Formación y movimiento de los públicos

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Por Silvana Vanesa Espinola
Licenciada en Comunicación por la UCSE – espinolavanesa@gmail.com

El actual contexto de globalización en el cual se enmarcan actualmente las sociedades occidentales, atravesadas por los efectos contradictorios de este fenómeno que se enmarcan en lo que se ha denominado por un lado, sociedad global (1) y por el otro, fragmentación social (2) insta a reanimar el debate sobre lo público para repensar la democracia como forma de gobierno, la ciudadanía como actor principal de la misma y la comunicación como espacio de su desarrollo.
En este sentido encontramos diversos autores que problematizan en torno a estas. Por un lado nos encontramos con la noción de público desde diversas dimensiones: 1) Sujeto Social 2) Objeto, 3) la relación Sujeto-Sujeto y 4) la relación Sujeto-Objeto.
En la perspectiva de lo público como sujeto social y la relación entre sujetos, podemos ubicar al filósofo y psicólogo John Dewey, ya que por un lado plantea que el público se conforma a raíz de un interés común por parte de individuos que perciben las consecuencias indirectas (consecuencias sobre personas que no participan en los actos) de acciones privadas; al percibir estas consecuencias, este conjunto de personas realizan un esfuerzo de control por asegurar ciertas consecuencias y evitar otras.
En este sentido Dewey expresa: “El público se compone de aquellos que se encuentran afectados por las consecuencias indirectas de las transacciones, en la medida en que resulta necesario hacer frente sistemáticamente a estas consecuencias” (3)
De este modo Dewey, se inscribe se inscribe en la corriente de pensamiento que inauguró la Escuela de Chicago en los estudios de comunicación , que pretende rescatar al individuo en su capacidad creadora del hecho social, en respuesta a un estructuralismo que supedita la génesis del mismo al determinismo de la estructura social, sus dispositivos e instituciones. Dewey consideraba que las funciones del Estado no deberían orientarse hacia los dictados de las filosofías políticas vigentes a mediados del siglo veinte, cuando él desarrolló su teoría, sino en base a las interacciones que realizan los ciudadanos ordinarios y cuyo resultado constituye el público. Esto es así, puesto que “el estado es la organización de lo público, mediante oficiales y legisladores elegidos, para la protección de intereses compartidos…(…) El público no se constituye hasta que una consecuencia indirecta lo insta a organizarse, hasta que pueda percibir cómo las consecuencias negativas de acciones indirectas lo afectan colectivamente. El público designa a funcionarios cuyo trabajo es intervenir en la acción indeseable” (4)
Desde esta perspectiva, Dewey concebía a la democracia como un tipo de organización social perfectible “una articulación más o menos acertada, pero circunstancial de fuerzas sociales y tipos de asociación elementales”(5). Éste esquema de organización política sólo podría sobrevivir si se pasa de una cultura de la Gran Sociedad (caracterizada por una atomización social, disgregación de vínculos interpersonales), a una de Gran Comunidad (donde se restauren los vínculos vitales y participativos capaz de generar experiencias y sentidos comunes). En este sentido la comunicación es el espacio y el instrumento para el fortalecimiento de los vínculos y valores sobre los cuales se sustenta este nuevo orden social que postulaba Dewey.
En la misma corriente de pensamiento encontramos a Warner(6). Este autor trasciende los marcos socio espaciales y temporales en la concepción de un/el público y la cohesión basada en aspectos materiales como la territorialidad, la clase, grupo de pertenencia, etc. Para él “Un público es un espacio de discurso organizado nada más que por el discurso mismo. Es autotélico; (…)… Existe solamente en virtud de ser destinatario” (7)
El sentido de público que le interesa desarrollar a Warner es por un lado, el de una totalidad, en el sentido de un conjunto general de personas“…Que tiene razón de ser solo en relación con los textos y con su circulación” (8) y por otro lado también el de una parcialidad subsumida en una totalidad. El público que concibe este autor es textual, y tiene su base tanto en el habla como en la escritura. Asimismo el público puede ser personal e impersonal, porque puede ocurrir que las personas que lo conforman se conozcan, como por ejemplo una agrupación política (que se reúne periódicamente) se constituya en auditorio de un orador político, o de lo contrario que no se conozcan, como puede ser el caso de una red social de lectores en la web que nunca se hayan encontrado cara a cara. A su vez, el público existe en la medida en que, participa del discurso, para ello a veces solo basa con prestar un poco de atención.
Así es como Warner amplía las dimensiones del contexto de interacción de las personas que constituyen un público, en función de “unos textos que puedan ser tomados en momentos distintos y en lugares diferentes por parte de personas que por lo demás no tienen otra relación entre sí” (9)
Un público para Warner es también un ethos, en el sentido de un hábito hecho cuerpo, carácter o modo de ser derivado de la costumbre. De este modo expresa que “un público nunca es solo la suma de una serie de personas que casualmente existen. En primer lugar ha de estar en posesión de una manera determinada de organizarse en tanto cuerpo, una manera de ser destinatario de un discurso…” . (10)
Respecto a la relación sujeto- objeto- podemos incluir la idea de público entendido como un bien común, como una realidad material de la cual el sujeto necesita apropiarse para su subsistencia. El público son “todos los bienes o servicios destinados a la satisfacción de las necesidades comunes e indispensables, que hacen posible la vida digna de todos, son los bienes públicos o bienes colectivos por excelencia: la justicia, la vigilancia de las calles, los servicios domiciliarios (agua, luz, alcantarillado), la educación básica, la salud preventiva, la vivienda mínima, las telecomunicaciones, etc.“ (11)
La idea de que el público existe en relación con la circulación de los textos, tanto orales como escritos, esto es el intercambio intersubjetivo, también la encontramos en José Toro, ya que para él, “lo público se construye en los espacios para la deliberación, el debate y la concertación. En los lugares en donde se toman las decisiones. En los espacios educativos y de producción del saber, en los medios de comunicación y en las industrias culturales.” (12)
Si nos remitimos al origen etimológico de la palabra público, también encontramos elementos para clarificar esta noción. Derivado del latín publicus, hace referencia a aquél o aquello que resulta notorio, manifiesto, patente, sabido o visto por todo.

