El doble vínculo en las interacciones humanas

495
Por Alicia Asfora
Psicóloga. Especializada en Terapia Sistémica y Comunicación Humana. Docente Ucse y Ucse DASS – aliasfora@hotmail.com

Desde que nacemos, los seres humanos intercambiamos información con el mundo que nos rodea y ‘organizamos’, por decirlo de algún modo, nuestras percepciones de acuerdo a la información que recibimos. Al relacionarnos, no sólo intercambiamos información acerca de cómo vemos el mundo y de cómo nos vemos a nosotros mismos, sino, también, solicitamos información acerca de cómo nos ve el otro. Esto es de vital importancia para cada quien, a los fines de su autopercepción y percatación, además de marcar las pautas, patrones, modos o formas de conducirnos con cada quien.

Gregory Bateson plantea que estas pautas se aprenden y que nuestro aprendizaje se va organizando en grados de mayor complejidad.

Cuando en un intercambio de información se produce una comunicación defectuosa que deja sumido al receptor en un estado de incertidumbre o falsa comprensión respecto a qué clase de mensaje es ese mensaje, se ha producido una confusión. Existe peligro de confusión dondequiera sea preciso traducir el sentido y la significación de una cosa de un lenguaje a otro. Los seres humanos estamos especialmente propensos a incurrir en estos ‘errores’ dado que para comunicarnos empleamos no sólo palabras, sino también movimientos corporales.

Por lo general, solemos salvar una confusión pidiendo a nuestro interlocutor que aclare lo que nos ha dicho o nos ha mostrado, es decir, hablamos de nuestra relación con el otro, de lo que nos confunde; en una palabra: metacomunicamos y, si es intolerable la situación, solemos abandonar el campo.

Pero, cuando la confusión tiende a ‘bloquear’ los tres campos de la vida y de la actividad humana, a saber: la acción, el pensamiento y el sentimiento, y resulta imposible pedir aclaración sobre la confusión o abandonar la interacción, estamos frente a un “doble vínculo”. El término “doble vínculo”, fue desarrollado por primera vez por Gregory Bateson y colaboradores en el año 1956, como una hipótesis explicativa del fenómeno interaccional que se observa en la comunicación esquizofrénica.

Tal como fue descrita esta situación por sus autores, para que este ‘modo’ de comunicación se manifieste, es necesario:

a) una relación muy significativa entre dos o más personas;

b) una experiencia repetida de doble mensaje o “doble vínculo”;

c) un mandato primario negativo del tipo “no hagas eso o te castigaré” o “si no hacés eso te castigaré”;

d) un mandato secundario que está en conflicto con el primero en un nivel más abstracto y, que al igual que el primero, está reforzado por castigos o señales que anuncian un peligro para la supervivencia.
Por lo general, se trata de mensajes no-verbales que contradicen la prohibición primaria, tales como, por ejemplo, un gesto que muestra “no consideres esto un castigo”, o “no me veas como alguien que te castiga”. O, verbalmente es contradicho el primer mandato diciendo, por ejemplo, “lo hago por tu bien” o “hacé las cosas por vos mismo y no porque te digo que las hagas”;

e) un mandato negativo terciario que prohíbe a la “víctima” escapar del campo; y

f) luego, la persona aprende a percibir su universo bajo patrones de doble vínculo y ya no es necesario que se den secuencialmente todos los pasos, sino que casi cualquier parte de la secuencia de doble vínculo puede resultar suficiente para precipitar el miedo o la furia. De acuerdo a los autores, una persona atrapada en una situación en la que haga lo que haga, “no puede ganar”, es decir, en una situación de “doble vínculo”, puede desarrollar síntomas esquizofrénicos.

La esquizofrenia incluye principios generales que son importantes en toda comunicación y, por ende, pueden encontrarse muchas similitudes esclarecedoras en situaciones “normales” de comunicación.

El doble vínculo hace referencia a la confusión que le acarrea a una persona tener que vérselas con la dificultad de discriminar entre dos mensajes contradictorios entre sí y la imposibilidad de comunicar acerca de tal contradicción. De lo que se deriva que los dobles vínculos no son tan sólo instrucciones contradictorias, sino verdaderas paradojas.

