Feria de ropa americana: forjando una expresión identitaria

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Por Silvia Vanina Ferrero
vsferrero@live.com.ar

Solo a través de lo concreto es que se puede discutir ya sea para defender una postura u oponerse total o parcialmente a ella. Es por ello que el siguiente trabajo tiene como objetivo principal el de significar o representar una densa descripción de lo que en el comportamiento de lo que  a los ojos de muchos es simplemente una manifestación comercial,  es para los nuestros una posibilidad, sino la creada por los mismos actores, para construir y defender su identidad, la cual, aunque resulte innecesario expresarlo, les pertenece y le es propia.

Nos propusimos desentrañar, o al menos intentarlo, aquello que hay detrás de lo que en la ciudad de La Banda parece ser simplemente la imitación de lo que ya sucedió en la ciudad de Santiago del estero y en tantas otras provincias de nuestro país. Nos referimos a las ferias de ropa americana, las que en boca del gentío, se denominan “saladitas”.

Viernes, sábados y domingos: días de trabajo

Días en los que al llegar nos encontramos con una puesta en escena simple, general, común y nada extraña o sorpresiva, salvo si es que se va con la intención de desenmarañar lo que superficialmente parece ser normal. Y como justamente nuestra intención era esa, nuestra primera actitud fue la de establecer el primer contacto como  “clientes-vendedores”.

El acercamiento no fue para nada fácil. Si el hecho de fingir ser clientes nos condicionaba a respuestas monosilábicas, imaginábamos, luego de tres días de visita, que debíamos seguir “trabajando” en el acercamiento hacia los vendedores, tarea nada fácil, si se tiene en cuenta lo serio del trato por parte de los mismos.

En definitiva, el panorama general nos permitía divisar una simple forma de comercialización, con un trato de vendedor a cliente un tanto diferente pero no por ello inaceptable, una simétrica y casi ordenada disposición de tablones, lonas y cables con focos para iluminar el territorio de venta, una guardia permanente de cada  vendedor en su puesto de venta, un trato cordial aunque limitado, (mucho más aun en las mujeres, dos en la feria de la ciudad de La Banda), una cierta amabilidad entre ellos, y todo lo que parecería común y normal de verse en cualquier relación entablada entre personas conocidas.

Recién el cuarto día vimos luz y en ella queremos significar la posibilidad de entablar un dialogo que fuera más allá de un “si”, “no” o del precio de alguna prenda.

En esas instancias descubrimos que la insistencia en la consulta ayudaba a que nuestras caras ya les sean prácticamente conocidas, que las reiteradas visitas nos abrían las puertas a un diálogo un tanto más extenso, una sonrisa y un tono amable, con la posibilidad de llevar a cabo nuestro trabajo. Un trabajo que en definitiva no es otro que el de cumplir con el objetivo principal de la investigación etnográfica, el cual, parafraseando a Clifford Geertz  “consiste en lanzarnos a una desalentadora aventura cuyo éxito sólo se vislumbra a lo lejos; tratar de formular las bases que uno imagina, siempre con excesos, y  haber encontrado apoyo, es aquello en que consiste el escrito antropológico como empeño científico”. Y además, teniendo siempre  claro que “no tratamos de convertirnos en nativos, sino que lo  que procuramos es conversar con ellos, una cuestión bastante más difícil”, es que nos dispusimos a cumplir con nuestro objetivo.

Luego de  varios intentos de entablar una conversación más amena (a diferencia de  aquellas a las cuales habíamos accedido), y de intentarlo en reiteradas oportunidades, quien nos dio la primera muestra de que lo que pretendíamos era realmente posible fue Yoni, un joven de 18 años, de estatura baja, con rasgos y características filiatorias propias de los habitantes de salta, una tonada que lo diferenciaba de  quienes en gran mayoría habitan este suelo, los santiagueños, y un tanto más risueño que  los demás vendedores.

