins obsesivo y mayordomo (8). Cuando el analista devenido rockstar pronuncia su Palabra, todas las formas inciviles de la obsecuencia pueden funcionar para repartir la transmisión entre otritos que hay que coagular y el Otro adorable que tiene la llave. No hacemos más que redundar si acentuamos que la dimensión imaginaria organiza esta fenomenología grotescamente circense.

La obediencia ciega nos presenta un orden militar o religioso, en cualquier caso un fanatismo, un primer plano un “ismo”. Un ismo es una pretensión de totalización. Una pretensión tal no puede considerarse psicoanálisis, al menos rigurosamente hablando, lacanianamente hablando. ¿Por qué los pichones de analistas, los veteranos analistas, los analistas jóvenes nos muestran esta posición de obediencia ciega a los jefes fundadores? ¿Qué parte de toda la teoría y la práctica psicoanalítica no se entiende? Si en el psicoanálisis esta adoración es como la del Urvater, ¿cómo acontecería el mismo desenlace, hoy, en nuestras escleróticas espectaculares instituciones analíticas? ¿Qué se hace con las estrellas de los orígenes y los blasones? ¿Qué tiene comprometido ahí ese “séquito de vana idolatría” como expresa Adrián Dárgelos?

El psicoanálisis para sobrevivir tiene que ser marginal, a-social, vivir a contracorriente, en la impugnación sin concesiones de la realidad y la ideología, lugares comunes que fagocitan la revolución freudiana. Maud Mannoni: “En esta situación, el psicoanálisis como ciencia está llamado a desaparecer. Si sobrevive, ello sólo será al precio de no integrarse al aparato administrativo del Estado. Viviendo al margen de todo reconocimiento, en un lugar en que se lo considerará maldito como a la peste, llegará a recuperar el verdor del comienzo de la era freudiana (y a escapar a la era menopáusica que hoy lo aqueja).” (9)

El psicoanálisis, como señala Mannoni citada por Braunstein, debe ocupar una posición maldita, de mal-decir. Un “mal decir” que es “malo” para los requerimientos e intereses del poder, del establishment que siempre aspira a la totalización y al desarme de cualquier intento de cuestionamiento. Esto es el dogmatismo y la centralización que tornan al psicoanálisis una práctica pervertida y esterilizada.

Los objetivos del Amo se alcanzan cuando los estudiantes, los candidatos, los aspirantes a analistas y los analistas anulan el psicoanálisis como peste, como subversión infatigable, para entregarse a la esclavitud, a la prostitución del deseo del sujeto, del analista y del psicoanálisis; como lo ejemplifica esta caterva infame que desagregamos del discurso de Ferenczi para nuestro psicoanálisis d’aujourd’hui.

Podrá decirse, “está bien, eso no, ¿entonces qué?”. Lacan propuso algo ya: “Método de verdad y de desmitificación de los camuflajes subjetivos, ¿manifestaría el psicoanálisis una ambición desmedida, de aplicar sus principios a su propia corporación, o sea a la concepción que se forjan los psicoanalistas de su papel ante el enfermo, de su lugar en la sociedad de los espíritus, de sus relaciones con sus pares y de su misión de enseñanza?” (10).

 


Notas

1. El presente artículo constituye una modificación de un capítulo de la tercera parte de mi trabajo final de grado de licenciatura en psicología: “El obsceno objeto de la adaptación. Ética y política en el campo psi bajo una lectura freudolacaniana”.
2. Cf. Braunstein, Néstor. Psiquiatría, teoría del sujeto, psicoanálisis (hacia Lacan), México, Siglo XXI, 1980.]
3. Cf. Braunstein, N. Psiquiatría, teoría del sujeto, psicoanálisis (hacia Lacan), p. 174.
4. Cf. Roudinesco, Elisabeth. y PLON, Michel. Diccionario de psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2005, p. 533.
5. Cf. Lacan, Jacques. El seminario. Libro 3. Las psicosis, 1955-1956, Buenos Aires, Paidós, 1984, p. 53.
6. Cf. Foucault, Michel. El nacimiento de la clínica, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 123.
7. Allen, Woody. Everything you always wanted to know about sex* (*but were afraid to ask), Warner Bros, 1972.
8. Ivory, James. The remains of the day, Columbia Pictures, 1993.
9. Braunstein, N. Psiquiatría, teoría del sujeto, psicoanálisis (hacia Lacan), pp. 174-175.
10. Lacan, Jacques. Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005, p. 231.