De algún modo, todos tenemos conciencia de haber vivido situaciones de doble vínculo. Lo que quizá resulte más difícil de discriminar, sean aquellas ocasiones en las que hemos promovido tales situaciones. De alguna manera, ‘intuimos’ que este tipo de relación nos ‘garantiza’ dejar cautivo al otro con nosotros. Y dado que son pautas que se aprenden y que (como dicen los autores de la teoría) aprendidas estas pautas, nos habituamos a ver en cada interacción patrones doble vinculares, no es difícil suponer que si nos hemos habituado a ellas, tendamos a proponer dobles mensajes en la relación.

Esto ocurre en lo cotidiano, por ejemplo, cuando falsificamos las señales de nuestros mensajes, falsificación que, en la mayoría de los casos, es inconsciente. Un ejemplo de este caso se da cuando, en una charla, dejamos un mensaje inconcluso para que el otro ‘adivine’ qué queremos decir: “Respecto a lo que pasó el otro día… vos sabés a qué me refiero”, de tal manera que nos quedamos con la última palabra para aceptar o rechazar lo que nuestro interlocutor “sabe” de acuerdo a lo que nos conviene escuchar.

Todo tipo de disimulación promueve situaciones de doble vínculo. La mentira, en sus facetas de engaño, ocultamiento, fraude, etc., tiende a atacar la confianza del otro, quien, a su vez, empieza a dudar de sus propias percepciones. Si a esta situación, le agregamos que cuando el otro trata de decir de su confusión (o que le ha mentido), se le replica diciendo que está equivocado, calificando inmediatamente su conducta de “loca” o “mala”, y estas circunstancias se repiten frecuentemente, es muy probable que acepte que es él el que está equivocado y que el otro “tiene la razón” y, por ende, ya no recurra a metacomunicar cómo se está sintiendo.

A partir de ahora pondrá en duda sus percepciones y estará ‘pendiente’ de que, en algún momento, el otro lo confirme -situación que no suele ocurrir-, por lo que, irremediablemente, ambos se verán entrampados en un doble vínculo; esto, siempre y cuando la relación y el vínculo sean importantes para ambos.

Otro ejemplo de doble vínculo, que se observa a diario, se produce cuando alguien pide a otro una conducta espontánea, que deja de ser espontánea desde el momento mismo en que ha sido pedida. La espontaneidad exigida conduce inevitablemente a una situación paradójica en la que el mero hecho de plantear la exigencia, hace imposible el cumplimiento espontáneo de la misma.

En definitiva, el fenómeno del doble vínculo existe y no es un fenómeno aislado ni privativo de la comunicación esquizofrénica; ocurre con mucha frecuencia en nuestras interacciones cotidianas: entre padres e hijos, entre esposos, entre amigos, entre compañeros de trabajo y en muchas más.

A mi entender, el hecho de tomar conciencia de sus características y efectos, puede llegar a mostrarnos nuestro grado de participación en la generación de dobles mensajes, de mensajes que confunden, cuando no los emitimos claramente; puede recordarnos cómo los seres humanos nos influimos mutuamente con nuestras conductas y ayudarnos a decidir de qué modo queremos establecer nuestras relaciones con los demás; puede alertarnos a no incurrir en situaciones que generen confusión en lo que decimos y mostramos; puede conducirnos a que propiciemos mensajes claros, que se presten a la menor confusión posible en su interpretación, a la vez de solicitar aclaración de aquellos mensajes que nos resultan confusos, al percatarnos de lo fundamental que resulta para todo ser humano ser convalidado por otro ser humano en sus percepciones y en su propia definición de sí mismo; puede ayudarnos a recordar que, en definitiva, nuestra existencia depende de la confirmación del otro y que al confundirlo y/o desconfirmarlo, sólo estamos condenando nuestra libertad y la suya.


Bibliografìa

Paul Watzlawick; Janet Helmick Beavin; Don D. Jackson; “Teoría de la Comunicación Humana”. Editorial Herder, Barcelona, España, 1983