Aunque dispuesto, a partir de ese momento, a dialogar con nosotros, no dejaban de ser importante para él, (por lo menos durante el primer día de nuestro real acercamiento), la mirada o el paso  de quienes realizaban su mismo trabajo. (Conocidos suyos, “amigos, primos, changos que conoces y no tienen una forma  de salir adelante, entonces buscan esto”, nos diría el joven más tarde). En tales circunstancias, sus palabras se volvían ausentes hasta tanto sus “compañeros” se encontraban lejos de él.

Tal situación se fue revirtiendo, tal es así que a través de los relatos de Yoni, pudimos  saber que dichas “saladitas” presentan  una estructura bien definida; y que ésta forma de comercialización sufrió una suerte de expansión geográfica en gran parte del territorio nacional.  Nos contó que ya se expandieron por varias provincias del país, más específicamente “en todo el norte, Salta, Jujuy, porque por ahí es más fácil pasar las cosas”, dice refiriéndose a  la ropa que ofrecen, de la cual, (para explicar la procedencia), dice que  “vienen del extranjero, de familias ricas y de empresas, de todas partes del mundo, de EE.UU., China, Japón, de ahí las hacen pasar a Bolivia y de Bolivia a  La Quiaca en Jujuy, en donde nosotros las compramos”.

Pero además de contarnos que el recorrido de las prendas es largo, sus expresiones nos dan a saber  que la primera aparición de un mercader se da prácticamente a fines de la primera tercera parte del recorrido de la mercancía. Esto, (que no debería suceder ya que el destino de las mismas es convertirse en donaciones, porque con tal fin son solicitadas), se ve reflejado en el accionar de quienes “se adueñan de la ropa, las llevan a galpones donde las separan  en primera, segunda, tercera y cuarta calidad” y las venden “en bultos” a un precio determinado, los cuales, en sus palabras, “son bastantes altitos”. “De ahí nosotros separamos la ropa y le ponemos el precio que le damos a la gente”, dice el joven de 18 años, de alguna manera culminando con la reseña del itinerario.

Sus palabras suenan firmes, y su postura es de una persona segura a pesar de los cortos 18 años de vida. Y son justamente sus palabras las que evidencian en su relato que las subjetividades están a la vista; es que a  lo mejor el mismo hecho de saberse responsables de esta  naciente  forma simbólica de  la comercialización textil, al menos en nuestra provincia, es que señalan  que lo que ellos conformaron “no es una saladita, sino una feria de ropa americana”; “De la nada nos pusieron saladita”, expresa, a modo de  acentuar la defensa de  la identidad, que al parecer, creen propia y  que construyeron a través de esa práctica.

Pero, ¿que nos hace pensar que en realidad esos dichos significan una “defensa de la identidad”?. ¿Es válido aquí el término tal cual  evidencia un determinado significado?

La identidad, según Gilberto Giménez en su obra “Materiales para una teoría de las identidades sociales”, se atribuye siempre en primera instancia a una unidad distinguible, cualquiera que ésta sea (una roca, un árbol, un individuo o un grupo social). Agregado a ello, “En la teoría filosófica” – dice D. Heinrich – “la identidad es un predicado que tiene una función particular; por medio de él una cosa u objeto particular se distingue como tal de las demás de su misma especie”.

Pero, ¿es aceptable en esta situación tal definición? ¿Es la distinguibilidad lo que buscan  al definirse no como “saladitas”, sino como “feria de ropa americana”? y si así fuera, ¿cuál es la intención de tal  distinción? Si generalmente las distinciones se llevan a cabo para resaltar virtudes propias y nunca (por lo menos diferentes estudios lo demuestran así), para mostrarse disminuidos  frente a otros; ¿era esta la intención de  quien por una especie de “suerte inesperada” se había convertido en el portavoz de los demás vendedores?