La movilización de los públicos

Teniendo en cuenta que el/un público es un sujeto social, con una identidad que trasciende los límites espaciales, temporales y de vínculos interpersonales, podemos referirnos al movimiento de los públicos como una movilización social.
El concepto de movilización social fue acuñado por diversos autores que le otorgaron diversas características, sobre las cuales nosotros pretendemos considerarlas como rasgos que coexistentes en la actualidad, antes que proponer una mirada evolutiva de las mismas.

Énfasis. Confrontación social.

Algunos autores adhieren el concepto de movilización social al disturbio, a una multitud de descontentos (13), una masa lesionada que adquiere una postura reivindicatoria frente a las autoridades sobre los problemas que atañen a una jurisdicción (14). Esta perspectiva presenta una visión polarizada de la sociedad, donde la movilización social, es el proceso por medio del cual “un grupo adquiere el control colectivo sobre los recursos necesarios para la acción (fuerza de trabajo, bienes, armas, votos, etc. Que pueden ser puestos acción por intereses compartidos), la forma en que los grupos adquieren los recursos y los ponen a disposición para la acción colectiva”. (15)
Varios ejemplos de nuestra realidad nacional nos sirven de marcos de comprensión para esta óptica, como es el caso de agrupaciones piqueteras que irrumpieron en la escena pública en la década del 90’ a raíz de los altos índices de desocupación registrados en nuestro país. Otro ejemplo más reciente es el de las actividades realizadas por organizaciones ambientalistas que cobraron protagonismo en esta última década para evitar la instalación de pasteras en nuestro país, o la explotación minera a cielo abierto o los cacerolazos por parte de ahorristas en reclamo por “el corralito” financiero instaurado luego de la salida de la convertibilidad.
No obstante hay otras alternativas teóricas en coherencia con la filosofía pragmática que inspira a los autores inicialmente citados y que desarrollan la noción de público, en base a los postulados de la Etnometodologia. En tal sentido se produce un quiebre con respecto a la concepción estructuralista del espacio social, como espacio político unificado y polarizado donde la identidad del agente es construida a priori en relación a su posición en la estructura social.
La lucha de clases resulta un concepto insuficiente para describir los conflictos sociales contemporáneos ya que reduce el interés colectivo sobre la base de factores materiales como la distribución de bienes tangibles que tienen valor en la sociedad.
Esta perspectiva no atribuye al Estado como organización burocrática de lo público el monopolio del poder político y de la construcción o “imposición” (16) de lo que constituye los asuntos públicos o el/un público, sino que representa una “red” social, donde el poder reside en nodos, es decir en el espacio de poder horizontal de encuentro entre individuos, grupos con diversos capitales (17 )pero que su participación en estas redes no está dada sólo en función de éstos, sino por voluntades, valores, ideas, emociones, sentimientos, intereses que comparten, entre otras cosas.
Tal es el caso de personas que ocupan el espacio público desarrollando actividades como maratones, actividades deportivas, etc., para promover prácticas saludables o prevención de enfermedades. También podemos citar aquellas actividades que apelan a la solidaridad del ciudadano para que realice donaciones en fechas particulares como “el día del niño” entre otras.
Este modo de movilización social de un público se ubica entre los niveles más básicos de organización social, donde los objetivos y la continuidad del público tienen sus límites en el acontecimiento. Cuando el conjunto de personas se propone un plan sistemático de acción para alcanzar beneficios comunes y va consolidando una identidad colectiva ya nos encontramos frente a un grupo, que adquiere diversas modalidades de acción ya sea como ONG, agrupación política, religiosa, artística, etc. Que en lugar de contraponer sus intereses a las autoridades del Estado, articula sus recursos con los del Estado.
De este modo la movilización social se nos presente como concepto articulador entre el/un público y el ciudadano, ya que el público por medio de la movilización ejerce su rol ciudadano.
El ciudadano se constituye como tal, cuando comprende que el orden social en el que vive no es un orden natural, y que si éste no produce dignidad a todos, puede transformarlo o crear uno nuevo que sí lo haga. Pero para ello siempre es necesario que actúe en cooperación con otros.

