La ecología integral y el Papa Francisco

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Por Alfredo Basualdo
Licenciado en Teología, Licenciado en Filosofía – alfredobasualdocarbone@gmail.com

La ecología integral y el Papa Francisco

Las cuestiones que se tratan en el ámbito de la ecología han sufrido un cambio en la opinión pública en estos últimos cincuenta años. Pasaron de ser asuntos reservados a los especialistas muchos de los cuales, como profetas de nuestro tiempo, advertían sobre la necesidad de tomar medidas urgentes a ser temas de interés generalizado. Sin embargo, las acciones que la problemática ecológica ha llegado a realizar parecen no estar al alcance de las necesidades. Lo que provoca que muchos vislumbren un futuro oscuro para las generaciones venideras.
En este contexto, el compromiso de las iglesias cristianas, no sólo la Iglesia Católica Apostólica Romana, ´ha sido más bien marginal. Ocupadas en otros temas que atañen a su misión como son el anuncio del Evangelio en un mundo secularizado o la preocupación por conseguir más justicia para las grandes masas de marginados, perciben la ecología como una preocupación importante pero no urgente.
La irrupción de Francisco en el mundo contemporáneo, con su estilo directo, abierto y claro para enfrentar temas, que hasta entonces parecían estar reservados a ciertos ámbitos, ha provocado una disposición positiva para el diálogo constructivo en muchos hombres y mujeres que hasta ahora permanecían distantes y escépticos. La encíclica ‘Laudato si’ muestra esta impronta del Papa ya desde sus primeras páginas.
Ante todo, notamos el talante papal en los destinatarios de la Encíclica. En efecto, lo que podemos esperar de un documento de esta naturaleza es que se dirija a los miembros de su Iglesia; aquellos fieles a los que, como pastor, anima y guía en su peregrinar. Sin embargo, su intención, claramente manifestada en el texto, es llegar más allá de los límites eclesiales. El espíritu misionero que propone a la Iglesia en “Evangelii gaudium”, es puesto en práctica por él mismo cuando invita al diálogo a “a cada persona que habita en este planeta”[1]. Francisco considera como interlocutores válidos a todo hombre o mujer que habita este planeta. No puede ser de otra manera ya que se trata de un “diálogo… acerca de nuestra casa común”[2]. Tal vez hubiese sido más efectivo si se dirigía a los líderes mundiales, es decir aquellos que poseen la posibilidad de decidir sobre los destinos del mundo en el que vivimos. Sin embargo, una actitud de este tipo habría dejado a la gran mayoría de los seres humanos sin responsabilidad en el cuidado del medio ambiente. El Papa es consciente que todos podemos aportar en este diálogo y que podemos hacer algo desde nuestro lugar.
Impulsado por el espíritu misionero se dirige a todos, los invita a participar en este diálogo que él mismo no ha iniciado; en efecto, en la encíclica reconoce que el movimiento ecológico mundial “…ya ha recorrido un rico y largo camino”[3]. Y aun en su misma Iglesia recupera a los anteriores pontífices que desde “hace más de cincuenta años”[4] hicieron sus aportes. Pero hay un punto que merece ser destacado especialmente. En el texto Francisco muestra una característica fundamental del diálogo sin la cual este no es posible. Se trata del respeto por el otro. En efecto, es novedoso que un pontífice se refiera al actual Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I. El amplio espacio dedicado a exponer su pensamiento bajo el título de “Unidos por una misma preocupación” convierte al texto en un ejemplo diálogo.
Además, es oportuno hacer notar que en esta encíclica la preocupación por el cuidado del medio ambiente no se opone a la atención de los más débiles. Es más, no es posible trabajar en uno de estos campos sin tocar necesariamente el otro. Propone como modelo a Francisco de Asís ya que es un ejemplo de “…atención particular hacia la creación de Dios y hacia los más pobres y abandonados”[5].
Ahora bien, para el Papa se trata de una “ecología integral”[6] es decir que ella incluye los aportes de la ciencia pero va más allá de ella pues nos conecta con la esencia de lo humano; se trata de ir hacia las raíces éticas y espirituales de los problemas ambientales.[7] Por esta razón recuerda algunas características del pobrecito de Asís que pueden ponernos en la senda de este estilo de ecología; ellas son su alegría y la simplicidad de su vida, su “armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo”[8].
Son justamente las palabras de Bartolomé I las que introducen la perspectiva que tiene el aporte papal; proponer una “ecología integra” implica, en su pensamiento, una “ascesis”. En un mundo tan volcado al consumo como el actual este concepto no goza de gran estima. Lejos de amedrentarse por esta situación el texto explica que se trata de pasar “del consumo al sacrificio, de la avidez a la generosidad, del desperdicio a la capacidad de compartir”[9].
Los destinatarios de la Encíclica, las características del diálogo propuesto y el concepto de “ecología integral” muestran a un Francisco que está decidido a realizar un aporte a las preocupaciones del mundo contemporáneo. Ojalá estas líneas sirvan para invitarnos a entrar en el diálogo propuesto.


CITAS:

[1]N° 3.

[2]N° 3.

[3]N° 14.

[4]N° 3.

[5]N° 10.

[6]N° 11.

[7]N° 15.

[8]N° 10.

[9]N° 9.