 “Tratándose de personas, en cambio, la posibilidad de distinguirse de los demás también tiene que ser reconocida por los demás en contextos de interacción y de comunicación, lo que requiere una “intersubjetividad lingüística” que moviliza tanto la primera persona (el hablante) como la segunda (el interpelado, el interlocutor), dice  Habermas en una de su obras.

Lo que seguidamente dijo Yoni parece aclararnos estas cuestiones, ya que según  él, “las saladitas venden ropa nueva y están en Buenos Aires, nosotros traemos ropa nueva también pero la mayoría es usada”.

Sin embargo vemos, que al examinar los dichos del joven que entabló la conversación con nosotros, podemos dilucidar que más que distinción, lo que buscan con esa aclaración es una suerte de diferenciación, que a su vez sirva no para exaltar ciertas virtudes o características únicas que poseen, sino para que la utilización del término “saladitas” por el de “ropa americana”, no den lugar a confusión, refiriéndose de manera específica a la condición en la cual se encuentra la ropa (nueva o usada).

De igual modo y con respecto a lo que expone Habermas acerca de la importancia del reconocimiento  de lo distinguible por parte de los interlocutores en una determinada situación de  interacción social, si bien de manera superficial, esto podría ser parte de la interpretación de los dichos de Yoni. No parece tener para él gran importancia o peso lo que los demás puedan pensar o no, evidenciado esto en el momento de la compra-venta, de situaciones reiteradas de las cuales fuimos testigos y en las cuales no  hubo aclaración alguna, más allá que la hecha hacia nuestra persona.

Tampoco parece  ser adaptable a esta situación lo expuesto por Gilberto Giménez, quien en su trabajo ya citado  expresa además  que  “la identidad de un actor social emerge y se afirma sólo en la confrontación con otras identidades en el proceso de interacción social, la cual frecuentemente implica relación desigual y, por ende, luchas y contradicciones”, lo que no es evidenciable aquí.

Siguiendo Yoni con su relato y nosotros  siendo partícipes de él a través de una u otra pregunta que realizamos, nos cuenta  que no todo resulta ser una práctica sin inconvenientes, ya que sufren o a menudo se encuentran con dificultades las cuales se ven representadas por los controles que muchas veces los sorprenden.

Estos son realizados por Gendarmería Nacional, Aduana, Rentas, Afip, e incluso las municipalidades de las  diferentes ciudades en las cuales pretenden instalarse. Aunque en este último caso, la situación es más fácil de “arreglar”, ya que le es un poco más fácil obtener una suerte de “permiso” con el cual “la municipalidad ya no te jode”. Distinta es la situación en el caso de los controles realizados por Gendarmería, ya que la suerte que corren es otra, debido a que en este caso, les retienen la mercadería. “A nosotros no nos detienen, pero sí nos quitan todo lo que traemos. Nosotros lo que compramos, a veces lo perdemos y no podemos decir nada”, comenta acerca de tal situación, a lo que agrega “no es algo seguro, porque en realidad es ropa para donar. No podemos vender porque en realidad no tenemos facturas de las prendas, por eso  en los controles nos quitan, no nos meten presos, pero nos retienen la mercadería”.

En  Santiago del Estero se encuentran hace aproximadamente  2 o 3  años, aunque la intención es seguir extendiéndose por “todo el sur” del país y Yoni es solo una de las  ocho personas que conviven los días viernes, sábados y domingos en la ciudad de La Banda, en  esa Feria de Ropa Americana que es más conocida por la gente como Saladita.

Se evidencia entre ellos una buena relación. Si, son conocidos, y es común ver  como al cruzarse siempre hay un gesto, un guiño, o tan solo una sonrisa, lo suficiente como para demostrar la complicidad, en el buen sentido del término, que existe entre ellos. Con los clientes su trato es cordial, aunque limitado.  Solo dicen los precios,  de manera tosca  y seria, pero sin dejar de ser amables. Es también  cierto que las mujeres son menos simpáticas que los hombres, aunque todos ellos, sin distinción de género, están atentos al ir y venir de la gente, pero más que nada al curso que toman las prendas, más aun cuando pasan de mano en mano y son probadas (tal es el caso de los buzos, camperas, blazers, etc.) por los clientes.