La comunicación como instrumento, proceso y bien público para la movilización social.

La comunicación es una dimensión indisociable del proceso de formación y movilización del público para la construcción de ciudadanía. Porque la comunicación en primer lugar es el proceso mediante el cual se constituyen los públicos mediante una relación inter subjetiva donde se comparten ideas, valores, emociones, gestos, imágenes, información, saberes, sentidos e intereses comunes que dialécticamente van configurando una identidad colectiva sincrónica y a posteriori, si tomamos en cuenta la proposición de Warner de que el destinatario de los textos es prefigurado. Este proceso puede tener lugar en diversos niveles, ya sea interpersonal, grupal, comunitario, organizacional, inter organizacional, global, etc. Lo cual nos permite hablar de un público que trascienda las barreras territoriales, temporales, de clase, étnicas, de género etc., y hacer común algo común en medio de la diversidad.
La comunicación es también un instrumento, en el sentido de que es funcional a la creación de ese espacio e identidad común que se genera mediante el proceso comunicativo, y a la movilización de ese nuevo sujeto social que la comunicación es capaz de construir en virtud de construir ciudadanía.
Desde la lógica pragmática que ve a la comunicación como instrumento, se propone un modelo macro intencional de intervención por medio de la comunicación, para lograr con eficacia la movilización de los públicos. De ese modo se propone un flujo comunicativo vertical, desde los “re-editores” hacia el público”, es decir, de “aquellas personas o grupos de, personas que, con su actuación o decisión, pueden modificar los modos de pensar, sentir o actuar de una sociedad” como puede ser el caso de un intelectual, político, líder religioso, organizaciones de la sociedad civil, administrador del Estado, un comunicador, un artista, etc. Dirigido hacia el ciudadano común.
Pero esta visión del modelo comunicativo puede ser vista como un acto de violencia simbólica donde la existencia del grupo queda supeditada al poder de representación de una elite, que hace primar sus ideas, creencias, imágenes, etc., en la construcción de una identidad colectiva. Esto es altamente riesgoso si tenemos en cuenta que lo público es también un bien imprescindible para la vida humana (en este sentido la comunicación como proceso y herramienta de desarrollo individual y social también constituye un bien público), si no permite la participación del individuo común en sus diversas dimensiones: el ser parte ( búsqueda referida a la identidad, a la pertenencia de los sujetos, el tener parte (referida a la conciencia de los propios deberes y derechos, de las pérdidas y ganancias que están en juego, de lo que se obtiene o no) y el tomar parte ( referida al logro de la realización de acciones concretas”. (18)

Notas.

1- Caracterizada por una multiplicada de interacciones y comunicaciones producto de la intensificación de intercambios internacionales que va desintegrando las barreras nacionales. Este tipo de sociedad que permite acercar realidades antes geográficamente distantes, va generando nuevos modos de vinculación entre las personas: sustitución del trabajo de por vida por el trabajo flexible, de la identidad monocultural a las identidades abiertas, en las cuales no coincide la identidad con el territorio, la raza o la religión, debilitamiento de la confianza como capital social.
2- Entendida como la disminución de la cohesión social, debilitamiento de los lazos de parentesco y de los vínculos de la comunidad, frente a un creciente predominio de la individuación e individualismo y que se corresponde con un mayor distanciamiento social y espacial de los ciudadanos.
3- John Dewey, El público y sus problemas, 1927.
4- González Hernández, David, “El público y sus problemas. John Dewey en los estudios de Comunicación,” Razón y Palabra. Primera Revista Electrónica de América Latina
Especializada en Comunicación, Página 5, disponible en www.razonypalabra.org.mx
5- Dewey, John. El público y sus problemas
6- Warner Michel, Públicos y Contrapúblicos, 2002.
7- Warner Michel, Públicos y Contrapúblicos, 2002. Página 13
8- Ob. Cit. Página 10.
9- Ob. Cit. Página 14
10 Ob. Cit. Página 14
11 Toro A., José Bernardo y Rodríguez G. Martha C., La comunicación y la movilización social en la construcción de bienes públicos. Banco Interamericano de Desarrollo, Página 26
12 Ob. Cit Página 30.
13 Tilly, Charles, From Mobilization to Revolution 1978.
14 Tilly, Charles, Work under Capitalism, 1998. Páginas 467-469
15 Tilly, Charles, From Mobilization to Revolution, 1978
16 El entrecomillado es mío.
17 En el sentido de los capitales fundamentales que postula Pierre Bourdieu, como el económico, cultural, social y simbólico.
18 Ferullo de Parajón, Ana Gloria, El triángulo de las tres “P”: Psicología, Participación y Poder, 1º Edición, Buenos Aires, Paidós, 2006. Página 42