Además de ropa, nueva y usada, también ofrecen  carteras y peluches. Todo expuesto ante el público, en amplios tablones de madera, cubiertos por amplias carpas, mercadería que se encuentra dispuesta en especies de rubros que a su vez se dividen por calidad, yendo desde ropa que se muestra usada hasta ropa nueva en bolsas y aquellas de muy poco uso.

El comportamiento y las prácticas

Con respecto a su comportamiento, hay momentos en los cuales se los puede ver sumergidos en una especie de lo que nosotros calificaríamos como  “hombre pensativo” (esto cuando los clientes no indagan por el precio de una determinada prenda), y billeteras abultadas en manos de jóvenes, que no superan los 25 años, pero que tampoco tienen menos de 16; es lo que se observa cuando tienen o deben dar el vuelto ante una compra; y una actitud intransigente es la que predomina, más que nada en las mujeres, cuando a alguien se le ocurre pedir por una rebaja de precio.

Hace tan solo algunos meses  que se asentaron en la ciudad de La Banda, en donde al igual que en otros lugares, el instalarse implicó una serie de hechos específicos.

 Sin duda alguna, el montaje de esta práctica no depende  solo de una persona sino de varias, aunque tampoco se debe negar que de esas varias personas quienes más responsabilidades acarrean son aquellos que más experiencia tienen en el rubro.

“El que busca el lugar es uno que ya tenga experiencia; por ejemplo uno de los que esta acá (refiriéndose a la feria instalada en la ciudad de La Banda) y mi padre. Ellos ya tienen experiencia en esto, entonces ellos buscan los lugares donde tener éxito en el tema de vender”.

Así, y según todo lo dicho en su reseña, es fácil establecer una  suerte de categorías sociales integradas por quienes  hacen que este “negocio” se lleve a cabo; a saber desde quienes donan las prendas, pasando por quien se apropia de ellas y las traslada en barcos  hacia Chile, quien las separa por categorías y las vende, quienes las compran, quienes buscan el lugar y la forma de asentarse en un determinado lugar encargándose de los alquileres y demás, y finalmente ellos, (dentro de los cuales se encuentra Yoni), encargados de la venta de la ropa, del trato directo con los “clientes”, y además, son estos   últimos quienes saben de los gastos  en los que se incurren y es por ello que se encuentran facultados para hacer una evaluación del modo en que la ganancia no es total, sino que gran parte de ella les sirve para cubrirlos mismos.

“Al dueño del fisco le pagamos el alquiler, también donde dormimos y el galpón donde guardamos  la mercadería  y los puestos cuando viajamos a Salta, las prendas cuando las compramos, los fletes y los impuestos a la municipalidad para que te den  como un permiso para poder vender”. “Todo sale bastante”, dice, “todo cuesta en la vida”, agrega.

Pero además de todo lo descripto, nos cuenta que  es necesario también  la división de días destinados a la compra de la ropa (actividad que  realizan los días lunes, martes, miércoles y jueves), y los días destinados a la venta de la misma (viernes, sábado y domingo).

En el caso de la feria instalada en la ciudad de La Banda pagan flete para poder  trasladar  la mercadería hacia la ciudad capital, a un galpón, un lugar seguro  que pagan para guardar la mercadería. También buscan  un lugar donde quedarse, donde “vivir” durante esos días, en realidad solo por las noches porque incluso el almuerzo tiene lugar en los espacios de venta.

La ejecución de esta práctica, parece a los ojos de quien esté dispuesto a verlo como un simple y a la vez complejo entramado de  determinadas estrategias que deben adoptarse. Pero, ¿a qué se debe la adopción de  las mismas?

Yendo un poco más a fondo; ¿Por qué llevan a cabo este tipo de prácticas? Tal vez la respuesta esté en lo que expone  Rodríguez,  en su “Teoría de la pobreza”, la cual es concomitante a la embestida neoliberal contra las funciones políticas y económicas del Estado, o tal vez la explicación  sea, tal lo expresa Durand, al enfatizar que  “los pobres, como nuevos sujetos sociales, tienen que crear sus identidades sin la centralidad que el Estado tenia para los viejos sujetos, por lo cual se adoptan estos tipos de estrategias”.

Continúa Yoni: “Mi papá fue obrero durante muchos años, nosotros somos 5 hermanos y él no ganaba bien”, dice Yoni al hacernos participes de una parte de su historia de vida; “un amigo de él le aviso de esto (dice refiriéndose a la venta de ropa y todo lo que ello significa), y bueno”.

 Relata que hace varios años que ayuda  en el oficio a su padre, “yo ya me he acostumbrado”, dice, “voy como cinco años ayudando a mi papá y vi que sacaron  ganancia de esto todos estos años porque ya tenemos vehículos, una mejor casa y mi mamá tiene un negocio en pleno centro de Salta donde vende ropa nueva”.

Volviendo a los referentes teóricos, es evidente que ni una ni otra definición se ajustan a la situación expresada por nuestro informante, sin embargo, nos parece importante y hasta aplicable lo que mencionan Reyna Moguel Viveros y Sandra Urania Moreno Andrade en “Estrategias sociales: de la sobrevivencia a la contingencia”. Es que allí expresan que “llas estrategias sociales son acciones sociales contingentes (eventuales) frente al mercado, al Estado y al deterioro ambiental”. En otras palabras; queremos decir que las estructuras económicas pueden resquebrajarse con estrategias, donde los individuos pueden reaccionar colectivamente y emprender deliberaciones comunes sobre todo en los asuntos que los afectan.

Lo cierto es que Yoni, sus amigos, su papá y anteriormente el amigo de su papá, seguramente vieron en este “negocio” más allá de la oportunidad  económica, una posibilidad de reacción al sistema imperante, es que prácticamente nos lo dice este joven al contar que su papá “estaba cansado de cumplir horario, de trabajar un montón y de que no le paguen nada”.

Aunque es  valioso y de gran trascendencia todo lo que nuestro informante nos aportó de sus vivencias como parte de un  grupo que lleva a cabo prácticas determinadas, todo ello  a través de sus palabras, no deja de ser aquí representativa la autobiografía que realizó en el desarrollo de su propio relato. “Yo soy soltero, soy chico, tengo 18 años, pero recién este año comencé a trabajar solo. Tengo cuatro hermanos menores que están estudiando en la primaria y secundaria”, dice, a lo que rápidamente agrega, “yo estoy estudiando, terminé el secundario, nunca me quedé en ningún curso, y ahora estoy en terciario, estoy  estudiando técnico superior en análisis químicos en laboratorios. Estoy en un instituto privado y lo que  gano aquí me sirve para mis gastos”, concluye acerca de la relación que él mismo establece entre el trabajo que realiza y sus estudios, a lo que agrega “busco alguna manera de ganarme la vida”.

Pero más allá de esa justificación, no deja escapar, o al menos no deja de dar a conocer su pensamiento a futuro. Piensa, mira al suelo y sigue: “pero sí me gustaría tener un trabajo, digamos, seguro por eso estoy estudiando”.

Es evidente y a la vez  interesante señalar que las eventualidades u oportunidades se abren frente a los sujetos, los cuales son sujetos, si y solo si, están en un marco de interacción social, y es este marco  el que les da las coordenadas estructurales, las selecciones previas, las recurrencias, éste es quien coloca a los  sujetos frente al mundo de la vida y, por lo tanto, es el que les permite percibir y descubrir que esas oportunidades, pueden ser reconvertidas en opciones de desarrollo local y en fuente de generación de identidad.